03 Octubre 2004 Seguir en 

Nunca antes, quizás, como frente a las cuatrocientas páginas de esta bienvenida, feliz antología, pulcra y bellamente editada, que reúne lo esencial de sus poemas y cubre cincuenta años de la vida del autor, he sentido en forma tan palpable la imposibilidad, al menos personal, de hablar de poesía en términos abstractos, generales, sin concentrarse en un poema concreto, una línea especial, elegida o tocante.
¿Será que, tal como intuyo, así es como la cuestión se manifiesta, más como práctica que como teoría, más bien como experiencia que como divagación o, justamente, porque esta escritura al parecer ardua y dolorosa, desesperada y exigida ("No, nunca he percibido claridad, facilidad, en el proceso") se constituye en gran medida como un arte de la precisión, como un debatirse ante los límites -de nuestra palabra y nuestra condición- que no se permite ("Lacónico sí, pero me parece mejor estricto") coartada, absolución ni escamoteo alguno? Que no se engaña, no se adula, no se ciega, no se permite ni el relampagueo: "No amas, no amaste / el salto de la alegría entre luz y sombra". Y, algo absolutamente escaso en estas lides, hecho pura exigencia, devoción extremada, hasta se ve sin complacencia, sin atenuantes ni disculpa: "como fiesta alejándose / (...) pierde a veces lumbre y se muestra / como exceso de oficio, / estado terminal del canto".
Conciencia desdichada, entonces ("De eso hablo, / de una merma, de una / mutilación tardía"), no sólo ante la fragilidad de nuestro humano destino sino también, como telón de fondo, apenas en muy esporádicos vislumbres, bajo las condiciones terrenas en que ha venido a debatirse ("eran una pureza inexplicable / asomando sobre el riesgo, sobre el mundo") no sólo en el universo o el planeta, sino hasta en el pequeño lugar concreto ("País o campo de enterramientos"), desde uno de los pocos poemas donde la circunstancia aciaga toma cuerpo en un territorio y en una fecha trágica, feroz: 1980.
Frente a este desvalimiento que se prolonga, por décadas, desde un oscuro, luctuoso avatar original, primario, frente a esta convalecencia frágil, extendida, que no logra ni imaginarse curación, cómo no recordar aquella magnífica metáfora literaria, al mismo tiempo tan reveladora y tan puntual (de Angel Rama sobre Onetti) que logró percibir en cierto estilo, más que métricas, ritmos, escandidos, el jadear de un cuerpo animal oculto, desde la oscuridad, lejano y próximo, haciéndonos sentir -más bien como contagio, como lúgubre empatía- la dolorosa certidumbre de una verdad, de una transida belleza desolada, tan convincente como estremecedora, ineludible.
¿De qué sirven entonces aquí la literatura, el comentario, la retórica, el bordoneo en los alrededores, frente a eso? Alguien osó enfrentar, mirar al rostro, sostener la mirada de ese otro secreto que nos constituye y nos agobia. Sin autoconmiseración y sin vileza, sin contrición y sin consuelo. Dejar caer allí, sobre calvario semejante, una mirada general, genérica, de género, sería no tener ni siquiera el mínimo coraje de estar a su altura, no ya de compartir sino, al menos, de acompañar así sea por breve lapso semejante tránsito. Por ello, reitero, como dije al comienzo, intuyo que es más fecundo, más propicio encarar también con precisión tanta oscura evidencia, tanta amarga belleza.
Y que al mismo tiempo nos permite, acaso, ajustar nuestra mira dentro del vasto enigma, aludir a lo inmenso ante lo poco, pero rico. Y hasta conseguir, ahora sí, mitigado, un vago atisbo crítico. No es lo habitual, aquí, por supuesto, pero precisamente para que nos sirva de referencia, ¿no es verdad que, como bien dijo Valéry, tal vez estas dos líneas: "Todas las mañanas trago una pastilla verde / con una depresión en el centro", agoten su valor de cambio, queden en pura prosa? Mientras que algo irradia, en cambio, resplandece, así sea con luz negra, en esta otra: "y hablará, será voz de lo que cambia", a un nivel mucho más usual en el conjunto. Y que se manifiesta sin consumirse, ni opacarse, en contagioso temblor, milagrosamente, a la vez, plural y único: "si pudiera donar lo que recibo / ahora, esta noche, en este / instante en que tu palabra / inicia otra vez el murmullo que no muere".
¿Estará de más dejar aquí asentado mi respeto y hasta mi admiración a esta conducta, no tan sólo en lo estético solvente sino asimismo, como aliento de fondo, como evidencia transida, desgarradoramente humana? (c) LA GACETA
¿Será que, tal como intuyo, así es como la cuestión se manifiesta, más como práctica que como teoría, más bien como experiencia que como divagación o, justamente, porque esta escritura al parecer ardua y dolorosa, desesperada y exigida ("No, nunca he percibido claridad, facilidad, en el proceso") se constituye en gran medida como un arte de la precisión, como un debatirse ante los límites -de nuestra palabra y nuestra condición- que no se permite ("Lacónico sí, pero me parece mejor estricto") coartada, absolución ni escamoteo alguno? Que no se engaña, no se adula, no se ciega, no se permite ni el relampagueo: "No amas, no amaste / el salto de la alegría entre luz y sombra". Y, algo absolutamente escaso en estas lides, hecho pura exigencia, devoción extremada, hasta se ve sin complacencia, sin atenuantes ni disculpa: "como fiesta alejándose / (...) pierde a veces lumbre y se muestra / como exceso de oficio, / estado terminal del canto".
Conciencia desdichada, entonces ("De eso hablo, / de una merma, de una / mutilación tardía"), no sólo ante la fragilidad de nuestro humano destino sino también, como telón de fondo, apenas en muy esporádicos vislumbres, bajo las condiciones terrenas en que ha venido a debatirse ("eran una pureza inexplicable / asomando sobre el riesgo, sobre el mundo") no sólo en el universo o el planeta, sino hasta en el pequeño lugar concreto ("País o campo de enterramientos"), desde uno de los pocos poemas donde la circunstancia aciaga toma cuerpo en un territorio y en una fecha trágica, feroz: 1980.
Frente a este desvalimiento que se prolonga, por décadas, desde un oscuro, luctuoso avatar original, primario, frente a esta convalecencia frágil, extendida, que no logra ni imaginarse curación, cómo no recordar aquella magnífica metáfora literaria, al mismo tiempo tan reveladora y tan puntual (de Angel Rama sobre Onetti) que logró percibir en cierto estilo, más que métricas, ritmos, escandidos, el jadear de un cuerpo animal oculto, desde la oscuridad, lejano y próximo, haciéndonos sentir -más bien como contagio, como lúgubre empatía- la dolorosa certidumbre de una verdad, de una transida belleza desolada, tan convincente como estremecedora, ineludible.
¿De qué sirven entonces aquí la literatura, el comentario, la retórica, el bordoneo en los alrededores, frente a eso? Alguien osó enfrentar, mirar al rostro, sostener la mirada de ese otro secreto que nos constituye y nos agobia. Sin autoconmiseración y sin vileza, sin contrición y sin consuelo. Dejar caer allí, sobre calvario semejante, una mirada general, genérica, de género, sería no tener ni siquiera el mínimo coraje de estar a su altura, no ya de compartir sino, al menos, de acompañar así sea por breve lapso semejante tránsito. Por ello, reitero, como dije al comienzo, intuyo que es más fecundo, más propicio encarar también con precisión tanta oscura evidencia, tanta amarga belleza.
Y que al mismo tiempo nos permite, acaso, ajustar nuestra mira dentro del vasto enigma, aludir a lo inmenso ante lo poco, pero rico. Y hasta conseguir, ahora sí, mitigado, un vago atisbo crítico. No es lo habitual, aquí, por supuesto, pero precisamente para que nos sirva de referencia, ¿no es verdad que, como bien dijo Valéry, tal vez estas dos líneas: "Todas las mañanas trago una pastilla verde / con una depresión en el centro", agoten su valor de cambio, queden en pura prosa? Mientras que algo irradia, en cambio, resplandece, así sea con luz negra, en esta otra: "y hablará, será voz de lo que cambia", a un nivel mucho más usual en el conjunto. Y que se manifiesta sin consumirse, ni opacarse, en contagioso temblor, milagrosamente, a la vez, plural y único: "si pudiera donar lo que recibo / ahora, esta noche, en este / instante en que tu palabra / inicia otra vez el murmullo que no muere".
¿Estará de más dejar aquí asentado mi respeto y hasta mi admiración a esta conducta, no tan sólo en lo estético solvente sino asimismo, como aliento de fondo, como evidencia transida, desgarradoramente humana? (c) LA GACETA







