20 Junio 2004 Seguir en 
Jack Flam, en su libro Matisse-Picasso (West View Press. 2003), que Norma publicó en español, registra con aguda inteligencia los avatares de este singular duelo creativo entre dos de los más significativos pintores del siglo XX.
Picasso es ya un monstruo afligido por la más copiosa bibliografía: mujeres, hijos y nietos, amantes y secretarios, amigos y enemigos, todos han aportado su testimonio. Matisse, si bien reconocido por su valor como artista, ha sido mucho más discreto y sigiloso con su vida privada. Pero la suya no es menos determinante en sus transformaciones plásticas que la del promiscuo español.
Pero este no es un libro sobre chismografía íntima. Es un muy lúcido e informado análisis de una amistad exigente y una rivalidad perpetua revelada en el certero análisis de una larga cadena de obras maestras que cada uno de ellos creó en contrapunto con el otro. Como si cada uno se viese obligado a retomar lo que el otro, como riesgo experimental, había innovado, dándole su sello y llevándolo más allá. Eran respuestas creativas a exigencias cada vez más peligrosas y polémicas.
El libro encierra, además, una crónica brillante sobre el medio donde se dio esta pugna, en un París siempre pletórico de figuras excéntricas y únicas -de Apollinaire a Gertrude Stein; de George Braque a André Breton- y de una costa azul donde Matisse, el francés, y Picasso, el español, recrearon, a su aire, el mundo mediterráneo, cada uno con el ojo puesto en lo que hacía el otro. Esas ventanas abiertas sobre la luz del mar miraban, en realidad, la pintura del otro.Eran tan distintos que no tenían más remedio que atraerse. 12 años mayor que Picasso, Matisse era llamado "el profesor", con ironía. A los 35 años y con 3 hijos su pobreza sólo comenzó a ser superada cuando norteamericanos ricos y apasionados por el arte, como Gertrude Stein y su hermano Leo, o marchands alemanes comenzaron a adquirir obras suyas. Y sería Gertrude Stein quien le presentaría a Picasso, a quien también apoyaron en difíciles momentos.
El solitario Matisse, con su familia. El gregario Picasso, con su banda de amigos, del poeta Max Jacob al también poeta Jean Cocteau, y quien desde su primera visita a París, en 1909, y durante toda su vida, chapurrearía un pésimo francés -los signos no tienen por qué ser una fiel equivalencia de lo que buscan transmitir- comienzan en torno de la figura de Gertrude Stein un singular enfrentamiento. Rivales que danzan en torno de la mecenas perspicaz y lesbiana, como lo atestiguó en 1936 en su deliciosa Autobiografía de Alice B.Toklas, escrita por ella y que registra, con tanta gracia como humor, varios de estos rounds.Picasso pinta el celebérrimo retrato de la escritora que la hará famosa en verdad, mucho más que su difícil literatura experimental.
Matisse descubre el arte africano. Picasso se apropia de estos aportes y realiza Les demoiselles d?Avignon. Allí donde escultura ibérica, arte medieval catalán, máscaras africanas y su lectura personal de Cezanne crean un inquietante logro secreto. Sólo exhibido años más tarde y como todas las búsquedas de estos dos artistas incomprendidos y vituperados en un primer momento. Salvo por Matisse, claro está, quien ya extrajo de allí nuevos impulsos y motivaciones.
El libro, sin desdeñar la precisión técnica en el comentario, tiene el arrastre de una gran novela, al ir perfilando los caracteres de estos dos hombres. Matisse pinta de día. Picasso lo hace de noche. El uno es color. El otro, forma. El uno despliega un desarrollo orgánico. Picasso, uno constructivo.
En esas primeras décadas del siglo XX el estilo un tanto decorativo y superficial de Matisse, con sus paredes de fondo siempre recubiertas de papel ornado de flores, se verá cuestionado por la fragmentación angular y cristalina con que el cubismo, desarrollado por Picasso, Braque y Juan Gris -sobre el cual, como sobre Picasso, Gertrude Stein también escribiría un certero análisis- propuso sus escultóricas figuras, descomponiéndose en el espacio.
Pero si bien su monocromatismo opaco de tierras y marrones, ocres y grises es una analítica lección de sobriedad, es Matisse, interesado en el arte islámico, los íconos rusos y su revelador viaje a Marruecos, quien despliega esos largos paneles a la vez legibles, musicales y decorativos, donde el color como luz y energía, y la línea como arabesco, conquistan un nuevo territorio para el arte. El de sus célebres series sobre la danza y la música, a las cuales no serían ajenos, ni mucho menos, sus amores con la rusa Olga Merson, ni los encargos de pródigos mecenas rusos.Por su parte, el Picasso que ve morir a su amante Eva pone su fe en la pintura como necesario exorcismo, como intercesora entre este mundo y lo otro, lo ajeno, lo que nos niega en su mudez y su extrañeza.
Enamorado perdidamente de la bailarina rusa Olga Koklova, a quien conocerá en Roma, donde hará, para los ballets rusos y en compañía de Cocteau, la escenografía de Parade. Picasso, como Matisse, formará parte de ese grupo de artistas que deberán mucho a sus musas rusas: de Diego Rivera a Modigliani, de Dalí y Eluard a Leger y al Sartre que dedicó Las palabras, al amor ruso del momento. Olga, quien insiste en mantenerse virgen hasta que Picasso acepte casarse formalmente con ella, hará de Picasso un burgués del gran mundo, con altas exigencias de dinero para mantener ese tren de vida. Pero sus vacaciones mediterráneas con su mujer rusa y su joven amante María Teresa Walter lo aproximarán, plásticamente, a ese mundo de ninfas y sátiros que ya Matisse había esbozado.
Por su parte, Matisse deja a su familia en París y se refugia en un hotel en Niza. Allí el profesor establecerá un verdadero harén con sus modelos. Antoinette Arnoux o Henriete Derricarrere, a quienes inmortalizará en ese sueño sensual de erótica fantasía que son sus odaliscas, desnudas y abandonadas, entre muelles cojines y plantas exuberantes. El refinamiento sensual de su línea se hace carnalidad pura.
Pero los incidentes personales, como el suicidio de una ex amante, al igual que un tumor intestinal, en el caso de Matisse, no lo alejan de su prioridad mayor: su obra. Allí donde la visión cubista ya se ha vuelto suya en obras maestras como la "Lección de piano" Picasso, por su parte, se apropiará de la línea sensual de Matisse para exacerbarla en esa brutal mezcla de sadismo y ternura, de furia y de éxtasis, que su lujuria exalta, transformándola en arrasador Minotauro.
Pero lo conmovedor de estos dos periplos afines y divergentes es la forma como, quedándose en Francia a pesar de la invasión nazi y sintiéndose los dos últimos pintores figurativos en un mundo que propugnaba, por entonces, la abstracción, Matisse defiende a Picasso de las acusaciones que pintores simpatizantes de los alemanes. como Vlamink y Derrain le hacen. Máxime al saber la azarosa condición de exiliado político español en Francia que tenía Picasso.
La imagen final también es bella y reveladora: mientras Matisse crea su capilla, con casulla y cáliz diseñados también por él, Picasso también hará la suya, pero no como la de Matisse, dedicada a Dios, sino a la libertad. ¿Qué más decir ante esta postrera revelación? (c) LA GACETA
Picasso es ya un monstruo afligido por la más copiosa bibliografía: mujeres, hijos y nietos, amantes y secretarios, amigos y enemigos, todos han aportado su testimonio. Matisse, si bien reconocido por su valor como artista, ha sido mucho más discreto y sigiloso con su vida privada. Pero la suya no es menos determinante en sus transformaciones plásticas que la del promiscuo español.
Pero este no es un libro sobre chismografía íntima. Es un muy lúcido e informado análisis de una amistad exigente y una rivalidad perpetua revelada en el certero análisis de una larga cadena de obras maestras que cada uno de ellos creó en contrapunto con el otro. Como si cada uno se viese obligado a retomar lo que el otro, como riesgo experimental, había innovado, dándole su sello y llevándolo más allá. Eran respuestas creativas a exigencias cada vez más peligrosas y polémicas.
El libro encierra, además, una crónica brillante sobre el medio donde se dio esta pugna, en un París siempre pletórico de figuras excéntricas y únicas -de Apollinaire a Gertrude Stein; de George Braque a André Breton- y de una costa azul donde Matisse, el francés, y Picasso, el español, recrearon, a su aire, el mundo mediterráneo, cada uno con el ojo puesto en lo que hacía el otro. Esas ventanas abiertas sobre la luz del mar miraban, en realidad, la pintura del otro.Eran tan distintos que no tenían más remedio que atraerse. 12 años mayor que Picasso, Matisse era llamado "el profesor", con ironía. A los 35 años y con 3 hijos su pobreza sólo comenzó a ser superada cuando norteamericanos ricos y apasionados por el arte, como Gertrude Stein y su hermano Leo, o marchands alemanes comenzaron a adquirir obras suyas. Y sería Gertrude Stein quien le presentaría a Picasso, a quien también apoyaron en difíciles momentos.
El solitario Matisse, con su familia. El gregario Picasso, con su banda de amigos, del poeta Max Jacob al también poeta Jean Cocteau, y quien desde su primera visita a París, en 1909, y durante toda su vida, chapurrearía un pésimo francés -los signos no tienen por qué ser una fiel equivalencia de lo que buscan transmitir- comienzan en torno de la figura de Gertrude Stein un singular enfrentamiento. Rivales que danzan en torno de la mecenas perspicaz y lesbiana, como lo atestiguó en 1936 en su deliciosa Autobiografía de Alice B.Toklas, escrita por ella y que registra, con tanta gracia como humor, varios de estos rounds.Picasso pinta el celebérrimo retrato de la escritora que la hará famosa en verdad, mucho más que su difícil literatura experimental.
Matisse descubre el arte africano. Picasso se apropia de estos aportes y realiza Les demoiselles d?Avignon. Allí donde escultura ibérica, arte medieval catalán, máscaras africanas y su lectura personal de Cezanne crean un inquietante logro secreto. Sólo exhibido años más tarde y como todas las búsquedas de estos dos artistas incomprendidos y vituperados en un primer momento. Salvo por Matisse, claro está, quien ya extrajo de allí nuevos impulsos y motivaciones.
El libro, sin desdeñar la precisión técnica en el comentario, tiene el arrastre de una gran novela, al ir perfilando los caracteres de estos dos hombres. Matisse pinta de día. Picasso lo hace de noche. El uno es color. El otro, forma. El uno despliega un desarrollo orgánico. Picasso, uno constructivo.
En esas primeras décadas del siglo XX el estilo un tanto decorativo y superficial de Matisse, con sus paredes de fondo siempre recubiertas de papel ornado de flores, se verá cuestionado por la fragmentación angular y cristalina con que el cubismo, desarrollado por Picasso, Braque y Juan Gris -sobre el cual, como sobre Picasso, Gertrude Stein también escribiría un certero análisis- propuso sus escultóricas figuras, descomponiéndose en el espacio.
Pero si bien su monocromatismo opaco de tierras y marrones, ocres y grises es una analítica lección de sobriedad, es Matisse, interesado en el arte islámico, los íconos rusos y su revelador viaje a Marruecos, quien despliega esos largos paneles a la vez legibles, musicales y decorativos, donde el color como luz y energía, y la línea como arabesco, conquistan un nuevo territorio para el arte. El de sus célebres series sobre la danza y la música, a las cuales no serían ajenos, ni mucho menos, sus amores con la rusa Olga Merson, ni los encargos de pródigos mecenas rusos.Por su parte, el Picasso que ve morir a su amante Eva pone su fe en la pintura como necesario exorcismo, como intercesora entre este mundo y lo otro, lo ajeno, lo que nos niega en su mudez y su extrañeza.
Enamorado perdidamente de la bailarina rusa Olga Koklova, a quien conocerá en Roma, donde hará, para los ballets rusos y en compañía de Cocteau, la escenografía de Parade. Picasso, como Matisse, formará parte de ese grupo de artistas que deberán mucho a sus musas rusas: de Diego Rivera a Modigliani, de Dalí y Eluard a Leger y al Sartre que dedicó Las palabras, al amor ruso del momento. Olga, quien insiste en mantenerse virgen hasta que Picasso acepte casarse formalmente con ella, hará de Picasso un burgués del gran mundo, con altas exigencias de dinero para mantener ese tren de vida. Pero sus vacaciones mediterráneas con su mujer rusa y su joven amante María Teresa Walter lo aproximarán, plásticamente, a ese mundo de ninfas y sátiros que ya Matisse había esbozado.
Por su parte, Matisse deja a su familia en París y se refugia en un hotel en Niza. Allí el profesor establecerá un verdadero harén con sus modelos. Antoinette Arnoux o Henriete Derricarrere, a quienes inmortalizará en ese sueño sensual de erótica fantasía que son sus odaliscas, desnudas y abandonadas, entre muelles cojines y plantas exuberantes. El refinamiento sensual de su línea se hace carnalidad pura.
Pero los incidentes personales, como el suicidio de una ex amante, al igual que un tumor intestinal, en el caso de Matisse, no lo alejan de su prioridad mayor: su obra. Allí donde la visión cubista ya se ha vuelto suya en obras maestras como la "Lección de piano" Picasso, por su parte, se apropiará de la línea sensual de Matisse para exacerbarla en esa brutal mezcla de sadismo y ternura, de furia y de éxtasis, que su lujuria exalta, transformándola en arrasador Minotauro.
Pero lo conmovedor de estos dos periplos afines y divergentes es la forma como, quedándose en Francia a pesar de la invasión nazi y sintiéndose los dos últimos pintores figurativos en un mundo que propugnaba, por entonces, la abstracción, Matisse defiende a Picasso de las acusaciones que pintores simpatizantes de los alemanes. como Vlamink y Derrain le hacen. Máxime al saber la azarosa condición de exiliado político español en Francia que tenía Picasso.
La imagen final también es bella y reveladora: mientras Matisse crea su capilla, con casulla y cáliz diseñados también por él, Picasso también hará la suya, pero no como la de Matisse, dedicada a Dios, sino a la libertad. ¿Qué más decir ante esta postrera revelación? (c) LA GACETA







