10 Octubre 2004 Seguir en 

Según una encuesta de opinión reciente, si los europeos, los latinoamericanos y los árabes pudieran votar en las elecciones estadounidenses, el senador demócrata John Kerry, un político sofisticado que sabe de matices, triunfaría por un margen absurdamente amplio. Según las encuestas limitadas a los norteamericanos, el "cowboy" tosco George W. Bush va camino de la reelección. Esta brecha escandaliza a quienes creen que es muy peligroso que a tantos ciudadanos de la superpotencia no les interese mucho lo que piensan de ellos los demás, pero la verdad es que no debería haberlos sorprendido. Si algo siempre ha distinguido a los países hegemónicos -Atenas, Roma, China, Persia, los califatos árabes, España, Francia, Inglaterra y ahora Estados Unidos-, eso es la confianza no sólo de sus elites sino también de casi todos, hasta el esclavo o el indigente más despreciado, en la superioridad de su propia sociedad. Mal que bien, no es nada fácil imaginar una superpotencia humilde. Tampoco lo es suponer que un pueblo atormentado por graves dudas en cuanto al valor de su estilo de vida pudiera levantarse por encima de los demás.Sin embargo, a diferencia de los que manejaron los grandes imperios del pasado, los líderes estadounidenses actuales no pueden pasar por alto la opinión ajena. Viven en el centro mismo de una espesa red de comunicaciones que cubre todo el planeta. La distancia se ha trasformado en una abstracción. Un episodio que en otras épocas hubiera pasado inadvertido -la pérdida de un pelotón de soldados en Bagdad, digamos- puede tener repercusiones sísmicas en la metrópoli. Por lo tanto, el presidente del país más poderoso de la historia tiene que intentar hacer pensar que comprende cuanto ocurre hasta el detalle más mínimo. Para Bush, un político que fue elegido porque a juicio de sus compatriotas era un hombre bastante común, desempeñar tal papel ha sido muy difícil. Para Kerry sería más sencillo, pero esto no quiere decir que en el caso de que triunfara el 2 de noviembre cambiaría la política exterior norteamericana por depender esta en última instancia de la siempre difusa voluntad popular. Los norteamericanos se sienten bajo sitio por lo que Bush, para indignación de muchos europeos pero no de la mayoría de sus compatriotas, califica de las fuerzas del mal; ya que no pueden suplicar la protección de otros están resueltos a contraatacar.Los próximos cuatrienios presidenciales se verán dominados por "la guerra contra el terror" que a su vez es parte del enfrentamiento del Occidente, encabezado por Estados Unidos, con el extremismo islamista. Tanto los norteamericanos como los europeos, para no hablar de los latinoamericanos, se han resistido a tomar en serio el desafío planteado por los que, como Osama Bin Laden, fantasean con restaurar el califato para entonces proceder a la islamización, por las buenas o por las malas, del mundo entero, pero no les convendría subestimarlo. Parece inevitable que pronto se produzcan en Estados Unidos y en otros países occidentales atentados que resulten ser aun más mortíferos que los de aquel 11 de septiembre que hicieron caer las Torres Gemelas de Nueva York y mataron a casi tres mil personas. Además, por razones demográficas ha dejado de ser surrealista prever que en vida de muchos jóvenes Europa sea mayoritariamente musulmana.Ya que Estados Unidos es el país hegemónico, se ha visto obligado a asumir la responsabilidad de hacer frente a las amenazas procedentes de los "Estados fracasados" -fracasaron en buena medida porque el Estado nacional es un invento occidental, no islámico- del Medio Oriente. Y por la dinámica inherente a la democracia moderna, los europeos y los latinoamericanos han estado más que dispuestos a permitir que los norteamericanos tomen la delantera en dicha empresa, reservando para sí el derecho a criticarlos por el unilateralismo resultante y a procurar sacarle provecho. Según Kerry, la causa básica de la hostilidad hacia Estados Unidos de tantos europeos y latinoamericanos consiste en la belicosidad y falta de tacto diplomático de su contrincante, el presidente Bush, error que se ha comprometido a subsanar para que nutridos contingentes militares franceses y alemanes contribuyan a la pacificación de Irak.Se trata de una ilusión. Aparte de los demás países anglosajones y de algunos otros que le son afines, la superpotencia no tiene aliados genuinos. Tendrá que acostumbrarse a la soledad. Si gana Kerry, el nuevo gobierno estadounidense procurará congraciarse con "la comunidad internacional", pero los frutos de sus esfuerzos en tal sentido serán determinados por las actividades de los islamistas militantes cuyos líderes suelen ser personas astutas que conocen muy bien a los países europeos y en consecuencia saben cómo aprovechar tanto el deseo universal de continuar disfrutando de la larga paz que siguió a la Segunda Guerra Mundial como el rencor ocasionado por la multifacética supremacía norteamericana. Aunque la Unión Europea nunca será una alternativa a Estados Unidos -sus líderes aspiran a convertirla en la primera superpotencia que para su defensa dependa de las fuerzas militares de otra-, tampoco aceptará subordinarse.
Kerry está bien visto no sólo fuera de Estados Unidos sino también en las regiones costeras más cosmopolitas de su país porque es considerado menos "norteamericano" que Bush y por lo tanto menos arrogante. Asimismo, se supone que si no fuera por el belicismo de Bush el mundo sería mucho más tranquilo. Dicha hipótesis, que se basa en el presupuesto de que por ser esencialmente buenos los pueblos no occidentales -buenos salvajes, casi-, no serían capaces de actuar con brutalidad a menos que fueran víctimas de una injusticia terrible perpetrada por europeos o norteamericanos, es de por sí una manifestación de arrogancia. También es escapista, una forma de asegurarnos que todos los peligros son internos y en consecuencia desaparecen si aprendemos a comportarnos mejor.Además de una "guerra contra el terror?? para la que Estados Unidos está mal preparado gracias a la escasa voluntad de sus elites de interesarse por sociedades y civilizaciones ajenas, rasgo este que constituye una clave fundamental de su propio éxito, los encargados de su política exterior tendrán que hacer frente al poder creciente de China. Aunque algunos en Washington se sentirían complacidos si aquel inmenso país se rompiera en varios pedazos luego de experimentar una serie de convulsiones, los más suponen que les convendría más que siguiera enriqueciéndose y, esperan, democratizándose. Con todo, ante el terrorismo islamista, China, país que desde hace décadas enfrenta problemas con separatistas musulmanes, les será un socio valioso. Otro problema que ambos quieren solucionar tiene que ver con Corea del Norte, una dictadura feroz regida por el imprevisible Kim Jong II que según parece ya cuenta con un pequeño arsenal nuclear. Puesto que en muchos ámbitos coinciden los intereses de Estados Unidos y de China, es probable que en los próximos años colaboren en defensa del statu quo a pesar de la militancia norteamericana a favor de la democracia, que le ha servido de pretexto para su intento de remodelar el Medio Oriente.
Como el texano Bush cuatro años atrás y, antes de él, Bill Clinton, Kerry jura que si es elegido en noviembre dará más importancia a las relaciones con América Latina. Por fortuna, estas distan de ser una prioridad para Washington. Si bien ser cortejado es siempre agradable, para que un país latinoamericano llegara a preocupar más a los líderes del hegemon actual que el Medio Oriente, China, Asia Central, Rusia, la Unión Europea, el Japón e incluso Africa, serían necesarios algunos cataclismos tan apocalípticos que amenazaran la paz mundial.
Desde luego que dicha realidad no ha impresionado a los muchos latinoamericanos que, como tantos europeos, africanos y árabes, se las han arreglado para convencerse de que las "soluciones" para sus problemas tendrán forzosamente que provenir de Estados Unidos que, al fin y al cabo, es la superpotencia reinante y por tal motivo debería asumir las responsabilidades correspondientes. Tal actitud es una de las consecuencias más perversas de la globalización que, al hacer pensar que el país más poderoso está en condiciones de decidir cuanto sucede en todos los demás, propende a confirmar la pasividad de elites que en el fondo prefieren el statu quo a los riesgos y dificultades que les supondría un esfuerzo resuelto por modificarlo.
Aún más que en otros tiempos, en la actualidad el presidente del "coloso del norte" se verá denunciado por imperialista si recomienda políticas determinadas y denigrado por su miopía si guarda silencio. A partir del "carismático" John F. Kennedy, ningún presidente norteamericano ha conseguido soslayar el dilema así supuesto. Por cierto, Bush no ha sabido hacerlo y tampoco lo logrará Kerry si, para sorpresa de muchos, le toca liderar el país que, si bien es por mucho el más poderoso de todos, es por su naturaleza misma tan reacio a entender al resto del mundo como a este entenderlo a él. (c) LA GACETA
Kerry está bien visto no sólo fuera de Estados Unidos sino también en las regiones costeras más cosmopolitas de su país porque es considerado menos "norteamericano" que Bush y por lo tanto menos arrogante. Asimismo, se supone que si no fuera por el belicismo de Bush el mundo sería mucho más tranquilo. Dicha hipótesis, que se basa en el presupuesto de que por ser esencialmente buenos los pueblos no occidentales -buenos salvajes, casi-, no serían capaces de actuar con brutalidad a menos que fueran víctimas de una injusticia terrible perpetrada por europeos o norteamericanos, es de por sí una manifestación de arrogancia. También es escapista, una forma de asegurarnos que todos los peligros son internos y en consecuencia desaparecen si aprendemos a comportarnos mejor.Además de una "guerra contra el terror?? para la que Estados Unidos está mal preparado gracias a la escasa voluntad de sus elites de interesarse por sociedades y civilizaciones ajenas, rasgo este que constituye una clave fundamental de su propio éxito, los encargados de su política exterior tendrán que hacer frente al poder creciente de China. Aunque algunos en Washington se sentirían complacidos si aquel inmenso país se rompiera en varios pedazos luego de experimentar una serie de convulsiones, los más suponen que les convendría más que siguiera enriqueciéndose y, esperan, democratizándose. Con todo, ante el terrorismo islamista, China, país que desde hace décadas enfrenta problemas con separatistas musulmanes, les será un socio valioso. Otro problema que ambos quieren solucionar tiene que ver con Corea del Norte, una dictadura feroz regida por el imprevisible Kim Jong II que según parece ya cuenta con un pequeño arsenal nuclear. Puesto que en muchos ámbitos coinciden los intereses de Estados Unidos y de China, es probable que en los próximos años colaboren en defensa del statu quo a pesar de la militancia norteamericana a favor de la democracia, que le ha servido de pretexto para su intento de remodelar el Medio Oriente.
Como el texano Bush cuatro años atrás y, antes de él, Bill Clinton, Kerry jura que si es elegido en noviembre dará más importancia a las relaciones con América Latina. Por fortuna, estas distan de ser una prioridad para Washington. Si bien ser cortejado es siempre agradable, para que un país latinoamericano llegara a preocupar más a los líderes del hegemon actual que el Medio Oriente, China, Asia Central, Rusia, la Unión Europea, el Japón e incluso Africa, serían necesarios algunos cataclismos tan apocalípticos que amenazaran la paz mundial.
Desde luego que dicha realidad no ha impresionado a los muchos latinoamericanos que, como tantos europeos, africanos y árabes, se las han arreglado para convencerse de que las "soluciones" para sus problemas tendrán forzosamente que provenir de Estados Unidos que, al fin y al cabo, es la superpotencia reinante y por tal motivo debería asumir las responsabilidades correspondientes. Tal actitud es una de las consecuencias más perversas de la globalización que, al hacer pensar que el país más poderoso está en condiciones de decidir cuanto sucede en todos los demás, propende a confirmar la pasividad de elites que en el fondo prefieren el statu quo a los riesgos y dificultades que les supondría un esfuerzo resuelto por modificarlo.
Aún más que en otros tiempos, en la actualidad el presidente del "coloso del norte" se verá denunciado por imperialista si recomienda políticas determinadas y denigrado por su miopía si guarda silencio. A partir del "carismático" John F. Kennedy, ningún presidente norteamericano ha conseguido soslayar el dilema así supuesto. Por cierto, Bush no ha sabido hacerlo y tampoco lo logrará Kerry si, para sorpresa de muchos, le toca liderar el país que, si bien es por mucho el más poderoso de todos, es por su naturaleza misma tan reacio a entender al resto del mundo como a este entenderlo a él. (c) LA GACETA







