14 Diciembre 2003 Seguir en 

La reedición de un libro, publicado por primera vez en 1991, supone su vigencia. Seguramente porque las grandes editoriales de ahora no carecen de un olfato que, sin excluir un valor estético, apunta a llenar otros objetivos. A lo que cabe agregar la popularidad, nada inmerecida de su autor, el santafesino Juan José Saer, quien, a sus muchas novelas que a nadie pueden dejar indiferente, ha añadido los géneros del cuento, el ensayo y la poesía. Saer califica a la obra que comentamos de "híbrido sin género definido", es decir, aclara, que no apunta al reportaje, al estudio ni a la autobiografía. Aunque, a decir verdad, también los citados subgéneros integran la estructura de este libro, cuya escritura, minuciosa y rica, convalida las virtudes que se le atribuyen a este escritor argentino que hace tres décadas se radicó en Francia, sin perder por ello, el vigor de sus raíces como tampoco el conjunto de sus afectos y aversiones.
Y asimismo, a decir verdad, estas páginas densas de información e interpretación acerca de lo que nuestro país fue y es, se emparenta no sólo con la tradición de los conquistadores como Ulrich Schmidl y los viajeros de los siglos dieciocho y diecinueve, que el autor ha frecuentado con provecho e inteligencia, sino también con piezas literarias de la envergadura de la "Radiografía de la pampa", del injustamente algo olvidado y parcialmente denostado Ezequiel Martínez Estrada. Sólo que Saer no apela a esas fatalidades universales, aplicadas a un rincón del planeta, que siembran con profusión la obra de su comprovinciano mayor.
Habría que añadir también que el relato, a veces colorido, en ocasiones descarnado de Saer, convierte a esa Argentina que es una de sus obsesiones en un objeto cuya historia -y geografía- oscila entre la realidad y la ficción, y en donde no pocas veces la ficción supera una realidad con pretensiones de inteligibilidad. Y ello a partir de su origen, que remonta a la malograda expedición del piloto mayor Juan Díaz de Solís con su desastrado final. Este "río sin orillas" es, se sabe, el mal denominado Río de la Plata, erróneo ya a partir de su denominación. De allí, al parecer, arranca todo, en el fondo una cadena de ilusiones infortunadas que desembocan en desastres periódicos -o simultáneos- de dimensiones provocadas tanto por la casualidad como por la naturaleza variada y cambiante de sus sucesivos pobladores.La novela, entre paréntesis, se lee desde distintas perspectivas, sin que ninguna de ellas pueda calificarse de falsa. Porque los largos períodos propios de la composición de Saer no son gratuitos ni arbitrarios. La exactitud conceptual y la consideración artística los impregnan por igual. Saer intenta llegar a una verdad plausible, pero conoce los límites de cualquier interpretación. Sin embargo, su juicio es por lo común certero, hasta implacable en la atribución de responsabilidades y culpas. Léanse, si no, las páginas -y este es un ejemplo- dedicadas a Perón, a las clases heterogéneas que pueblan la Argentina, a montoneros, gremialistas, intelectuales, militares y políticos en general. Quienes fueron testigos no pueden, si la honestidad los ampara, rechazar sus conclusiones, lapidarias pero justas. Pero hay mucho más en este libro, que el espacio de una reseña impide comentar.
El libro está dividido, como si fuera una pieza musical de significación, en las cuatro estaciones que conforman el año. Y en la última de sus partes, la "Primavera", todo confluye, como nota de conciliación y acuerdo, no exento de cierto simbolismo, en el asado, esa sacrosanta institución nacional que a todos nos unifica en el transcurso de su ritual obligatorio.(c) LA GACETA
Y asimismo, a decir verdad, estas páginas densas de información e interpretación acerca de lo que nuestro país fue y es, se emparenta no sólo con la tradición de los conquistadores como Ulrich Schmidl y los viajeros de los siglos dieciocho y diecinueve, que el autor ha frecuentado con provecho e inteligencia, sino también con piezas literarias de la envergadura de la "Radiografía de la pampa", del injustamente algo olvidado y parcialmente denostado Ezequiel Martínez Estrada. Sólo que Saer no apela a esas fatalidades universales, aplicadas a un rincón del planeta, que siembran con profusión la obra de su comprovinciano mayor.
Habría que añadir también que el relato, a veces colorido, en ocasiones descarnado de Saer, convierte a esa Argentina que es una de sus obsesiones en un objeto cuya historia -y geografía- oscila entre la realidad y la ficción, y en donde no pocas veces la ficción supera una realidad con pretensiones de inteligibilidad. Y ello a partir de su origen, que remonta a la malograda expedición del piloto mayor Juan Díaz de Solís con su desastrado final. Este "río sin orillas" es, se sabe, el mal denominado Río de la Plata, erróneo ya a partir de su denominación. De allí, al parecer, arranca todo, en el fondo una cadena de ilusiones infortunadas que desembocan en desastres periódicos -o simultáneos- de dimensiones provocadas tanto por la casualidad como por la naturaleza variada y cambiante de sus sucesivos pobladores.La novela, entre paréntesis, se lee desde distintas perspectivas, sin que ninguna de ellas pueda calificarse de falsa. Porque los largos períodos propios de la composición de Saer no son gratuitos ni arbitrarios. La exactitud conceptual y la consideración artística los impregnan por igual. Saer intenta llegar a una verdad plausible, pero conoce los límites de cualquier interpretación. Sin embargo, su juicio es por lo común certero, hasta implacable en la atribución de responsabilidades y culpas. Léanse, si no, las páginas -y este es un ejemplo- dedicadas a Perón, a las clases heterogéneas que pueblan la Argentina, a montoneros, gremialistas, intelectuales, militares y políticos en general. Quienes fueron testigos no pueden, si la honestidad los ampara, rechazar sus conclusiones, lapidarias pero justas. Pero hay mucho más en este libro, que el espacio de una reseña impide comentar.
El libro está dividido, como si fuera una pieza musical de significación, en las cuatro estaciones que conforman el año. Y en la última de sus partes, la "Primavera", todo confluye, como nota de conciliación y acuerdo, no exento de cierto simbolismo, en el asado, esa sacrosanta institución nacional que a todos nos unifica en el transcurso de su ritual obligatorio.(c) LA GACETA







