Futuros de la Lectura

Para LA GACETA - CORDOBA.

14 Diciembre 2003
Hace unos años y, sospechando el progresivo deterioro de la lectura, el crítico George Steiner vaticinó que en el futuro habría casas de lectura, como las antiguas bibliotecas monásticas, donde las personas interesadas en leer un libro irían a disfrutar, en ese espacio, del antiguo hábito. De esta manera, la costumbre de recorrer las páginas de un libro quedaría reducida a un círculo íntimo y pequeño fomentado con sus códigos secretos, mientras la mayoría observaría con absoluta indiferencia a esos personajes que encontrarían placer donde para ellos no lo habría.
Más allá del carácter incisivo y de la curiosidad que despierta el diagnóstico, Steiner seguramente ha sido consciente de que su afirmación comporta un rasgo apocalíptico que suele producir como respuesta una actitud radicalmente opuesta que se traduce, por lo general -y lamentablemente- en la defensa del libro sólo como objeto comercial. En ambos lados, nos encontramos con posiciones desoladoras: mientras una sostiene la inminente desaparición de la lectura como hábito social, la otra, con un argumento igualmente infundado (aunque con algunos datos precisos, originados más que nada en Europa) postula la expansión cada vez mayor (y de posibilidades insospechadas) ya no de la lectura, sino más bien del libro como objeto de venta. En cierto modo, parece que en todos lados la lectura se estaría extinguiendo como ejercicio sostenido y, simultáneamente, más que nada en aquellos países que gozan de la sociedad del bienestar, cada vez más libros comienzan a ocupar los estantes, muchas veces pequeños, de consumidores que se entregan con deleite a su compra, más por la aureola que otorga el objeto que por su contenido.
Es tal vez a mitad de camino, entre una y otra posición de este fenómeno que no entrega una sola verdad, donde debamos situarnos para no quedar atrapados en el prejuicio que conduce a limitar la complejidad del problema a sólo dos opciones que impiden abrir el interrogante a otros espacios.
En Argentina, las preguntas sobre la decadencia de la lectura también alimentan el debate privado de escritores, intelectuales, profesores, etcétera, pero aún no han ingresado en la agenda de quienes se encargan de pensar y de diseñar, desde el espacio público, las prioridades sobre las que debe girar la vida cultural y educativa del país. Ya sea por falta de capacidad, por soberbia, o directamente por negligencia, esta indagación continúa postergada por ser considerada como problema menor en un alto porcentaje de la población. No obstante, quizás sea necesario volver sobre esos problemas que reciben el mote de "menores" porque todos sabemos que, de una u otra forma, alientan el movimiento de la vida social: revelan sus contradicciones, sus conflictos, sus conocidos "caminos sin salida".
No obstante, preferí dejar a un lado una perspectiva un tanto vaga, general y cuantitativa para intentar una defensa personal de la lectura. Entiendo que de este modo puede construirse un diálogo entre diferencias -ya sean afirmativas o negativas- que contribuya, aunque más no sea como pálido aporte, a las diversas ideas que merodean sobre el porvenir de la lectura.Alberto Manguel supo escribir: "Para mí las palabras de una página le dan coherencia al mundo" (1). Frente a esa justificación de la lectura sería difícil encontrar argumentos que puedan quitarle legitimidad a una actividad que, si bien para muchos se encuentra en decadencia, para otros es uno de los ejercicios más habituales y necesarios para comprender e intervenir en el mundo. En una página del mismo libro, pero en otro de los ensayos, el autor continúa dialogando con esa afirmación al decir: "Toda lectura prolonga otra, empezada una tarde de hace mil años, y de la cual no sabemos nada; toda lectura proyecta su sombra sobre la página siguiente, confiriéndole contenido y contexto".
Del enunciado de Manguel se puede deducir claramente uno de los valores naturales que se desprenden de la lectura y que es el lugar que elijo para defender su ejercicio (más allá de la opción monacal y de la que sólo atiende al destino del objeto libro en el mercado). Creo que de la lectura se debe reivindicar su capacidad de alimentar la memoria y de estimular la imaginación para que esta, en su trabajo, haga cosas nuevas con los elementos que la memoria hereda pero que, sin dudas, están ahí para hacerles decir cosas nuevas. Si todas las páginas están, de algún modo, en diálogo real o virtual con otras anteriores, presentes o futuras, el hábito de leer no puede considerarse jamás una práctica ociosa, improductiva; por el contrario, es una de las formas posibles, quizás la privilegiada, pera volver sobre -y renovar- la tradición (cuando digo tradición no hago referencia, solamente, a las formas folklóricas, regionales, o nacionales, sino a ese tesoro que se organiza en la conciencia de los lectores por el encuentro con diversos textos y experiencias). Por eso creo que la lectura es uno de los primeros pasos en ese deseo de agregar algo al mundo (que puede completarse con la escritura, con la acción, o con ambas) y que, ante tantas pretensiones de intervenir -en lo social, en lo artístico, en lo cultural- no deberíamos olvidar que para hacerlo mejor es necesario conocer las historias y los relatos que fundamentan esas prácticas.
En ese aspecto y, viendo que muchas personas se encuentran en esa encrucijada, creo que habría al menos dos misiones. Primero, imaginar las condiciones para la creación de nuevos escenarios de encuentros que darían como resultado; en segundo lugar, el deseo de diseñar nuevos objetivos para la experiencia con los libros y el aprendizaje. Me parece imprescindible estimular el desafío de crear las condiciones para esos encuentros: de intelectuales, de artistas y de escritores dispuestos a trabajar en la puesta en escena de lo que podemos denominar el "pasaje del testigo" (passage du temoin, como dicen los franceses). Una actuación, casi en sentido literal, que permita reunir algunos elementos del pasado y del presente (entre otras cosas, las historias de los libros) para que, en el tránsito, en ese paso del maestro al discípulo, sea posible -ahora ya sí- no sólo imaginar algo diferente sino también realizarlo: la creación de una vida social que pivotee sobre una diversidad de valores que la actualidad no puede albergar y, menos aún, hacer convivir.
Queda para investigar si las instituciones existentes, tal como funcionan, son capaces de aceptar y de abordar ese desafío. El de una actitud que permita alejarnos de la -para algunos- seducción de la vida monacal y, además, al darle a la lectura un sentido más dinámico, sacarlos a los libros de la mera función decorativa en el mercado o en las bibliotecas privadas. Que se conviertan en otra cosa que cómplices u observadores de lectores que no saben qué páginas recorrer porque desconocen las preguntas que desearían responderse. (c) LA GACETA

1) "En el bosque del espejo. Ensayos sobre las palabras y el mundo". Alberto Manguel. Editorial Norma. 2001.

Tamaño texto
Comentarios