EUGENE IONESCO Y JORGE LUIS BORGES. Algunos dicen que pudieron haberse encontrado en Buenos Aires en 1970.
14 Diciembre 2003 Seguir en 

Hojeando en estos días el libro de conversaciones de Claude Bonnefoy con Ionesco, publicado en Venezuela en 1976, nos encontramos con este comentario, desconocido hasta ahora por nosotros.¿Cuáles son los escritores que han podido aclarar para usted ciertas obsesiones?, interroga el entrevistador.
Ionesco contesta:
-Kafka. Primero, La Metamorfosis, luego todo Kafka. Hubo pintores como De Chirico. También Borges. Es el mismo género de angustia.Bonnefoy le pregunta qué textos de Borges precisamente.E Ionesco contesta: "La Biblioteca de Babel".El entrevistador acota: "que expresa la angustia ante la cultura".
Ionesco explica: "Sí. Y hay algo más, es el infinito, es el laberinto que es la imagen del infinito, ese laberinto que encontramos también en De Chirico, en Kafka. El laberinto es el infierno, es el tiempo, es el espacio, mientras que el paraíso, al contrario, es un mundo esférico, entero, en que "todo está allí", ni final, ni infinito, donde el problema finito-infinito no se plantea. Lo que me parecía ser la Chapelle Anthenaise: un lugar desangustiante. Desde el momento en que estamos en la dimensión o en la duración, es el infierno."
El laberinto une así a Ionesco y a Borges en su efecto perturbador. La idea de esa morada del Minotauro de los antiguos griegos, construida por Dédalo para encerrar el monstruo y esconderlo de la gente porque -según Ovidio- "la llenaba de infamia", sigue abrumando al pensador. Sobre todo, tratándose de un escritor cuya herramienta es la palabra. Porque -así lo imaginamos- Babel implica también la confusión de lenguas, el castigo al hombre que quiere competir con Dios.
El laberinto es el sitio de los muchos caminos, donde -sin el hilo de Ariadna- no hay salida para ningún Teseo. Ionesco lo compara con el infierno, y para él el infierno es la existencia del tiempo y del espacio, de la duración y de la dimensión, aquello que no tiene salida ni fin. Que es infinito, inabordable, y que supera la medida del hombre.
En cambio, el paraíso para él es la pequeña aldea francesa de la Chapelle Anthenaise, donde pasó parte de su infancia. Califica al paraíso, a su paraíso, como un mundo esférico, donde todas las cosas están allí, a mano. Porque la esfera es el cuerpo geométrico donde todos los puntos son equidistantes del centro, lo cual pareciera ser algo tranquilizador para el padre del teatro del absurdo.
Tanto Ionesco como Borges tenían sueños donde la pesadilla solía tomar las formas del laberinto: eran situaciones de las cuales no podían evadirse.
En una entrevista que tuvimos con Borges en 1979, él nos contaba, recordando una reciente charla en Córdoba: "Yo sueño siempre con el laberinto. Me encuentro siempre en un lugar preciso de Buenos Aires, por ejemplo en la esquina de Santiago del Estero y Chile. O en la esquina de Riobamba y Arenales. Pero esos lugares, que yo sé exactamente que son tal o cual esquina, en los sueños, son totalmente distintos: por ejemplo, ciénagas, montañas, andamios o incluso puede haber corredores, galerías. Yo sé que son esos lugares, pero igual yo me pierdo en ellos. Anoche, por ejemplo, yo estaba en la calle Belgrano y tenía que dirigirme hacia el sur, hacia el centro, e iba por la calle Salta, pero todo estaba absolutamente distinto porque eran las sierras de San Luis que yo había visto por la mañana, pero mucho más boscosas, y yo sabía que estaba allí, en el barrio de Monserrat. "
Un sueño que Ionesco contó a Claude Bonnefoy es muy interesante en cuanto a ciertas similitudes con las pesadillas borgesianas. Dice que en él se veía como un cosmonauta, sentado desnudo y en posición fetal delante de otro, que era él mismo (advertimos aquí la misma idea del "doble", tan cara a Borges, presente en este sueño de Ionesco). Iban -Ionesco y su segundo "yo"- hacia otro planeta, llegaban, había una muchedumbre sobre ese otro astro. Al rato, Ionesco sabe que quiere volver a la Tierra. "Hablo con alguien en el bulevar del planeta, que es uno de los bulevares exteriores de París, el bulevar Lefevre." La persona lo manda a buscar boletos para regresar a este planeta. "Yo voy a la estación, pido a la empleada de la taquilla los boletos para volver a la Tierra. No entiendo lo que esta buena mujer me dice, porque me contesta en italiano. Al menos ya sé que los marcianos hablan italiano. Entonces, dejo la estación, trato de encontrar a mi compañero de viaje. No lo encuentro. Estoy angustiado, solo, perdido. El sueño termina así. Esto también, dejar la Tierra, no poder volver, es una angustia fundamental".
La calles de Buenos Aires para Borges, los bulevares de París para Ionesco.
Y ambos, amantes de Kafka, se ven aterrorizados por esos "senderos que se bifurcan", por ese laberinto onírico en el cual se sienten atrapados.
Ionesco admira el cuento de Borges "La biblioteca de Babel", porque se encuentra allí con esa idea del infinito abismal de la literatura, donde uno pareciera perderse por siempre en el vacío multiplicado de la eternidad.
Ese cuento empieza diciendo: "El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente". Para decir, cerca del final: "Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta".
Ionesco estuvo en Buenos Aires en 1970. Alguien nos contó que ambos escritores se encontraron aquí. Desconocemos detalles de cómo fue ese encuentro.
Como ya se sabe, "La Biblioteca de Babel", que tanto impresionó a Ionesco, es uno de los ya "clásicos" cuentos de Borges que pertenece a la colección "Ficciones" (1944), libro que fue uno de los mayores éxitos del escritor argentino en Francia. (c) LA GACETA
Ionesco contesta:
-Kafka. Primero, La Metamorfosis, luego todo Kafka. Hubo pintores como De Chirico. También Borges. Es el mismo género de angustia.Bonnefoy le pregunta qué textos de Borges precisamente.E Ionesco contesta: "La Biblioteca de Babel".El entrevistador acota: "que expresa la angustia ante la cultura".
Ionesco explica: "Sí. Y hay algo más, es el infinito, es el laberinto que es la imagen del infinito, ese laberinto que encontramos también en De Chirico, en Kafka. El laberinto es el infierno, es el tiempo, es el espacio, mientras que el paraíso, al contrario, es un mundo esférico, entero, en que "todo está allí", ni final, ni infinito, donde el problema finito-infinito no se plantea. Lo que me parecía ser la Chapelle Anthenaise: un lugar desangustiante. Desde el momento en que estamos en la dimensión o en la duración, es el infierno."
El laberinto une así a Ionesco y a Borges en su efecto perturbador. La idea de esa morada del Minotauro de los antiguos griegos, construida por Dédalo para encerrar el monstruo y esconderlo de la gente porque -según Ovidio- "la llenaba de infamia", sigue abrumando al pensador. Sobre todo, tratándose de un escritor cuya herramienta es la palabra. Porque -así lo imaginamos- Babel implica también la confusión de lenguas, el castigo al hombre que quiere competir con Dios.
El laberinto es el sitio de los muchos caminos, donde -sin el hilo de Ariadna- no hay salida para ningún Teseo. Ionesco lo compara con el infierno, y para él el infierno es la existencia del tiempo y del espacio, de la duración y de la dimensión, aquello que no tiene salida ni fin. Que es infinito, inabordable, y que supera la medida del hombre.
En cambio, el paraíso para él es la pequeña aldea francesa de la Chapelle Anthenaise, donde pasó parte de su infancia. Califica al paraíso, a su paraíso, como un mundo esférico, donde todas las cosas están allí, a mano. Porque la esfera es el cuerpo geométrico donde todos los puntos son equidistantes del centro, lo cual pareciera ser algo tranquilizador para el padre del teatro del absurdo.
Tanto Ionesco como Borges tenían sueños donde la pesadilla solía tomar las formas del laberinto: eran situaciones de las cuales no podían evadirse.
En una entrevista que tuvimos con Borges en 1979, él nos contaba, recordando una reciente charla en Córdoba: "Yo sueño siempre con el laberinto. Me encuentro siempre en un lugar preciso de Buenos Aires, por ejemplo en la esquina de Santiago del Estero y Chile. O en la esquina de Riobamba y Arenales. Pero esos lugares, que yo sé exactamente que son tal o cual esquina, en los sueños, son totalmente distintos: por ejemplo, ciénagas, montañas, andamios o incluso puede haber corredores, galerías. Yo sé que son esos lugares, pero igual yo me pierdo en ellos. Anoche, por ejemplo, yo estaba en la calle Belgrano y tenía que dirigirme hacia el sur, hacia el centro, e iba por la calle Salta, pero todo estaba absolutamente distinto porque eran las sierras de San Luis que yo había visto por la mañana, pero mucho más boscosas, y yo sabía que estaba allí, en el barrio de Monserrat. "
Un sueño que Ionesco contó a Claude Bonnefoy es muy interesante en cuanto a ciertas similitudes con las pesadillas borgesianas. Dice que en él se veía como un cosmonauta, sentado desnudo y en posición fetal delante de otro, que era él mismo (advertimos aquí la misma idea del "doble", tan cara a Borges, presente en este sueño de Ionesco). Iban -Ionesco y su segundo "yo"- hacia otro planeta, llegaban, había una muchedumbre sobre ese otro astro. Al rato, Ionesco sabe que quiere volver a la Tierra. "Hablo con alguien en el bulevar del planeta, que es uno de los bulevares exteriores de París, el bulevar Lefevre." La persona lo manda a buscar boletos para regresar a este planeta. "Yo voy a la estación, pido a la empleada de la taquilla los boletos para volver a la Tierra. No entiendo lo que esta buena mujer me dice, porque me contesta en italiano. Al menos ya sé que los marcianos hablan italiano. Entonces, dejo la estación, trato de encontrar a mi compañero de viaje. No lo encuentro. Estoy angustiado, solo, perdido. El sueño termina así. Esto también, dejar la Tierra, no poder volver, es una angustia fundamental".
La calles de Buenos Aires para Borges, los bulevares de París para Ionesco.
Y ambos, amantes de Kafka, se ven aterrorizados por esos "senderos que se bifurcan", por ese laberinto onírico en el cual se sienten atrapados.
Ionesco admira el cuento de Borges "La biblioteca de Babel", porque se encuentra allí con esa idea del infinito abismal de la literatura, donde uno pareciera perderse por siempre en el vacío multiplicado de la eternidad.
Ese cuento empieza diciendo: "El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono, se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente". Para decir, cerca del final: "Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana -la única- está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta".
Ionesco estuvo en Buenos Aires en 1970. Alguien nos contó que ambos escritores se encontraron aquí. Desconocemos detalles de cómo fue ese encuentro.
Como ya se sabe, "La Biblioteca de Babel", que tanto impresionó a Ionesco, es uno de los ya "clásicos" cuentos de Borges que pertenece a la colección "Ficciones" (1944), libro que fue uno de los mayores éxitos del escritor argentino en Francia. (c) LA GACETA







