La magia de una escritora injustamente olvidada

Por Gustavo Martinelli

21 Diciembre 2003
Los antiguos griegos aseguraban que los escritores eran huéspedes ocasionales de un dios, cuyo fuego los habitaba y su clamor poblaba su boca. Sin embargo, hay también otro tipo de escritor, más extraño y poco frecuente. Es aquel que, en posesión ilimitada del don de la palabra, se atreve a ir más allá de lo que los dioses le dictan. Luisa Valenzuela pertenece a este último grupo. Sobre todo porque se trata de una escritora a quien amigos y enemigos tildan de "injustamente no reconocida en su país natal".
"El placer rebelde" es una selección de la obra de Luisa Valenzuela, establecida por Guillermo Saavedra, cuyas páginas dejan al descubierto no sólo la magia de una fórmula dialécticamente digerible, sino las duras formas de una mujer transgresora. El libro incluye capítulos de su primera novela, "Hay que sonreír", de 1966, que tiene como personaje a una chica de provincia que se prostituye al llegar a la gran ciudad. Ese texto está escrito en un sugerente registro realista, a la vez que convierte al cuerpo vendido de la chica en una metáfora de la Argentina. Y este es precisamente el sentido que tienen los fragmentos del resto de sus obras, como por ejemplo, "Los heréticos" (1967), "El gato eficaz" (1972), "Aquí pasan cosas raras" (1976), "Como en la guerra" (1977), "Libro que no muerde" (1980) y "Cambio de armas" (1982). Todos ellos proponen versiones diferentes (personales y muchas veces revulsivas) de conflictos, sueños y pesadillas de los habitantes de estas latitudes. Y lo hacen fuertemente inscriptos en una tradición cultural que es indudablemente argentina. A veces, la escritura de Valenzuela abandona el registro realista y recurre a estructuras simbólicas con un marcado gesto experimental. Así, los acontecimientos políticos del momento aparecen de forma directa, aunque sometidos a finas contorsiones, como ejercicio de autonomía. El peronismo, la lucha revolucionaria y la dictadura militar son sublimados en relatos con un variado grado de estilización. Tales son los casos de "La escena", "El don de la palabra", "El encuentro" o "Cambio de armas".
En el campo puramente estético, "El placer rebelde" presta atención a lo "bellamente escrito", pero también hace un inventario de los artificios o los trucos narrativos (muchas veces transgresores, pero no por ello menos poéticos) a los que la autora es tan proclive. Los textos elegidos pueden tomarse como material puramente documental de la actividad de su autora, pero también como datos ejemplares de su ideología, de su sistema de valores y de su humor.
Valenzuela nació en 1938 en Buenos Aires, ciudad en donde comenzó a trabajar en periodismo desde muy joven. Fue colaboradora de la revista "Crisis" y del diario "La Nación", entre otros medios. Vivió en Francia -allí escribió su primera novela a los 21 años- y en los Estados Unidos, donde dictó talleres en las universidades de Columbia y de Nueva York. Esta vida fuera de la Argentina es la que sirvió como disparador para toda su obra, que ha sido íntegramente traducida al inglés y parcialmente a numerosos idiomas, además de haberse convertido en objeto de estudio frecuente en universidades de los Estados Unidos y de Europa.
Sin embargo, la "oblicua indiferencia que suele dedicarse a los profetas nativos" ha hecho de Luisa Valenzuela una escritora extraña, muy a su pesar, como si hubiera sido afectada por una antigua maldición. Guillermo Saavedra señala que dicha falta de reconocimiento resultaría explicable y de algún modo justificada si la autora se hubiera empeñado en eludir todo tipo de compromiso con la realidad política, social o literaria de la Argentina. Pero resulta que es justamente lo contrario, razón por la cual lo inexplicable sigue siendo inexplicable. Pero probablemente allí resida gran parte de su atractivo: casi un caso. Porque después de varias décadas de actividad y tras muchos premios en el exterior, Valenzuela sigue siendo prácticamente desconocida para una gran parte de los argentinos.
En "El placer rebelde", llama la atención la prodigiosa inventiva de Valenzuela, que recuerda a Silvina Ocampo y también el hecho de que la escritora no ceda su imaginación en un campo como el deseo y el poder, marcado a fuego por los saberes "masculinos".
Esta falta de concesiones también se afirma en cuanto al estilo de su escritura. O mejor dicho, a su falta de estilo. Porque, en rigor, no existe un "estilo" Valenzuela. Lo que sí hay es un juego eterno, eso que Saavedra llama una "precisa tarea de distorsión sobre las convenciones del relato tradicional, los lugares de su enunciación, la lógica que lo sustenta y las palabras que lo denotan". Ese truco perpetuo convierte a esta antología en una suerte de libro misterioso que encierra tesoros inhallables en estos tiempos de insomnio y olvido. (c) LA GACETA

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