A propósito de "Israel, un espejo para el siglo XXI", de Robert S. Thomas

Por Carlos Duguech (Tucumán)

30 Mayo 2004
Director de LA GACETA Literaria, Daniel Alberto Dessein: En la página 4 del suplemento que usted dirige, del 9 de mayo último, pueden apreciarse dos visiones diferentes de un mismo y preocupante asunto: el conflicto palestino-israelí. Mientras Abi Ben Shlomo, periodista y ensayista, desde Tel Aviv se manifiesta con objetividad y crudeza respecto de las perspectivas de paz (habla de "palabras y promesas de paz, y una nueva ronda de atentados en los dos lados de la frontera basada en un muro que contraviene elementales leyes internacionales"), el otro articulista, Robert S. Thomas, analista político y ensayista norteamericano, justifica el accionar del primer ministro de Israel, Sharon. Veamos de qué modo lo hace: "La consecución del bien común, como pregonaba Aristóteles, no puede constituir el fin de la política de un lugar como Israel y en poco tiempo quizás del mundo". Así de simple y contundente, expresión del más acabado nihilismo. Más adelante comete el error sustancial de confundir "devolución de territorios" (ocupados militarmente desde 1967, en contraposición abierta al derecho internacional y a la Carta de la ONU, de la que Israel es miembro desde 1949) con "cesiones gratuitas de territorios". Manifiesta que hacerlo "es más que ingenuo".
Más adelante, inscribiéndose ostensiblemente en una política de mano dura, de acción por la fuerza, señala: "Una política de no violencia gandhiana puede dar buenos resultados con un gobierno como el inglés, pero de ninguna manera con el de Hamas". Olvida decir este analista político que el gobierno es de la Autoridad Nacional Palestina, que viene interviniendo desde que se establecieron las conversaciones de paz en la cumbre madrileña de 1991. Y que en todo tiempo es reconocido por las Naciones Unidas, la "partera" de los Estados siameses, consecuencia de la Resolución 181 (II) de 1947, que llevó adelante la "partición de Palestina". El gobierno no es de Hamas, consecuentemente.
Más adelante, cuando cita al nazismo, hace bien en censurar el comportamiento pasivo y la reacción tardía de Francia y de Inglaterra. Cuando este catedrático en Ciencia Política de la Universidad de New México manifiesta: "El final de la guerra se selló con dos bombas que extinguieron la vida de 200.000 japoneses. Pero la decisión del presidente norteamericano respondió a la disyuntiva política que le ofrecían las circunstancias: más de un millón de soldados norteamericanos y japoneses muertos en la lucha..." está -a sabiendas- ocultando lo que es una verdad insoslayable.
La II Guerra Mundial culminó con una rendición de la Alemania Nazi en mayo de 1945. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto, respectivamente) fueron un "ensayo de campo" de los EE.UU., necesitados de probar su nueva arma, que había tenido su "ensayo de laboratorio" apenas tres semanas atrás en el desierto de Nevada, EE.UU. Para intimidar al gobierno japonés hubiera bastado con arrojar una de las bombas atómicas sobre una isla desierta. Sus efectos devastadores igualmente habrían sido apreciados. Era una de las alternativas de las que se disponía en la discusión sobre el asunto en el gobierno de Truman. Sin embargo, prevaleció la necesidad del complejo industrial-militar al punto de "probar" dos tipos de bombas: la de uranio (Hiroshima) y la de plutonio (Nagasaki).En suma, toda otra explicación sobre "el fin de la guerra" está consolidada en el preámbulo de la Carta de la ONU que menciona las dos guerras que padeció (en tiempo pasado) la Humanidad en el Siglo (XX). La Carta se suscribe inmediatamente después de la rendición alemana, con prescindencia de lo que estaba concluyendo en Japón.
Vale señalar lo que el analista Thomas piensa de "los intelectuales de Occidente" en cuanto a que "son muy propensos a justificar, de manera indirecta, la violencia terrorista buscando sus causas en la presencia o en la ausencia del impero norteamericano en el Tercer Mundo". Seguramente su visión de la política internacional está signada, nada más que por aquella aseveración pretendidamente enjundiosa que expresa en su artículo: "Optar por el mal menor es hoy la mejor de las alternativas que ofrece la disyuntiva política de Medio Oriente". Para Thomas el mal menor fueron Hiroshima y Nagasaki, y en cuanto al conflicto palestino-israelí, lo es el conjunto de medidas de Sharon de "conservar asentamientos en Cisjordania (territorio ocupado militarmente), de la negación del derecho a retorno de refugiados palestinos" de "eliminación (asesinatos) selectiva de los líderes de los grupos terroristas... y de construcción de un muro divisorio...". Con analistas políticos como Thomas, seguramente su propio presidente Bush tendrá (tiene) las manos libres para su empresa guerrera. Para lo que estamos viendo, día a día.(c) LA GACETA

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