Releer "El crimen de la guerra" constituye un útil ejercicio

Por Federico A. M. Lannes.

14 Diciembre 2003
Testigo desde niño de años trágicos, convulsionados por el parto de la organización nacional, pero también contemporáneo de la Guerra de Crimea, de la ascensión de Napoleón III, de la guerra de secesión en los EE.UU., de la proclamación del II Reich y la guerra Franco-Prusiana, Alberdi escribe este libro con la intención de presentarlo en el certamen organizado en 1870 por la Liga Internacional y Permanente de la Paz.
Para Alberdi, el crimen de la guerra nace del derecho de la guerra, originado en el derecho del pueblo romano para con el extranjero. Es el crimen de la justicia ejercida de un modo criminal. Por ello, la guerra considerada como crimen es un capítulo del derecho de las Naciones entre sí; en consecuencia, hablar del crimen de la guerra, es tocar todo el derecho de gentes por su base.
Afirma que el Evangelio es el derecho de gentes moderno, la verdadera ley de las naciones civilizadas y que el cristianismo -como la ley fundamental de la sociedad moderna- es la abolición de la guerra.
Pero sostiene también "conviene no olvidar que no siempre la guerra es crimen: también es la justicia cuando es el castigo del crimen de la guerra criminal. El homicidio es crimen cuando lo comete el asesino, y es justicia cuando lo hace ejecutar el juez".
Sorprende la actualidad de sus juicios sobre los fines y los medios de los que se sirve la guerra: "lejos de ser cierto que el fin justifica los medios, son los medios los que justifican el fin, en la guerra todavía más que en la política" o sobre los concepto de neutralidad e imparcialidad cuando afirma: "el juez único de los estados que combaten sobre un punto litigioso es el mundo neutral". Pero "como no hay guerra que no redunde en perjuicio del mundo neutral, su competencia para juzgarla descansa sobre un doble título de imparcialidad y conveniencia".
La responsabilidad, para Alberdi, es lo que distingue al soberano moderno del soberano antiguo; por ello todo estado que no pueda dar diez pruebas auténticas de diez tentativas hechas para prevenir una guerra como el último medio de hacer respetar su derecho, debe ser responsable del crimen de la guerra ante la opinión del mundo civilizado".
Sostiene que "el soldado del porvenir" a diferencia del guerrero, "es el guardián de la paz", porque la guerra es la parte excepcional de la carrera de un soldado que, educado por la libertad, se hará cada día más dueño de no hacerse cómplice de la guerra que la conciencia condena.
Se anticipa proféticamente a la necesidad de una Sociedad de las Naciones: "la humanidad civilizada constituida en un cuerpo regular, obedeciendo a una ley común de las naciones, como un estado dirime los conflictos entre sus miembros".
Frente a un mundo violento, con guerras recientes y otras que se preparan. Con las heridas abiertas aún por un pasado reciente en nuestro país, releer "El crimen de la guerra", será un formidable ejercicio de voluntad para crecer en conciencia sobre los beneficios de desarrollar en nuestra sociedad los valores de la paz y la justicia. En síntesis: una lectura imperdible y obligatoria para los argentinos del siglo XXI. (c) LA GACETA

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