Hacia un Hegel diferente de las visiones habituales

Por Coriolano Fernández

23 Noviembre 2003
En la última página D?Hondt piensa en la cara de Hegel. La cara es el espejo del alma.
Hacia el final de su vida, en Berlín, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) posa con orgullo para grandes pintores: es el mayor filósofo de Alemania -para muchos el pensador oficial de la monarquía prusiana-, viste toga doctoral, bonete de profesor, abrigo con cuello de piel, y deja para la posteridad la cara triste y seca que llega hasta nosotros. Casi lúgubre.
Y será uno de los mayores filósofos que en el mundo han sido. Según Hegel, toda filosofía es una época aprehendida en conceptos y esto se aplica a todas las épocas, menos a la que Hegel representa, pues si bien él está en el tiempo, su filosofar muestra no tanto su tiempo sino la historia total de la filosofía. Por eso dice Ortega que Hegel es la madurez de Europa.
Pero su influencia no se debe a la supuesta relación con el gobierno ni a sus dotes oratorias (bastante pobres), sino a que los alumnos asistían, fascinados, al espectáculo que el profesor revelaba ante sus ojos: nada menos que el proceso dialéctico de toda la realidad.
Cuidadoso, sociable, honesto burgués, digno hijo de un eficaz funcionario, le horroriza recurrir, para explicar el mundo, a la intuición mística y al saber inmediato. Todo lo real es racional y todo lo racional es real. La mediación es la clave de su pensamiento.Pero, dice D?Hondt, hay otros retratos, como el que le hace el excelente dibujante Hensel. Allí Hegel aparece vivaz y casi sonriente, y estampa, como le gustaba hacer, unas líneas bajo el dibujo: "Hay que reconocer lo que conocemos. Quien crea conocerme bien, aquí me conocerá de verdad".
Jacques D?Hondt, profesor emérito de la Universidad de Poitiers y miembro de la Academia de Leipzig y del Consejo Directivo de la Hegel Vereinigung (Asociación Hegel), ofrece conocerlo bien a través de una biografía de cuatrocientas páginas, en correcta traducción de Carlos Pujol.
Como el propio Hegel siempre dice que el fin no es fin sino comienzo, el autor empieza con el funeral del gran filósofo y siembra la primera duda: ¿ha muerto realmente de cólera Hegel? Y así siguiendo: ¿era realmente cristiano? ¿Era en verdad idealista absoluto? ¿Era políticamente conservador?¿No nos dicen nada las formulaciones sansimonianas de sus últimos años? ¿Por qué algunos biógrafos ocultan que Hegel disimuló ciertos pensamientos y acciones, pues de saberse, lo hubieran tenido por subversivo?
Al hilo del periplo vital de Hegel, va tejiendo el autor su versión del hegelianismo, o de otro modo: su biografía es su interpretación. Pero también vale la inversa: su hermenéutica es esta biografía.
He aquí al nuevo Hegel, viene a decirnos D?Hondt, un Hegel diferente de las visiones habituales; y si bien termina postulando un "Hegel abierto", nos da su perspectiva. El gran pensador no es idealista sino casi materialista. No es el apologista de la monarquía prusiana sino casi un revolucionario. No lo guía la búsqueda de una metafísica teórica, sino la práctica social que crea las condiciones primarias de la vida humana y la acción del hombre sobre la naturaleza; esto es, casi un marxista. No es un devoto de la Biblia, sino el duro crítico del Dios tiránico del monoteísmo.
Entonces, la estatua del "filósofo del Estado" se cae a pedazos y los elogios hegelianos al orden establecido son un cierto "doble lenguaje". Entre la religión y la filosofía hay que elegir y, según D?Hondt, está claro que Hegel opta por la filosofía que, para D?Hondt, como buen marxófilo, es optar por la revolución.
Porque el doble lenguaje implica un tercer lenguaje: más allá del lenguaje público (para los espías del gobierno) y del lenguaje privado (para los miembros de su círculo íntimo), hay un lenguaje de la complicidad entre el profesor y sus alumnos, alumnos que no son el "vulgo" sino los entendidos en filosofía. En un artículo de 1970, decía D?Hondt que Hegel no ve en la filosofía el instrumento para transformar el mundo y acepta primordialmente comprenderlo, pero el mundo que la filosofía debe comprender no es el mundo que el ser humano ha recibido, sino el mundo que el ser humano modelará con su praxis. Y en aquellas fechas agregaba una cita de los Cuadernos Filosóficos de Lenin.
Ahora ya no figura Lenin, pero la tesis es en el fondo la misma. Y por lo tanto el nuevo Hegel no es tan nuevo, estaba en el propio D?Hondt y, desde luego, en filósofos como Jean Hyppolite y Alexandre Kojève (fallecidos ambos en 1968).
Pero al César lo que es del César: el libro está muy bien escrito, ese regalo con que algunos intelectuales franceses suelen redimirse (en parte, claro) de la fragilidad de sus entusiasmos filosóficos. (c) LA GACETA

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