Identificación y comparación

Por Roberto Rojo para LA GACETA - TUCUMAN

16 Noviembre 2003
Conocer a una persona, un animal, una planta es, antes que nada, identificarla, entresacarla de un conjunto de personas o de cosas, y en segundo término es señalar sus características, las propiedades que la distinguen de los demás. Por ejemplo, en un proceso criminal se busca primero identificar al asesino y luego establecer sus condiciones personales, las circunstancias y motivaciones de su conducta.
De esta manera, cuando enfrentamos un objeto para conocerlo, asumimos una de dos tareas, bien sea la de identificarlo, bien sea la de compararlo: por un lado saber qué es, qué estructura o características lo señalan como tal; por el otro, descubrir sus relaciones con otros objetos, sus conexiones con otras formas de la realidad. Si bien estas dos faenas intelectuales están muy relacionadas importa distinguirlas con la mayor claridad posible, y advertir al mismo tiempo cómo en un caso prevalece la identificación y en otro la diferencia.

IDENTIFICACION. Así, por lo general, en los procesos identificatorios, buscamos un conocimiento que deja intacto el objeto o lo modifica sólo para captarlo mejor en sus líneas fundamentales. En la comparación, en cambio, damos por conocido el objeto, conocimiento sobre el cual se asientan las relaciones con otros objetos: interesa en este caso lo que lo aproxima o lo aleja de los objetos que convocan nuestro interés en una situación determinada. Nuestro conocimiento y nuestra acción son entramados de estos dos procesos de identificación y comparación. Podemos averiguar quién es tal persona y luego compararla con otras, comparación siempre dirigida por interés particular. Una vez que sabemos lo propio de un planeta y lo propio de un satélite podemos compararlos; la comparación de animales de distintas especies supone el conocimiento de cada una de dichas especies y así en todos los casos.

SEMEJANZA Y DIFERENCIA.. Si la identificación es el reconocimiento de una cosa como tal, lo propio de la comparación es el establecimiento de semejanzas y diferencias, bien entendido que en todo conocimiento y en toda acción están todas estas relaciones íntimamente entretejidas. Conviene recalcar estos dos aspectos de la comparación: semejanza y diferencia. Si en lugar de la semejanza de las propiedades de dos objetos hubiera completa coincidencia serían idénticos y no comparables; y del mismo modo no habría comparación si las propiedades de los objetos fueran completamente diferentes. No tendría sentido en este caso intentar comparar una hormiga con la ciudad de El Cairo (salvo alguna alusión metafórica o de otra índole).
Juzgo fundamental, decisivo, este papel de la semejanza y de la diferencia; como dije, no sólo en los procesos del conocimiento de cualquier índole sino también en el comportamiento humano personal al igual que en el accionar histórico y social. Como ejemplo de identificación exacerbada está el de aquellas personas vanidosas que muestran con enfermizo orgullo sus excelencias y virtudes en patente o implícita mutilación de todo aquello que de lejos se les aproxima. Las virtudes y excelencias de los otros son inferiores a las suyas porque no resisten la comparación. Es evidente que con esta petulante afirmación de la identificación excluyente se desvanece irremediablemente la comparación, la posibilidad de la coexistencia con otras formas o cualidades. Son personas tan pagadas de sí, tan presuntuosas, que crean a su alrededor una atmósfera poco propicia a la comunicación. Llamo identificación a este procedimiento de fatua exaltación de las cualidades personales de que algunos hacen gala. La identificación completa mutila la comparación. Y sin comparación, sin diferencia, no hay verdadera legitimación, ni del conocimiento ni de la conducta; no hay el fecundo reconocimiento de las diferencias, de otro frente a lo mismo. Hay que tener presente que la identificación completa es un caso límite, ideal, porque siempre está asociada con la comparación.
Tanto en la conducta individual y colectiva como históricamente en las distintas figuraciones culturales como en el arte, en la ciencia, en la filosofía, en la política, es dable detectar las tremendas consecuencias de esta actitud agresiva en contra de la comparación. ¿Quién no se ha encontrado con personas que sostienen ideas y pautas de comportamientos invulnerables como si estuvieran encerradas en inexpugnables baluartes mentales? No otra cosa es el fanatismo que la patética persistencia en la identificación y la consiguiente repulsa de la diferencia.
También la historia del arte brilla por la glorificación de sus rasgos innovadores o revolucionarios, como se puede apreciar en estas sucintas expresiones. Hablando del cubismo dice Vincent Bounoure: "Lo que muere durante los primeros años del siglo es un modo de efusión ante las formas sensibles... Los primeros cuadros cubistas cubren definitivamente con un velo los antiguos espejos... Se oyen los primeros vagidos del niño traído por las hadas". Vale decir, nada es comparable con el cubismo, nada puede empañar su gloriosa identificación.

FUNDAMENTALISMO Y TOLERANCIA. Pero donde nos topamos con situaciones dramáticas es en el caso de la acción de los poderes hegemónicos de la historia, cuyo accionar puede ser analizado a la luz de los caracteres de la diferencia y lo propio de la identificación. Cuando se exalta la identificación y se desconoce la comparación se tiene los poderes absolutos y totalitarios o el llamado en nuestros días fundamentalismo. En cambio, el reconocimiento explícito de las semejanzas y diferencias constituye el núcleo de todas las formas políticas tolerantes como la democracia. En este análisis, la comparación se erige en el pilar fundamental de la tolerancia, que no es otra cosa que la admisión de las semejanzas y diferencias en sus relaciones dinámicas y creadoras.
Al lector le es dado corroborar lo que sostengo acudiendo a algunos ejemplos históricos del extremado apego a la identificación. Los regímenes totalitarios extinguen a sangre y fuego cualquier asomo de la diferencia, los fundamentalismos están cegados en el fanatismo de sus convicciones excluyentes, el combate impiadoso y el castigo extremo de las herejías configuran el triunfo de la identificación perniciosa y la dramática muerte de las semejanzas y diferencias propias de la comparación. En suma, la eficacia y legitimidad de los regímenes políticos y culturales se miden por el predominio de uno de los dos términos de la ecuación: identificación y diferencia. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios