Una excelente biografía de Timerman desnuda la compleja relación entre la prensa y el poder político

Por Nora Lía Jabif.

14 Diciembre 2003
La biografía de Jacobo Timerman que escribió Graciela Mochkofsky no es la historia de un derrotero individual, sino una recreación de la compleja relación que siempre han tenido el periodismo y los poderes del Estado.
Cierto es que la tesis que elige la autora para develar a uno de los personajes míticos de la prensa argentina es perturbadora.
Así resuena, por lo menos, la calificación que dispara Mochkofsky ya desde el título, cuando define a Timerman como "el periodista que quiso ser parte del poder". ¿Cómo interpretar esa valoración, si alude nada menos que al padre de "Confirmado", "Primera Plana" y "La Opinión", que le aportaron una perspectiva crítica e interpretativa al periodismo argentino de la segunda mitad del siglo XX?
El tono de la investigación de Mochkofsky es implacable en su neutralidad, a la hora de reconstruir su personaje. Así parece haber resuelto la autora la aparente contradicción que encerraba la pregunta anterior.
Timerman, escribe Mochkofsky, quería sentarse a la mesa del poder en igualdad de condiciones. ("Se veía a sí mismo como un William Randolph Hearst, el dueño de un imperio periodístico en los Estados Unidos; como un Natalio Botana..."). Y revela el "método" utilizado por el inmigrante ucraniano que revolucionó el periodismo argentino de la segunda mitad del siglo XX para lograr su cometido: "pactar, asociarse, pertenecer".Timerman es aquí el hombre ambicioso, pragmático, irascible, arbitrario y egocéntrico (aunque de gestos generosos ante situaciones límite) que apostó primero a Frondizi, el que ayudó a voltear a Illia, el mismo que se adhirió primero a la dictadura de Juan Carlos Onganía y después -en una primera etapa- a la de Jorge Rafael Videla, hasta que le tocó vivir la tragedia de las persecuciones en cuerpo propio.
Pero en esta biografía él es, también, el editor genial que les acercó a miles de argentinos la revolución cultural y social de los años 60 en el mundo, a través de "Primera Plana", el pionero del periodismo interpretativo, desde "La Opinión", o el hombre que para los Estados Unidos se convirtió en emblema de los derechos humanos, tras haber soportado el secuestro y la tortura de mano del propio Ramón Camps. O el maestro de periodistas de distintas generaciones, que lo respetaron y temieron por igual.
Una anécdota contada por Timerman en 1999 -y que exhuma la periodista en esta biografía- muestra la osadía con la que él modeló cada uno de sus productos editoriales. "Cuando hice Primera Plana me dije ¿cómo puedo inventar o imaginar quién va a ser el cronista político?... ¿Sabés qué se me ocurrió? Buscar gente culta. ¿Dónde está la gente culta en un diario? En cine. ¿A quién tomé para la sección política de Primera Plana? A dos cronistas de cine, Tomás Eloy Martínez y Ramiro de Casasbellas. Digo ¿por qué no van a entender la política?... Como decían los profesionales, este no conoce a ningún ministro. ¿Qué c... importa? El ministro lo tiene que conocer a él".
En estos tiempos en que la literatura de las ciencias sociales intenta darle al periodismo un lugar como "historia del presente", hay que destacar ese ejercicio de neutralidad que ejercita Graciela Mochkofsky en su investigación sobre la vida del ahora mítico editor.
La biografía de Timerman que escribió Mochkofsky incomodará, muy probablemente, a representantes de los medios tradicionales de la argentina, porque exhuma un pasado de complicidades editoriales con los poderes militares de turno que todavía tiene heridas abiertas.
Pero lo que hace la periodista no es más que recordar que los medios de comunicación son parte de la sociedad en la que se desarrollan. Y que, como tales, comparten sus pecados y sus virtudes, sus miserias y sus grandezas.
El libro de Graciela Mochkofsky también revela que el complejo vínculo entre medios de comunicación, democracia, dictaduras y opinión pública trasciende la figura de Jacobo Timerman, el protagonista de esta biografía.Desde la contratapa, "Timerman..." se le ofrece al lector como "la primera tentativa de presentar una historia de la prensa argentina y de sus vínculos con el poder".
El objetivo está logrado: en esta mezcla de testimonio y biografía la autora recrea con rigor documental el apasionante y controvertido clima de época intelectual, cultural, social y político de la década del 60, y el derrotero trágico que siguieron los años 70.El libro atrapa también desde la primera de sus 500 páginas porque es ameno, y porque está escrito con destreza narrativa. Y porque hay equilibrio entre los hechos que la Historia suele contar con mayúsculas y las anécdotas de la trastienda del poder, que son las que humanizan el pasado.
Como bien se señala en la contratapa del libro, esta propuesta es "una tentativa de presentar una historia de la prensa argentina", no la única. Graciela Mochkofsky es una periodista joven, tiene 32 años. Y es probable que su juventud le haya servido para sumergirse en esta historia sin los perjuicios y las pasiones propias de quienes estuvieron de modo u otro involucrados en el oficio editorial y periodístico, así como en la militancia política de las décadas del 60 y del 70. O en la década de los años 80, que con la restauración de la democracia en la Argentina marcaron el ocaso de Timerman, con el fracaso de "La Razón".
En ese aspecto, podría decirse que "Timerman" comparte esa perspectiva generacional con obras como "Galimberti", de Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, entre otras, que ya no proclaman, como medio siglo atrás, que el periodista debía ser "objetivo". En cambio, reivindican el concepto más humano -y más humilde- de "neutralidad" en el enfoque de los hechos, y defienden el derecho del periodista a ser un cronista de su época. (c) LA GACETA

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