20 Junio 2004 Seguir en 
Presencié hace un tiempo un debate entre José Ignacio García Hamilton, que defendía la posibilidad de que la novela histórica se apartara de las fuentes disponibles, y Félix Luna, que impugnaba esos desvíos. Me sé indigno de terciar en esa oceánica controversia, pero sospecho que si Tomás Eloy Martínez hubiera cometido el error de decir que Eva Perón era ya rubia en 1935, habría arruinado Santa Evita.
En Cosa Funesta, un detective inglés es contratado en Londres por Manuel Moreno para que investigue la muerte de su hermano, lo cual parece un recurso lícito que permite articular los testimonios. El investigador Foster, a quien le encomienda la tarea, se entrevista con muchos de los protagonistas, realiza un viaje a Sudamérica, y baraja y desecha, sucesivamente, varias hipótesis sobre el eventual homicida: el capitán del barco, Saavedra, Liniers, van pasando por ese tamiz riesgoso. Pero no resulta tan convincente que el autor, el biólogo Diego Golombek, haya usado la deliberada ambigüedad para suplir la duda o el desconocimiento. Tal es el caso del embarque de Moreno del que habla en el capítulo II. ¿Alude al embarque del puerto de Buenos Aires, en la Mistletoe, o al trasbordo a La Fama, en Ensenada? La presencia de Manuel Moreno y de Tomás Guido permitiría inferir que se trata del trasbordo en Ensenada (ya que hacía dos días que esperaban allí la llegada de Mariano), pero en tal caso no resulta consistente la descripción de un puerto con tanta actividad. Hay otros ejemplos no menos dudosos: ¿cómo es posible que el hijo de Mariano Moreno mire con gran asombro a los negros y a los indios, cuando sus padres poseían dos criadas negras de servicio, que sin duda vivirían en la casa con el niño?
Otra perplejidad en que nos sume la obra es la indeterminación de la época en que el imaginario detective inglés hace su trabajo en Buenos Aires. Como ninguna de las cartas que el autor introduce en el libro está fechada (capítulos IX y XXVII), debemos guiarnos por otros datos. Así, podríamos conjeturar que la estadía de Foster es antes del 22 de setiembre de 1811, ya que habla de órdenes dadas por el Presidente de la Junta (capítulo XXVI), la cual cesó en esa fecha. Sin embargo, en el capítulo XXIV Foster aparece dialogando con el médico Juan Madera, que recién llegó a Buenos Aires en octubre de 1811.
Lo que juzgo un error ya no tan trivial es la insistencia del autor en que Mariano Moreno estaba muy enfermo, que nunca se repuso de la artritis que padeció en el Alto Perú y que sufría insomnios. La enfermedad de Moreno es un mito. En el acuerdo secreto de la Primera Junta de fecha 18 de julio de 1810 se establece la necesidad de que Moreno finja una enfermedad durante algún tiempo; el propio hermano ha sostenido en la biografía escrita en 1812 (pág. 56) que no volvió a experimentar el reumatismo en todo el resto de su vida, y los famosos insomnios están sólo fundados en la raíz cuadrada de un tembladeral: Ramos Mejía y Cárcano los infirieron sobre la base de lo que escribió Vicente Fidel López tomando como fuente oral a su padre, López y Planes. No hay pruebas fehacientes de ninguna enfermedad, pues si bien las descomposturas que sufrió Moreno en el año 1800, durante el viaje y en su arribo a Chuquisaca, pudieron haber sido ataques reumáticos, que con el tiempo suelen aparejar secuelas cardíacas, está demostrado que esas consecuencias no surgen sino después de veinte años del ataque inicial, mientras que a la muerte de Moreno sólo habían mediado once.
Golombek parece ir descartando todas las posibles causales de homicidio, en lo que sería una suerte de aporía eleática, pero omite dar una explicación a un dato crucial. El barco en el que viajaba Moreno tardó cuarenta días para hacer 420 millas, desde el 24 de enero, cuando partió, hasta el 4 de marzo, cuando se produjo la muerte del prócer; pero luego tardó cuarenta y cinco días para recorrer las más de 6000 millas que faltaban hasta Londres. ¿No llama la atención un andar tan desparejo? Un barco como La Fama, navegando en verano, y por más tormenta que hubiera, debía recorrer de 5 a 6 millas por hora. La demora tiene una sola explicación: la dosis de arsénico, para no ser advertida, debía ser suministrada en forma muy medida, y para eso se necesitaba tiempo.
Estos pruritos históricos podrían ceder frente al valor poético de una obra mayor. Novelas como El Siglo de las Luces no son excepcionales por su veracidad, sino por su grandeza literaria. En la pieza a cuya crítica nos abocamos cunden, en cambio, frases como la siguiente: "La tinta negra se corre y empapa el papel de tristeza, mientras caen las lágrimas mudas de María como cristales sobre cenizas". Cosa funesta es, en definitiva, una nouvelle que ayuda a meditar sobre ese enigma inaugural de nuestra patria, pero que no logra concretar la gran saga que el tema viene exigiendo.(c) LA GACETA
En Cosa Funesta, un detective inglés es contratado en Londres por Manuel Moreno para que investigue la muerte de su hermano, lo cual parece un recurso lícito que permite articular los testimonios. El investigador Foster, a quien le encomienda la tarea, se entrevista con muchos de los protagonistas, realiza un viaje a Sudamérica, y baraja y desecha, sucesivamente, varias hipótesis sobre el eventual homicida: el capitán del barco, Saavedra, Liniers, van pasando por ese tamiz riesgoso. Pero no resulta tan convincente que el autor, el biólogo Diego Golombek, haya usado la deliberada ambigüedad para suplir la duda o el desconocimiento. Tal es el caso del embarque de Moreno del que habla en el capítulo II. ¿Alude al embarque del puerto de Buenos Aires, en la Mistletoe, o al trasbordo a La Fama, en Ensenada? La presencia de Manuel Moreno y de Tomás Guido permitiría inferir que se trata del trasbordo en Ensenada (ya que hacía dos días que esperaban allí la llegada de Mariano), pero en tal caso no resulta consistente la descripción de un puerto con tanta actividad. Hay otros ejemplos no menos dudosos: ¿cómo es posible que el hijo de Mariano Moreno mire con gran asombro a los negros y a los indios, cuando sus padres poseían dos criadas negras de servicio, que sin duda vivirían en la casa con el niño?
Otra perplejidad en que nos sume la obra es la indeterminación de la época en que el imaginario detective inglés hace su trabajo en Buenos Aires. Como ninguna de las cartas que el autor introduce en el libro está fechada (capítulos IX y XXVII), debemos guiarnos por otros datos. Así, podríamos conjeturar que la estadía de Foster es antes del 22 de setiembre de 1811, ya que habla de órdenes dadas por el Presidente de la Junta (capítulo XXVI), la cual cesó en esa fecha. Sin embargo, en el capítulo XXIV Foster aparece dialogando con el médico Juan Madera, que recién llegó a Buenos Aires en octubre de 1811.
Lo que juzgo un error ya no tan trivial es la insistencia del autor en que Mariano Moreno estaba muy enfermo, que nunca se repuso de la artritis que padeció en el Alto Perú y que sufría insomnios. La enfermedad de Moreno es un mito. En el acuerdo secreto de la Primera Junta de fecha 18 de julio de 1810 se establece la necesidad de que Moreno finja una enfermedad durante algún tiempo; el propio hermano ha sostenido en la biografía escrita en 1812 (pág. 56) que no volvió a experimentar el reumatismo en todo el resto de su vida, y los famosos insomnios están sólo fundados en la raíz cuadrada de un tembladeral: Ramos Mejía y Cárcano los infirieron sobre la base de lo que escribió Vicente Fidel López tomando como fuente oral a su padre, López y Planes. No hay pruebas fehacientes de ninguna enfermedad, pues si bien las descomposturas que sufrió Moreno en el año 1800, durante el viaje y en su arribo a Chuquisaca, pudieron haber sido ataques reumáticos, que con el tiempo suelen aparejar secuelas cardíacas, está demostrado que esas consecuencias no surgen sino después de veinte años del ataque inicial, mientras que a la muerte de Moreno sólo habían mediado once.
Golombek parece ir descartando todas las posibles causales de homicidio, en lo que sería una suerte de aporía eleática, pero omite dar una explicación a un dato crucial. El barco en el que viajaba Moreno tardó cuarenta días para hacer 420 millas, desde el 24 de enero, cuando partió, hasta el 4 de marzo, cuando se produjo la muerte del prócer; pero luego tardó cuarenta y cinco días para recorrer las más de 6000 millas que faltaban hasta Londres. ¿No llama la atención un andar tan desparejo? Un barco como La Fama, navegando en verano, y por más tormenta que hubiera, debía recorrer de 5 a 6 millas por hora. La demora tiene una sola explicación: la dosis de arsénico, para no ser advertida, debía ser suministrada en forma muy medida, y para eso se necesitaba tiempo.
Estos pruritos históricos podrían ceder frente al valor poético de una obra mayor. Novelas como El Siglo de las Luces no son excepcionales por su veracidad, sino por su grandeza literaria. En la pieza a cuya crítica nos abocamos cunden, en cambio, frases como la siguiente: "La tinta negra se corre y empapa el papel de tristeza, mientras caen las lágrimas mudas de María como cristales sobre cenizas". Cosa funesta es, en definitiva, una nouvelle que ayuda a meditar sobre ese enigma inaugural de nuestra patria, pero que no logra concretar la gran saga que el tema viene exigiendo.(c) LA GACETA







