Historia del ingenio Santa Lucía y de sus habitantes

Por Federico Peltzer

23 Noviembre 2003
La autora, bioquímica y antropóloga, lo es también de un libro anterior sobre otro ingenio tucumano. Revela, además, vasto conocimiento de la historia regional.
Con ella comienza, pues se ocupa de los primeros pobladores, desde tiempos remotos, pasando luego por las conquistas de los incas y los españoles. Refiere la introducción de la caña por parte de estos últimos, para fomentar la industria azucarera. Uno de sus productores fue el establecimiento que se propone historiar, comenzando por su ubicación, en la ruta que lleva a Tafí del Valle, Departamento de Monteros, a unos 50 km de la capital. Se detiene en las características de los primitivos habitantes de la región (los caspinchangos), las relaciones entre aborígenes y conquistadores, y la obra civilizadora de los jesuitas. Traza una breve historia de la explotación del azúcar, a partir de 1821, cuando el doctor José Eusebio Colombres la trajo del Perú. Es el comienzo de numerosos ingenios, y a fines de siglo (1882) llega el turno del Santa Lucía, fundado por Gerardo Constanti, quien traspasó luego su parte a Federico Moreno. Al morir este, el establecimiento pasó a otras manos, pero en torno de los edificios de la industria fue formándose una población de unos 1.500 habitantes permanentes (muchos más en el tiempo de la cosecha).
Esta es la parte más interesante del libro, porque la historia del pueblo, su evolución hasta contar con iglesia, escuela, hospital, club deportivo, transporte a Monteros, etcétera, resultó de la iniciativa de sus habitantes y también de quienes manejaban el ingenio (con alguna excepción). El relato de la vida cotidiana nos llega a través de numerosos testimonios de obreros o de personas de su familia (algunos de avanzada edad), casi siempre provenientes de las provincias vecinas y después afincados en el lugar. Las modalidades propias de la lengua oral dan mayor sabor al relato. Así se destaca el testimonio de "la" Antonina Alvarado (p. 177/181), quien se dice tataranieta del general Rudecindo Alvarado, héroe de la independencia.
Llegó con su padre y la familia desde Cafayate para trabajar en el ingenio, y ahí se quedó, pues al parecer aquel lo pasaba muy bien con su vida despreocupada y desde luego machista. Otros podrían citarse con igual sabor.
Con el tiempo y la llegada de Perón al poder, se introduce el gremialismo y lo que era relación paternalista (no siempre justa) entre patrones y obreros, se traslada al omnipresente sindicato. Varias anécdotas ilustran esta nueva relación, las conquistas alcanzadas, pero también las dificultades de cualquier gestión. La autora termina su historia con el agregado de fotografías de personas y de acontecimientos, como también la transcripción de documentos referentes a operaciones de diversa índole.Se trata de un libro útil, porque al historiar el ingenio pasa revista a la provincia y al país. Asimismo, ameno, por la variedad de sus enfoques y los testimonios recogidos. (c) LA GACETA

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