Pan y vino, libros y maestros

Para LA GACETA - TUCUMAN

20 Junio 2004
La mesa de la sabiduría
El pan y el vino son capaces por sí mismos de compendiar todo un mundo de los hombres: el de su trabajo y su hogar, el de su mesa y su fiesta. Son las dimensiones de sus dos ámbitos esenciales: el doméstico y el social, el adentro y el afuera de cada uno. Pan y vino: el pan que reconforta el corazón del hombre y el vino que lo alegra, como canta el rey David en los Salmos de la Biblia. Ahora, esa idéntica fuerza significativa podemos decir que cumplen en la cultura los libros y los maestros.
Claro que hablar de maestros en estos tiempos convulsos puede resultar anacrónico. Un maestro es un hombre que, desvelando su talento en alguna sabiduría, la ha acrecentado singularmente y le ha sido entonces concedido el raro don de saber comunicar sus frutos a otros con un entusiasmo contagioso y arrebatador. En tiempos idos, había el riesgo de que el maestro tuviera una sabiduría adulterada por sus pasiones y en realidad, tramposamente, deslumbrase a sus discípulos con teatralidad calculada. También estaba el peligro de transmitir con imprudencia y entregar sin sensatez verdades fuertes a los arrebatos juveniles de los oyentes, extremándolos ciegamente. Y no digamos las miserias por las que los discípulos podían deformar las enseñanzas de sus maestros o amurallárselos en círculos cerrados y exclusivos. Pero de eso no han quedado ni huellas en estos días nuestros. Creer que hoy se pueda tener la inquietud de buscar la guía de alguien, sabiéndose vacío de certezas para orientarse solo, nos hace sonreír. Si hasta con las mismas cosas inmediatas hemos perdido toda docilidad para relacionarnos, buscando violentarlas voluntariosamente para torcerlas según nuestros cambiantes caprichos, mal podríamos poner esa docilidad en otro ser humano para aprender de él sobre las realidades que nos exceden en comprensión. Peor para nosotros si en este desolado paisaje no buscamos al menos en nuestro ámbito a quienes puedan cumplir para nosotros tal servicio. Tal vez los maestros ya no se den en este mundo porque no haya hoy quienes sientan necesitarlos, quieran escucharlos, sean capaces de creerles. De los libros y de sus lectores, aciertos y desvíos, no es necesario extendernos aquí.

En busca de la palabra
Habíamos hecho referencia al pan y al vino, a libros y a maestros. Porque un verdadero maestro dilata el espíritu y ensancha el corazón del discípulo haciéndolo crecer en horizontes, como el vino retinto de uvas soleadas a un cuerpo sano y vigoroso. Y porque los libros, como el pan, nutren cotidianamente al hombre de sustancia y fuerza. El fundamento de toda posibilidad de formación fructuosa en la cultura hemos de ir a buscarlo en esa mesa. Y toda cultura que, en última instancia, no se alimente de allí, a la larga ha de debilitarse y perecer.
La razón está en que la más rica, variada y compleja cultura audiovisual no puede nunca, por sí sola, nutrir acabadamente al hombre pues le falta la palabra. Sólo maestros y libros genuinos pueden darnos la palabra y el sentido verídico de cada una. Y esto es lo mismo que devolvernos el nudo esencial y perdido de cada cosa, alumbrarnos el universo. La palabra viva pero pasajera del maestro ha de continuarse, afirmarse y complementarse en la palabra viviente de los libros. Nadie que desvelando a maestros y desvelándose en libros no recupere laboriosamente la veracidad de cada palabra, no rescate el precioso nexo entre el significante y lo significado de ellas, nadie, creemos, podrá sobrevivir a este mundo con la cabeza indemne.
Insistimos en esta consonancia de maestros y libros, porque ya es tiempo de abandonar la imagen proverbial del lector solitario y autodidacta, haciéndose a sí mismo por los caminos de la cultura y la sabiduría en una suerte de instinto infaliblemente certero. Como hay una cadena de tradición en toda sabiduría magisterial, también existe una tradición de consenso tras cada libro eterno. Nadie está solo en esta dimensión, y nos vamos criando y creciendo hacia posibles plenitudes porque venimos acompañados por incontables generaciones, con las cuales nos comunicamos y de las cuales recibimos sus vendimias y cosechas precisamente a través de los maestros y de los libros, del vino y del pan.

El desértico presente
Eso sí, yendo ahora a la áspera realidad de nuestros días contemporáneos, bien sabemos que esa especial relación de labor cultural entre un maestro y un discípulo ha dejado por el momento de ser posible.
Solamente nos queda en las alforjas el pan de los libros para nutrirnos, y todavía esto no es hoy un bien seguro. Es para rescatarlo y volver a descubrir su mansedumbre vigorosa capaz de cubrir nuestras tristes indigencias, tan inadvertidas por nosotros mismos a veces, que estamos escribiendo estas líneas.Nunca se ha de ponderar lo suficiente esa capacidad que tiene el libro para romper todas las barreras de espacio y de tiempo y de círculos que sí limitaban las enseñanzas de un maestro.
Siempre, en cualquier parte, para cualquiera, un libro es posible, la lectura es posible. (c) LA GACETA

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