Federico García Lorca (1898-1936)

Para LA GACETA - BOGOTA.

16 Noviembre 2003
"Vengo a buscar lo que busco, / mi alegría y mi persona". Todos lo dicen: el era la gracia. El duende encantado de la poesía. Cuando tocaba el piano, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde vivió de 1919 a 1928, fluía un río a la vez oscuro y deslumbrante. Las coplas, los cancioneros, San Juan de la Cruz y Góngora, Manuel de Falla. El río de la tradición, popular y culto, viejo y renovado.
Una Andalucía de paredes blancas y árboles color verde olivo. Y en medio de este escenario rural el hijo de terrateniente y maestra instalaba el agudo filo de la violencia, con sus navajas de duelo. Por allí desfilarían los gitanos con sus palmas y zapateos para seducir a la muerte. Y el doliente corazón del propio Federico García Lorca, desgarrado entre sus sucesivos amores homosexuales.
La aparición del Primer romancero gitano (1928) le proporcionaría una gloria larga y equívoca. Sería, qué duda cabe, el libro más popular del período, en medio de una constelación poética de primer orden. La generación española del 27: José Moreno Villa, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Juan Larrea, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Rafael Alberti, Luis Cernuda. A la vez lo encasillaría en aquella imagen adocenada sobre la cual el propio Borges, cómo no, habría de ironizar: "Federico García Lorca, andaluz profesional".
El verde que te quiere verde, monjas y guardias civiles, adulterios, violaciones, incestos: todo, en sus manos, terminaba por convertirse en ritmo y canción. Postal, con rasgueo de guitarras al fondo. Pero era también un soterrado homenaje a un mundo primitivo donde la luna, el cuchillo y la sangre volvían a celebrar el ritual sacrificio. Las arterias rotas que intentan vivificar una tierra yerma. La de la esterilidad. La de la injusticia social:

"Señores guardias civiles:
aquí paso lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses".

El marcado por la poesía ya vislumbraba, en el fondo de estos romances, su asesinato en Viznar, por los franquistas. Se refugiaría en el sueño melódico de una infancia siempre presente: "Los niños tejen y cantan / el desengaño del mundo". (Véase para todo esto el muy útil libro de Miguel García Posada: Acelerado sueño, memoria de los poetas del 27, España, 1999). Huiría entonces de esa sombra opresiva y se escondería en el anonimato colectivo de una ciudad como Nueva York. Pero esta nueva máscara no le permitiría engañar al destino: "tropezando con mi rostro distinto cada día. / Asesinado por el cielo".
Lo perseguían sus fantasmas: España, con sus toros y sus santas. Su soledad esquiva en los hoteles. Allí también encontraría el arquetipo ancestral de lo primitivo en los negros de Harlem, con su rey prisionero en un traje de conserje. Antes los gitanos. Ahora negros, judíos y homosexuales, como en su intensa "Oda a Walt Whitman", le impulsaba a dar voz a los perseguidos y marginados. Niño antiguo, su escenario era más vasto: "La angustia imperfecta de Nueva York".
Por ello sus imágenes se desataban en anchos versos con tintes surrealistas y furiosa capacidad de denuncia bíblica. Los símbolos del capitalismo, como la bolsa y Wall Street, retornaban a sus turbios orígenes de selvas entrecruzadas de lianas y los asesinatos indiscriminados de cada día: "Cuatro millones de patos", "Cinco millones de cerdos", "Un millón de vacas", lo convertirían en ecológico profeta, pleno de ira fría: "Os escupo en la cara".
Había encontrado "la quemadura que mantiene despiertas las cosas" y por ello sus nuevos espacios, calles, hospitales y cementerios eran cruzados por las renovadas plagas: cáncer, lepra, malaria. Sólo encontraría refugio en la naturaleza y en su estancia en Cuba, donde la música, nuevamente, lo redimiría de tanta triste abyección: el miedo que descendía sobre Nueva York.
Había escrito Poeta en Nueva York, un libro poderoso, enigmático y visionario, que sólo se publicaría en 1940. Le quedaba retornar a su muerte, en España, anunciada en su propia poesía: "tendremos que pacer sin descanso las hierbas del cementerio". Asesinado en 1936 está más vivo que nunca. (c) LA GACETA

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