Milagroso conjunto coral con voces de fisonomía única

Por Rodolfo Modern

03 Octubre 2004
Fernando Pessoa (1888-1935) era perfectamente consciente de lo que hacía, o, mejor, del espíritu y la materia de que estaba hecho, sin desvirtuar con ello el torrente irracional con que la poesía se construye. En un fragmento de Páginas íntimas se lee: "A cada una de las personalidades más persistentes, que el autor de estos libros logró vivir dentro de sí, él le infundió una índole expresiva propia, e hizo de esa personalidad un autor, con un libro o libros, con unas ideas, unas emociones y un arte con los cuales él, el autor real (o quizás aparente, porque no sabemos qué es la realidad), nada tiene que ver, salvo el haber sido, al escribirlos, el médium de figuras que él mismo sin embargo creó". Más claro, agua.
De todos modos, aunque así se explique, o se intente explicarlo, sólo al portugués Fernando Pessoa le salió redonda esa fragmentación de la persona poética, ese milagroso conjunto coral al que cada voz le da su fisonomía única. Y no se trataba de parodia o de falsificación en su caso. Esa ficción en lo real, o esa realidad de una ficción desdoblada en un asombroso prisma lírico que proyecta aprehensiones y colores disímiles, tenía un soporte personal insertado en conciencias, vivencias y emociones auténticas en el sentido en que la poesía, la gran poesía, puede concebirse como una ficción gigantesca y de un nivel superior. Y si procedió así era simplemente porque podía. Alvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo Soares y Fernando Pessoa son únicos y, al mismo tiempo, habitantes del mismo universo visto con ojos diferentes. Como una especie de pulpo cuyos tentáculos apresan y muestran realidades específicas, naturalezas separadas amalgamadas por idéntico impulso lírico y válido en sí mismo.
El lisboeta Pessoa, cuya infancia transcurrió en Durban, Sudáfrica, llevó, como se sabe, una vida opaca, de corresponsal de una casa de comercio.
Kafka, su coetáneo, con el que hay ciertas afinidades, por lo menos era abogado. El poeta portugués vio publicado en vida un solo libro, Mensagem (Mensaje), pero colaboró con asiduidad en revistas literarias de la época, muchas de existencia efímera, y tampoco fue un espectador del mundo vuelto hacia adentro, al punto de haber publicado poemas políticos (era más bien monárquico, masón y con escasas simpatías por la democracia). Como también de haber ensalzado, a través de la figura de Alvaro Campos en una larguísima Oda el modernismo tecnológico de su época, sin excluir un toque irónico, y que, nada extrañamente, por la época en que fue escrita, se vincula con el expresionismo alemán.
El verso, los versos, fueron para Pessoa el vehículo principal del que disponía para la indagación de la realidad, de esa que lo fascinaba y lo repelía; era su única línea de defensa ante el acoso existencial de que se sentía víctima. Y su respuesta de metafísico antimetafísico, de religioso antirreligioso, de descreído y entusiasta, de adorador y juez implacable de la naturaleza, incluyendo la propia. Como el pelícano que desgarra su pecho a picotazos, el poeta desgarraba su corazón y sus sentimientos de modo análogo. Pero, siempre, con un alto decoro artístico. Ese decoro artístico debe serle también justamente atribuido a Santiago Kovadloff, traductor respetuoso, impecable y devoto del creador de Alberto Campos. No sólo en la mayor aproximación posible respecto de la palabra original, sino también en los ritmos y rimas del poema en cuestión. Es que el traductor de poesía sólo puede lograr éxito, como en este caso, con quien siente, cualesquiera sean las razones, un vínculo de afinidad. Sin contar con que el traductor es excelente poeta, aparte de pensador notable, por derecho propio.
También cabe la felicitación a Emecé Editores, que ha asumido un riesgo que, seguramente, será recompensado por quienes aman la gran poesía. (c) LA GACETA

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