03 Octubre 2004 Seguir en 

Siguiendo la misma línea argumentativa que en El secreto de Yapeyú (1), esta nueva propuesta de Hugo Chumbita hace extensiva la tesis sobre la incidencia del factor étnico como impulsor de políticas reivindicatorias y de acercamiento a las clases populares a los casos de los dos líderes más carismáticos de la Argentina del siglo XX: Yrigoyen y Perón.
De este modo, incursiona en sus vidas buscando indicios de ancestros indígenas a fin de demostrar que la combinación entre ascendencia europea (por línea paterna) con una "parte oscura y plebeya" (materna) habría otorgado a estos "seductores de masas" una posición privilegiada y un carácter "racional e ilustrado" que contrastaba con un "sentimiento de pertenencia o un mandato que los comprometía con el pueblo de la patria, en sentido concreto y vivo" (p. 282).
Si bien en ninguno de los casos la ascendencia "india" queda convincentemente demostrada -ya que se apela a "los dichos de", la tradición oral, recuerdos, memorias, percepciones de contemporáneos, etcétera-, no resultaría extraño -especialmente en el caso de San Martín- que hayan sido fruto del mestizaje, dado que este último constituyó un proceso basal de la historia latinoamericana, del mismo modo que el alto porcentaje de hijos naturales nacidos de uniones consensuadas o de hecho. No es descabellado, entonces, admitir la posibilidad de que por las venas de estos tres "espejos del carácter de su pueblo" haya corrido sangre indígena; aunque las fuentes manejadas por Chumbita no corroboren la hipótesis.
Sin embargo, permitiéndonos la licencia de aceptar el carácter mestizo de estos tres míticos personajes de la historia argentina, la tesis del autor despierta algunos interrogantes. Hugo Chumbita afirma que "la condición de mestizos de San Martín, Yrigoyen y Perón no es solamente una anécdota" sino que "fue un factor decisivo en el camino que los llevó a desempeñar su rol de conductores, porque -a pesar del silencio que nublaba su reconocimiento- se correspondía con el carácter mestizo del pueblo al que interpretaban" (p. 13). Sin embargo, ninguno de los tres fue educado ni formado en el marco de una cultura indígena; además, desconocieron u ocultaron sus orígenes nativos. Es lícito preguntarse, entonces ¿cómo puede explicarse que la falta de "conciencia" de pertenencia a una cultura o etnia determinada genere en alguien identificación con ella?
El concepto de "etnia" e inclusive el de "raza" no es en América Latina una categoría biológica de diferenciación social sino una construcción cultural. Es decir, ciertos atributos culturales y físicos que se consideran fuertemente adheridos a las personas implicadas y, por tanto, no fácilmente renunciables, adaptables o transferibles (color, ancestros biológicos, religión, tradición cultural, lenguaje, hábitos de trabajo, etcétera) sirvieron para trazar las fronteras sociales que ubicaban a las personas en agrupaciones diferenciadas dentro del mundo más amplio de la interacción social.
Del mismo modo que la identidad social se construye a partir del proceso de lucha en el que determinados agrupamientos humanos se descubren como clase, los individuos construyen su identidad sobre la base de experiencias compartidas, tradiciones socialmente aprehendidas, valores culturalmente transmitidos. Por lo tanto, si San Martín fue llevado a España a los seis años de edad y regresó veintiocho años después; si Yrigoyen se crió en Buenos Aires y asistió al "Colegio de América del Sur", dirigido por un educador español, y Perón de niño se mudó a la Capital y posteriormente asistió al Colegio Militar, ¿cómo podrían, entonces, "sentirse" en parte indígenas si no fueron educados ni criados con los valores propios de dicha cultura? ¿Es suficiente la existencia de ancestros biológicos y la presencia de rasgos físicos indígenas para afirmar que dicho origen determinó su relación carismática y su compromiso con los pueblos que condujeron? Aceptar este postulado implicaría desconocer la importancia de la experiencia social gestadora de conciencias e identidades y derivaría, de alguna manera, en una versión cercana al determinismo biológico.
Por otra parte, si bien la historia comparada constituye una perspectiva válida para comprender los procesos históricos de diferentes regiones, al aplicar esta metodología en biografías de personajes que vivieron en contextos históricos tan diferentes, se corre el riesgo de caer en lo extemporáneo y lo anacrónico, pues sólo pueden rescatarse similitudes de forma, pero no de fondo. Y este es el caso de los elementos comunes que el autor encuentra entre los tres "hijos del país". La descalificación de sus adversarios que los llamaron peyorativamente "caudillos"; el recurrir a logias para maniobrar políticamente; el carisma frente a las masas; el hermetismo en torno de sus orígenes, etcétera, constituyen similitudes que adoptaron características muy diferentes en cada circunstancia histórica particular.
En suma, si los esfuerzos de Hugo Chumbita por demostrar los ancestros indoamericanos de San Martín, Yrigoyen y Perón no alcanzan resultados del todo convincentes, es dudoso que el haberlos logrado ayude a una mejor comprensión del significado que tuvieron estos tres carismáticos personajes en nuestra historia. (c) LA GACETA
De este modo, incursiona en sus vidas buscando indicios de ancestros indígenas a fin de demostrar que la combinación entre ascendencia europea (por línea paterna) con una "parte oscura y plebeya" (materna) habría otorgado a estos "seductores de masas" una posición privilegiada y un carácter "racional e ilustrado" que contrastaba con un "sentimiento de pertenencia o un mandato que los comprometía con el pueblo de la patria, en sentido concreto y vivo" (p. 282).
Si bien en ninguno de los casos la ascendencia "india" queda convincentemente demostrada -ya que se apela a "los dichos de", la tradición oral, recuerdos, memorias, percepciones de contemporáneos, etcétera-, no resultaría extraño -especialmente en el caso de San Martín- que hayan sido fruto del mestizaje, dado que este último constituyó un proceso basal de la historia latinoamericana, del mismo modo que el alto porcentaje de hijos naturales nacidos de uniones consensuadas o de hecho. No es descabellado, entonces, admitir la posibilidad de que por las venas de estos tres "espejos del carácter de su pueblo" haya corrido sangre indígena; aunque las fuentes manejadas por Chumbita no corroboren la hipótesis.
Sin embargo, permitiéndonos la licencia de aceptar el carácter mestizo de estos tres míticos personajes de la historia argentina, la tesis del autor despierta algunos interrogantes. Hugo Chumbita afirma que "la condición de mestizos de San Martín, Yrigoyen y Perón no es solamente una anécdota" sino que "fue un factor decisivo en el camino que los llevó a desempeñar su rol de conductores, porque -a pesar del silencio que nublaba su reconocimiento- se correspondía con el carácter mestizo del pueblo al que interpretaban" (p. 13). Sin embargo, ninguno de los tres fue educado ni formado en el marco de una cultura indígena; además, desconocieron u ocultaron sus orígenes nativos. Es lícito preguntarse, entonces ¿cómo puede explicarse que la falta de "conciencia" de pertenencia a una cultura o etnia determinada genere en alguien identificación con ella?
El concepto de "etnia" e inclusive el de "raza" no es en América Latina una categoría biológica de diferenciación social sino una construcción cultural. Es decir, ciertos atributos culturales y físicos que se consideran fuertemente adheridos a las personas implicadas y, por tanto, no fácilmente renunciables, adaptables o transferibles (color, ancestros biológicos, religión, tradición cultural, lenguaje, hábitos de trabajo, etcétera) sirvieron para trazar las fronteras sociales que ubicaban a las personas en agrupaciones diferenciadas dentro del mundo más amplio de la interacción social.
Del mismo modo que la identidad social se construye a partir del proceso de lucha en el que determinados agrupamientos humanos se descubren como clase, los individuos construyen su identidad sobre la base de experiencias compartidas, tradiciones socialmente aprehendidas, valores culturalmente transmitidos. Por lo tanto, si San Martín fue llevado a España a los seis años de edad y regresó veintiocho años después; si Yrigoyen se crió en Buenos Aires y asistió al "Colegio de América del Sur", dirigido por un educador español, y Perón de niño se mudó a la Capital y posteriormente asistió al Colegio Militar, ¿cómo podrían, entonces, "sentirse" en parte indígenas si no fueron educados ni criados con los valores propios de dicha cultura? ¿Es suficiente la existencia de ancestros biológicos y la presencia de rasgos físicos indígenas para afirmar que dicho origen determinó su relación carismática y su compromiso con los pueblos que condujeron? Aceptar este postulado implicaría desconocer la importancia de la experiencia social gestadora de conciencias e identidades y derivaría, de alguna manera, en una versión cercana al determinismo biológico.
Por otra parte, si bien la historia comparada constituye una perspectiva válida para comprender los procesos históricos de diferentes regiones, al aplicar esta metodología en biografías de personajes que vivieron en contextos históricos tan diferentes, se corre el riesgo de caer en lo extemporáneo y lo anacrónico, pues sólo pueden rescatarse similitudes de forma, pero no de fondo. Y este es el caso de los elementos comunes que el autor encuentra entre los tres "hijos del país". La descalificación de sus adversarios que los llamaron peyorativamente "caudillos"; el recurrir a logias para maniobrar políticamente; el carisma frente a las masas; el hermetismo en torno de sus orígenes, etcétera, constituyen similitudes que adoptaron características muy diferentes en cada circunstancia histórica particular.
En suma, si los esfuerzos de Hugo Chumbita por demostrar los ancestros indoamericanos de San Martín, Yrigoyen y Perón no alcanzan resultados del todo convincentes, es dudoso que el haberlos logrado ayude a una mejor comprensión del significado que tuvieron estos tres carismáticos personajes en nuestra historia. (c) LA GACETA
NOTA
1) En El secreto de Yapeyú, el autor articula una visión general de la revolución hispanoamericana y del papel que el Libertador jugó en esta, combinando los enfoques de la historia con la antropología y el psicoanálisis. Intenta encontrar en los conflictos en torno de su identidad, uno de los resortes que impulsaron a San Martín a asumir la causa americana (María Paula Parolo, LA GACETA Literaria, 24 de marzo de 2002).







