03 Octubre 2004 Seguir en 

Jonathan Franzen, autor de Las correcciones, escandalizó con la publicación de un polémico artículo -"Tal vez soñar"- en la revista Harper?s acerca de los destinos de la novela social norteamericana. Cómo estar solo incluye una versión corregida del ensayo y una serie miscelánea de textos sobre la cultura norteamericana de los que emerge una aguda lectura del imaginario de un país apresado por el mercantilismo salvaje donde la singularidad es arrasada.
Franzen pone el cuerpo en las palabras, no elude su propia responsabilidad y reconoce sus limitaciones: "no soy un intelectual, soy más bien algo sórdido, con pocas lecturas, con casi ninguna cita a cuestas y con escaso material para la reflexión. No puedo hablar de Cervantes; tengo muchas carencias que trato de resolver escribiendo novelas, y creo que jamás dejaré de escribir historias menores a las 500 páginas; es una disposición. Debo escribir ficción para evitar pensar".Los ensayos parten de la necesidad de "preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae; la cuestión de estar solo". En ellos están presentes tanto la autobiografía como la profecía. En "El cerebro de mi padre" nos deslumbra el relato de la enfermedad y la muerte de Earl Franzen, que expone, de manera descarnada, los efectos del Alzheimer en las complejas relaciones familiares.
Dice Beatriz Sarlo que "El ensayo escribe (y describe) una búsqueda. Como la flecha del arquero zen, el ensayo es el trayecto más dar en un blanco": deja la impresión de improvisación, cambio de dirección, invención de atajos o rodeos. Los textos de este libro se mueven al compás del pensamiento del autor.
Refieren al valor de lo público y lo privado; resulta provocador su postulado acerca de la obsesión norteamericana por la privacidad frente a la pérdida de los espacios públicos reducidos a una especie de "dormitorio imperial", instalada por el mercado y los medios de comunicación. El último artículo, de enero de 2001, es profético: "Toma de posesión del presidente". Pero "¿Para qué molestarse?" -título de la versión corregida del artículo publicado en Harper?s- y "El lector exiliado" encierran sus reflexiones acerca de la literatura. Cuenta cómo para volver a los libros, después de una crisis, debió deshacerse de su televisor. "No estoy muy seguro de que yo aguante sin comprarme uno nuevo. Pero la primera lección que enseña la lectura es a estar solo".
La historia es curiosa: Franzen era un oscuro escritor de Saint Louis, cuando, en 1996, abatido por "el silencio ensordecedor de la irrelevancia", que motivaron sus dos primeras novelas, decretó la muerte de la novela social por su incapacidad de interpelar a su tiempo y renovar la literatura estadounidense. Cinco años más tarde, Las correcciones se convirtió en un best seller aplaudido por público y crítica. "¿Para qué molestarse?" puede leerse como un manifiesto programático en el que decide abandonar los grandes temas y poner su mirada en los detalles. Poco tiempo después de la aparición de su novela, la caída de las Torres Gemelas pondrá en tela de juicio muchas de sus afirmaciones. El autor norteamericano se define como "La clase de fanático religioso que se convence a sí mismo de que como el mundo no comparte su fe, en mi caso la fe en la literatura, debe de estar viviendo el fin de los tiempos".
Jonathan Franzen se presenta a sí mismo como el "escritor serio" en el mundo del televisor y la computadora: "El elitismo es el talón de Aquiles de toda defensa seria del arte, una invitación para las flechas envenenadas de la retórica populista. El elitismo de la literatura moderna es, sin duda, singular: una aristocracia de la alienación, una fraternidad de gente dubitativa e interrogante". Muchas de sus afirmaciones sacudirán al lector; incluso, lo enojarán. Ninguna le permitirá la indiferencia. (c) LA GACETA
Franzen pone el cuerpo en las palabras, no elude su propia responsabilidad y reconoce sus limitaciones: "no soy un intelectual, soy más bien algo sórdido, con pocas lecturas, con casi ninguna cita a cuestas y con escaso material para la reflexión. No puedo hablar de Cervantes; tengo muchas carencias que trato de resolver escribiendo novelas, y creo que jamás dejaré de escribir historias menores a las 500 páginas; es una disposición. Debo escribir ficción para evitar pensar".Los ensayos parten de la necesidad de "preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae; la cuestión de estar solo". En ellos están presentes tanto la autobiografía como la profecía. En "El cerebro de mi padre" nos deslumbra el relato de la enfermedad y la muerte de Earl Franzen, que expone, de manera descarnada, los efectos del Alzheimer en las complejas relaciones familiares.
Dice Beatriz Sarlo que "El ensayo escribe (y describe) una búsqueda. Como la flecha del arquero zen, el ensayo es el trayecto más dar en un blanco": deja la impresión de improvisación, cambio de dirección, invención de atajos o rodeos. Los textos de este libro se mueven al compás del pensamiento del autor.
Refieren al valor de lo público y lo privado; resulta provocador su postulado acerca de la obsesión norteamericana por la privacidad frente a la pérdida de los espacios públicos reducidos a una especie de "dormitorio imperial", instalada por el mercado y los medios de comunicación. El último artículo, de enero de 2001, es profético: "Toma de posesión del presidente". Pero "¿Para qué molestarse?" -título de la versión corregida del artículo publicado en Harper?s- y "El lector exiliado" encierran sus reflexiones acerca de la literatura. Cuenta cómo para volver a los libros, después de una crisis, debió deshacerse de su televisor. "No estoy muy seguro de que yo aguante sin comprarme uno nuevo. Pero la primera lección que enseña la lectura es a estar solo".
La historia es curiosa: Franzen era un oscuro escritor de Saint Louis, cuando, en 1996, abatido por "el silencio ensordecedor de la irrelevancia", que motivaron sus dos primeras novelas, decretó la muerte de la novela social por su incapacidad de interpelar a su tiempo y renovar la literatura estadounidense. Cinco años más tarde, Las correcciones se convirtió en un best seller aplaudido por público y crítica. "¿Para qué molestarse?" puede leerse como un manifiesto programático en el que decide abandonar los grandes temas y poner su mirada en los detalles. Poco tiempo después de la aparición de su novela, la caída de las Torres Gemelas pondrá en tela de juicio muchas de sus afirmaciones. El autor norteamericano se define como "La clase de fanático religioso que se convence a sí mismo de que como el mundo no comparte su fe, en mi caso la fe en la literatura, debe de estar viviendo el fin de los tiempos".
Jonathan Franzen se presenta a sí mismo como el "escritor serio" en el mundo del televisor y la computadora: "El elitismo es el talón de Aquiles de toda defensa seria del arte, una invitación para las flechas envenenadas de la retórica populista. El elitismo de la literatura moderna es, sin duda, singular: una aristocracia de la alienación, una fraternidad de gente dubitativa e interrogante". Muchas de sus afirmaciones sacudirán al lector; incluso, lo enojarán. Ninguna le permitirá la indiferencia. (c) LA GACETA







