
Luego de una serie de incidentes, el artista decidió abandonar España. Instalado en el hotel St. Regis de Nueva York, trató de convencer a la prensa y a los marchands estadounidenses de que no había apoyado las ejecuciones. Era cierto, desde luego, que estaba a favor de la Inquisición, pero no de la pena de muerte ni del aborto, que podía privar al mundo de un genio como él mismo. Lo cierto es que no convenció a casi nadie. Había llegado demasiado lejos y cruzado, finalmente, la frontera que separaba al provocador extravagante del pedestre y mundano infame.
La imagen es todo
La incomodidad que genera Dalí parece estar vinculada a un viejo dilema: distinguir entre el personaje indeseable y la obra genial. La historia abunda en casos de grandes hombres de la cultura (de Louis Ferdinand Céline a Jorge Luis Borges) a quienes se les conocen simpatías con empresas horrendas o un apretón de manos con un dictador. A fin de cuentas, se argumenta, el hombre puede avanzar por el lado malo, siempre y cuando la obra lo haga por el lado bueno, lo cual no significa que deba convertirse en halago de las buenas conciencias. Con Dalí, sin embargo, podemos ahorrarnos tales disquisiciones.
Parte de su obra, en particular la de los fructíferos años ?30, ocupa un lugar destacado en la historia del arte moderno, pero hay un enorme segmento que padece el mismo exhibicionismo que animó toda su vida. Esta "singularidad de España" (como dice el decreto real que le confirió el título de marqués) se dedicó con todo empeño al diseño y a promoción de una locura Prêt-a-porter que encandiló a muchos (en primer lugar, al público estadounidense) y escandalizó a otros.
Un talento innegable (podía pintar con extrema precisión cualquier cosa que se propusiera) le permitió generar la ilusión de que extraía secretos del inaccesible -salvo para él- mundo de los sueños. Su insanía, por si fuera poco, también resulta impostada. El desequilibrio psíquico y las llagas espirituales bien reales que pudo padecer terminaron digeridas en un catálogo de imágenes para el deleite masivo, abocadas a la presunta revelación de las riquezas del inconsciente. Otras tantas máscaras de un bufón sin igual.
Borrón y cuenta nueva
Después de la ruptura con André Breton se proclamó el único y verdadero surrealista, pese a que, cuando las circunstancias lo requirieron, no dudó en renegar del Dalí joven y sacrílego, y proclamar su vuelta al seno de la religión. Hay que imaginarlo el 19 de octubre de 1950, durante una conferencia en el Ateneu de Barcelona, tratando de explicar al público presente su regreso a la fe católica y su recién estrenado misticismo.
Por esa misma época, Dalí explicaba también lo siguiente: como un santo sin iglesia, y en la línea de los herejes que buscan el sumo bien sumergiéndose en el mal, había descendido a los infiernos surrealistas para salir luego a la luz. Si alguien le recordaba que en su cuadro El Sagrado Corazón (de 1929, contemporáneo del célebre El gran masturbador) había escrito "A veces escupo para divertirme sobre el retrato de mi madre", él afirmaba que en sueños es posible maldecir a los seres amados, y que "en varias religiones el acto de escupir tiene a menudo un carácter sagrado".
Varios de los cuadros que empezó a fines de los años ?40 también están dedicados a certificar su fe. La Madona de Port Lligart (1949) es un ejemplo del modo en que Dalí podía combinar su virtuosismo y su portentoso conocimiento de la tradición (hay claras referencias a Piero della Francesca, por ejemplo), con la estrategia de jugar el juego que más le convenía a nivel personal.En noviembre de 1949 fue recibido por Pío XII. Dalí ingresó a la sala de audiencia papal con La Madona de Port Lligart y salió diez minutos más tarde convencido de que al Sumo Pontífice le había encantado la imagen de la Virgen con la cara de Gala, su musa, amante y socia. Todo en Dalí parece finalmente dispuesto para la sobreactuación. Incluso sus adhesiones fascistas, su parte maldita, forman parte de la puesta en escena. Según el escritor español Manuel Vicent, "ir de reaccionario brutal cuando todo el mundo toma papillas de izquierda le ha sido muy rentable, inmolarse como un loco o un payaso era necesario para que el resplandor de esa hoguera cegara su esterilidad estética de pintor".
Pobre Dalí. Frotó la lámpara mágica de su talento y lo que salió fue un experto en trucos, un genio de segunda mano. (c) LA GACETA







