Desde la protesta anarquista hasta los piqueteros

Por Federico Abel

21 Diciembre 2003
Hace unas semanas, el ex presidente Eduardo Duhalde y su esposa, la diputada nacional justicialista Hilda "Chiche" González, en una crítica frontal al gobierno de Néstor Kirchner, objetaron la forma en que se está tratando a los piqueteros. Entre líneas -y no tanto- sugirieron que el Poder Ejecutivo es demasiado dialoguista y hasta permisivo. Esta observación, más allá de que es discutible -este problema, como el de la inseguridad, excede la limitada dicotomía entre mano dura y mano blanda-, expresa la preocupación de los principales actores político-institucionales (incluidos jueces) y empresariales por la irrupción de una relativamente nueva forma de protesta social: la que consiste en el corte de ruta y de calles del país, por parte de desocupados principalmente (entre 1997 y 2002, las interrupciones de tránsito sumaron 4.674 en todo el país). El libro que se comenta se abre y cierra con la descripción -sólo eso- de este fenómeno, al que se suman los cacerolazos, las ollas populares y los escraches contra políticos y militares que encabezaron la última dictadura. El desempleo, la desarticulación social y gremial, la impaciencia, la rabia, el descrédito de la política como instrumento de progreso y de transformación, la aparición de nuevas organizaciones y la necesidad que tienen estas de poner en práctica efectivas herramientas para reclamar por sus intereses son, según los autores, los síntomas de la conformación de un inédito entramado social.
En el trabajo, Mirta Lobato y Juan Suriano no arriesgan demasiado sobre cómo será, en definitiva, la Argentina que emergerá a partir de lo que ocurre por estos días. Sin embargo, es muy interesante la forma en que explican el camino que va de los anarquistas y socialistas, con fuertes convicciones ideológicas de principios de siglo XX, a los piqueteros que demandan alimentos o los míseros 150 pesos de los planes Jefes y Jefas de Hogar Desocupados; mejor aún, muestra cómo los viejos gremios combativos, que tuvieron centenares de dirigentes torturados y desaparecidos, terminaron convertidos en verdaderas empresas preocupadas en la formación de compañías aseguradoras, bancos sindicales para inversiones, farmacias y compañías de turismo. Esta concepción encontró su corolario en las políticas de gobierno de Carlos Menem.
El libro divide -y desglosa- en cuatro la evolución de la protesta social en el país. En la primera (1880-1930), el incipiente proceso de agremiación se caracteriza por las diferencias de visiones entre anarquistas, socialistas y comunistas. No obstante, impera una cultura de izquierda común e internacionalista (fenómenos como la Primera Guerra o los asesinatos de los obreros Nicola Sacco y Bartolomé Vanzetti en Estados Unidos no pasan inadvertidos), y se instituye el 1 de mayo como fecha simbólica de expresión de lucha y de cohesión de los intereses obreros (el peronismo transformará a este día en festivo). Este período también está signado por la represión estatal (se suceden masacres en la Patagonia y en Buenos Aires; en esta última, en 1919, ocurre la denominada "semana trágica" y la fuerte intolerancia de las organizaciones patronales. En la segunda etapa (1939-1943), tras el desempleo causado por la crisis mundial en 1929, aparece el trabajador industrial, y con él, el levantamiento de villas obreras en las proximidades de las fábricas. Con la disminución de la inmigración europea -aumenta, como contrapartida, el flujo proveniente de países limítrofes-, el movimiento obrero pierde su carácter cosmopolita. El sesgo divisionista se traslada a la Confederación General del Trabajo -fue fundada en 1930-, que está fracturada en 1943, cuando sucede un hecho clave: la llegada de Juan Domingo Perón a la Secretaría de Trabajo y Previsión tras el golpe militar de ese año. Aquel, sobre todo desde la presidencia, concretará la cooptación de los gremios y de los trabajadores -estos pasarán a ser sinónimo de peronismo-, la persecución de comunistas y socialistas, y la integración de la CGT a la estructura del Estado prácticamente. La caída del régimen peronista en 1955 marca el inicio del tercer capítulo, que se extiende hasta el golpe de 1976. En estos turbulentos años, el movimiento obrero, claramente mimetizado con el justicialismo, protagoniza la resistencia (a la orden de proscripción de los militares de todo lo que oliera a Perón); movido por el sueño de un peronismo sin Perón de Augusto Vandor, se convierte en un factor más de poder junto a las Fuerzas Armadas, el radicalismo, la cúpula de la Iglesia y el empresariado; y con Raimundo Ongaro y la CGT de los Argentinos participa de las revueltas sociales que, excediendo los límites del peronismo, fueron el Cordobazo, el Tucumanazo y el Rosariazo. Con el golpe de 1976 empieza otra etapa de silencio, oscuridad y desapariciones. La vuelta de la democracia encontrará a la CGT en la oposición al gobierno de Raúl Alfonsín. Este es víctima de 13 huelgas generales que, según los autores, perseguían fines políticos antes que una mejora de los derechos laborales. Esta forma de proceder -eminentemente política- persistirá durante el menemismo, en que muchos sindicalistas pasarán a ser verdaderos justificadores y sostenedores de las privatizaciones, del achique del Estado y de la flexibilización de las condiciones laborales.
El aumento del desempleo y el sentimiento de desprotección de los trabajadores y de los expulsados por el mercado, tal como se lo concibió desde 1991, hicieron que, tras el fracaso de la Alianza en 2001, surgieran nuevas formas de protesta y de organización, como los cacerolazos y las asambleas barriales. Este proceso aún no ha terminado.
En la minuciosa lectura de los avatares del último siglo, como proponen los autores, puede estar la explicación de por qué aquel sueño de una sociedad más justa y con espacio para todos terminó fracturado, con numerosos sectores a la intemperie, a la vera de las rutas y de los caminos del progreso, reducidos a hacer piquetes. (c) LA GACETA

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