23 Noviembre 2003 Seguir en 

No hay que ser muy avezado en las lides literarias para barruntar que en el "Club Social y Deportivo Glorias de la Patria" aflora una metáfora del país. Sólo que decir "metáfora del país" implica incurrir en una frase hecha y, por tanto, caer en una definición vacua, plausible de equívocos y vaguedades de toda laya. ¿De qué país?, advertiría un bergsoniano, aludiendo a que el ente no preexiste de un modo unilateral sino que es la mirada la que recorta un marco de entidad. Y entonces habría que replicar: del país que asoma en la mirada ácida del narrador que nos propone Norberto Gómez y que no es necesariamente su homónimo. ¿Y qué país es ese? Pues un país de rasgos bastante similares a aquellos que muchos de sus integrantes solemos reconocer en nuestro espejo colectivo cuando los sueños de grandeza y otras fatuas ilusiones se ven avasallados por la amarga certidumbre de la historia o el desencanto inmediato de lo fáctico. O puesto en términos más concretos: un país de cínicos y embusteros, de cómplices y consumados histriones que ocultan sus lacras tras las simulaciones gestuales y los eufemismos retóricos. Ese es el tejido comunitario que puebla, generación tras generación, el Club en cuestión y que repasa, por analogía o emulación, los avatares de ese otro entramado social: el simulacro de Nación que supimos construir, con inefable astucia, en nuestro último siglo de existencia.
Ocurre que para regocijo de sus lectores, el narrador no apela a las tan habituales y soporíferas lamentaciones que tienden a escenificar nuestro acervo de bajezas cual si se tratara de un "gran drama nacional". Por el contrario, sortea ese lugar común y compone su alegoría de país en clave de parodia; hace de las ínfulas de nuestro "ser nacional" un grotesco extremado y delicioso. Y lo relata con tanta gracia, además, con tan fluida ironía, que ese antro de tahúres y truhanes, esa comunidad de granujas y canallas inescrupulosos que se entrecruzan y se ventajean sin cesar a lo largo de sus páginas, se torna un ámbito fascinante. Fino retratista, agudo observador, con un oído notable para captar la verba popular y una destreza técnica inobjetable para lanzar certeros estiletazos expresivos, el narrador nos hechiza con su pluma y logra hacer de ese predio un infierno encantador, un espacio donde la degradación adquiere ribetes tan paroxísticos como hilarantes. Así es como, en un inesperado enroque, esa sarta de malandras, esa serie de sórdidos y taimados personajes transmutan en seres súbitamente entrañables.
Esquirla de nuestro explosivo país, muestra gratis de nuestras más enraizadas miserias, El Club también puede leerse como un réquiem, un canto funerario que busca anestesiar el desconsuelo con la pátina melódica del nihilismo. No en vano la trama comienza con un sepelio y concluye con el hallazgo de que no es tan sólo ese cadáver el que sistemáticamente han deshonrado los presentes, sino que todo el solar del "Glorias de la Patria" es en realidad un cementerio, un ominoso edificio que se levanta sobre un osario de ruindades. Y por eso no sorprende que toda la novela destile el vaho de un incesante vapor etílico. ¿Cómo sobrevivir a la consistencia de la propia indignidad si no a través de una incesante borrachera? ¿Cómo aplacar la certidumbre de la propia infamia si no a través de la huida narcótica?
Dipsómanos y adictos a toda clase de estupefacientes, los personajes del Club ensayan una huida permanente. Sus vidas se fundan en un diario ejercicio de evasión. Son seres aferrados a un implacable síndrome de fuga, encadenados a los eslabones de su fuga perpetua.
Y cómplice de todos ellos, camarada de todas sus vilezas, hecho de la misma cepa que sus personajes, lo es también el narrador. ¿Cómo entender, si no, que el salmo fúnebre que lo convoca sea entonado con el dejo escéptico de un zumbido burlón? Porque no es otro el tono en que se evocan nuestras miserias sino, como se dijo, el de la mordaz ironía. ¿Y qué es ese ingenio para el sarcasmo si no también otro mecanismo de evasión, otro ardid para escapar del dolor que suscita ver reflejados en la podredumbre más atroz los rasgos de la propia identidad? Hete ahí otro giro de Gómez que hace más grata la novela: el de proponer un narrador de la misma calaña que sus narrados; lo cual es para uno, como lector argentino al fin y al cabo, un modo de saberse narrado desde adentro, un modo de sentir que, junto al narrador y a los personajes que nos reflejan, nos hallamos todos hermanados en un mismo lodo putrefacto.
Somos todos, propone Gómez, una sarta de farsantes irredimibles. Incluso, claro, nuestro cronista. Y a tal punto lo es, que en los primeros párrafos del "Epílogo", ensaya una mueca de dignidad y alardea con un repentino alegato admonitorio. Ese es el punto culminante del relato: cuando nos desborda la constancia de que estamos ante otro impostor, otro fantoche que pretende poner a salvo su integridad con el recurso de un circunloquio moralista. Como si quisiera salirse de la mugre, se sube a su púlpito retórico y apela al sermón; aunque es justamente esa homilía, ¡oh, cruel paradoja!, el gesto que fatalmente lo delata, el rictus que lo revela como la caricatura de otro falso inquisidor de nuestra patria.
Argentinos hasta la médula, lector, narrador y personajes nos hallamos a gusto en esta novela, reconocemos nuestra querencia, presentimos la desahuciante certeza de sabernos parte de este sainete de Nación que nos ha tocado en suerte. (c) LA GACETA
Ocurre que para regocijo de sus lectores, el narrador no apela a las tan habituales y soporíferas lamentaciones que tienden a escenificar nuestro acervo de bajezas cual si se tratara de un "gran drama nacional". Por el contrario, sortea ese lugar común y compone su alegoría de país en clave de parodia; hace de las ínfulas de nuestro "ser nacional" un grotesco extremado y delicioso. Y lo relata con tanta gracia, además, con tan fluida ironía, que ese antro de tahúres y truhanes, esa comunidad de granujas y canallas inescrupulosos que se entrecruzan y se ventajean sin cesar a lo largo de sus páginas, se torna un ámbito fascinante. Fino retratista, agudo observador, con un oído notable para captar la verba popular y una destreza técnica inobjetable para lanzar certeros estiletazos expresivos, el narrador nos hechiza con su pluma y logra hacer de ese predio un infierno encantador, un espacio donde la degradación adquiere ribetes tan paroxísticos como hilarantes. Así es como, en un inesperado enroque, esa sarta de malandras, esa serie de sórdidos y taimados personajes transmutan en seres súbitamente entrañables.
Esquirla de nuestro explosivo país, muestra gratis de nuestras más enraizadas miserias, El Club también puede leerse como un réquiem, un canto funerario que busca anestesiar el desconsuelo con la pátina melódica del nihilismo. No en vano la trama comienza con un sepelio y concluye con el hallazgo de que no es tan sólo ese cadáver el que sistemáticamente han deshonrado los presentes, sino que todo el solar del "Glorias de la Patria" es en realidad un cementerio, un ominoso edificio que se levanta sobre un osario de ruindades. Y por eso no sorprende que toda la novela destile el vaho de un incesante vapor etílico. ¿Cómo sobrevivir a la consistencia de la propia indignidad si no a través de una incesante borrachera? ¿Cómo aplacar la certidumbre de la propia infamia si no a través de la huida narcótica?
Dipsómanos y adictos a toda clase de estupefacientes, los personajes del Club ensayan una huida permanente. Sus vidas se fundan en un diario ejercicio de evasión. Son seres aferrados a un implacable síndrome de fuga, encadenados a los eslabones de su fuga perpetua.
Y cómplice de todos ellos, camarada de todas sus vilezas, hecho de la misma cepa que sus personajes, lo es también el narrador. ¿Cómo entender, si no, que el salmo fúnebre que lo convoca sea entonado con el dejo escéptico de un zumbido burlón? Porque no es otro el tono en que se evocan nuestras miserias sino, como se dijo, el de la mordaz ironía. ¿Y qué es ese ingenio para el sarcasmo si no también otro mecanismo de evasión, otro ardid para escapar del dolor que suscita ver reflejados en la podredumbre más atroz los rasgos de la propia identidad? Hete ahí otro giro de Gómez que hace más grata la novela: el de proponer un narrador de la misma calaña que sus narrados; lo cual es para uno, como lector argentino al fin y al cabo, un modo de saberse narrado desde adentro, un modo de sentir que, junto al narrador y a los personajes que nos reflejan, nos hallamos todos hermanados en un mismo lodo putrefacto.
Somos todos, propone Gómez, una sarta de farsantes irredimibles. Incluso, claro, nuestro cronista. Y a tal punto lo es, que en los primeros párrafos del "Epílogo", ensaya una mueca de dignidad y alardea con un repentino alegato admonitorio. Ese es el punto culminante del relato: cuando nos desborda la constancia de que estamos ante otro impostor, otro fantoche que pretende poner a salvo su integridad con el recurso de un circunloquio moralista. Como si quisiera salirse de la mugre, se sube a su púlpito retórico y apela al sermón; aunque es justamente esa homilía, ¡oh, cruel paradoja!, el gesto que fatalmente lo delata, el rictus que lo revela como la caricatura de otro falso inquisidor de nuestra patria.
Argentinos hasta la médula, lector, narrador y personajes nos hallamos a gusto en esta novela, reconocemos nuestra querencia, presentimos la desahuciante certeza de sabernos parte de este sainete de Nación que nos ha tocado en suerte. (c) LA GACETA







