Un auténtico "thriller" tejido con maestría y con verosimilitud

Por Coriolano Fernández.

21 Diciembre 2003
Cuando Ernesto oye de boca de Julia que acaso Irma Bermúdez ha muerto porque le aplicaron, sin que Irma supiera, un tratamiento experimental, no puede evitar una exclamación: -¡Pero eso es un crimen!
En los mismos instantes en que el fiscal Ernesto y la médica Julia están, en Buenos Aires, prisioneros de una sospecha, a miles de kilómetros, en Nueva York, alguien está prisionero de un código: ALS-1506/AR.
Es el brasileño Oscar Leyro Serra, ambicioso y sensual, gerente regional de un Laboratorio de primera línea. La empresa ha resuelto desactivar el proyecto de una nueva droga, la del código, pues los ensayos dan resultados adversos. Si el proyecto se hubiera plasmado, significaría el coronamiento de su carrera de gerente eficaz.
Ernesto es fiscal del fuero penal y decide investigar, aunque para ello deba recurrir a procedimientos non sanctos, porque a veces, confiesa, el fin justifica los medios.
Y Oscar, en rigor, está prisionero de la angustia: la decisión parece razonable, pero... ¿y si las empresas conocen razones que es mejor que los gerentes no conozcan?
Así se despliega un relato atractivo, un auténtico thriller, tejido con maestría a través de acciones paralelas y situaciones por cierto verosímiles en Buenos Aires, Nueva York y Brasil.
No es, en principio, una "novela de personaje" sino de acción; el interés de la intriga parece monopolizar la obra. Pero en el final, inesperado según la regla de oro del género, acaban convergiendo el fruto de la investigación, la fuerza de la empresa multinacional y el destino de los protagonistas, sobre los cuales uno puede sospechar que planea cierto hado.
Y el lector por momentos ve en los personajes seres que forjan su vida, y en otros instantes descubre que el hado se impone, como el clásico fata (de donde "fatalismo") de los estoicos romanos.
El código de la droga no es el Código de Nuremberg, aunque algún lector, si lo desea, quiera jugar con las palabras. Nuremberg, ya se sabe, es el símbolo del juicio que en dicha ciudad tuvo lugar a los criminales nazis al término de la Segunda Guerra Mundial.En 1947 se formuló un Código sobre los principios éticos que deben guiar las investigaciones médicas. Sus puntos salientes imponen el consentimiento voluntario de la persona como absolutamente imprescindible; se debe evitar todo sufrimiento innecesario; no cabe efectuar experimentos cuando se puede prever que entrañen discapacidad o muerte; y el grado de riesgo nunca puede ser mayor que el determinado por la importancia humanitaria del problema. La persona puede salir del experimento en cualquier momento.
No hace falta decir que ha habido violaciones muy serias a dicho Código. En 1972 el Congreso de los Estados Unidos promulgó el Acta Nacional de Investigación, fijando normas para acentuar las prescripciones del Código.
Se preguntará si gravita en el autor del hecho de su doble condición de abogado y escritor. Pudiera ser, pero no es menos cierto la admirable destreza de Abarca para moverse también en el ámbito de la medicina. Por eso, yo daría a esa pregunta una respuesta más vivencial: Abarca primordialmente es novelista, y la novela, como dice Vargas Llosa, es una suerte de matrimonio entre la objetividad y la fantasía, entre la experiencia vivida y al experiencia soñada.
Suena difícil imaginar a Abarca cuentista, dramaturgo o poeta. Publicó Papeles perdidos (1989), Fuerza de mujer (1994) y Expediente reservado (2001). El Código de Nuremberg tiene un claro ritmo cinematográfico, también muy presente en Expediente reservado, libro que, sea dicho de paso, ha generado en un grupo de productores la decisión de concretar la versión fílmica.
¿Le aguarda el mismo destino al libro que hoy comentamos? (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios