El agreste camino de la deuda del país

Por Angel Anaya

16 Noviembre 2003
El trabajo de Pablo Cáneva conforma un ensayo apasionado, y no es para menos, pues, como se señala en él, se intenta demostrar el "continuismo y logros de una política colonial que jamás cesó en sus avances"; pero si bien se aclara que no se desmerecen las culpas propias que los secundaron, no se las investiga, apenas se las reprocha por considerar que ello implicaría "un detallismo histórico más que engorroso". El eje de ese coloniaje denunciado por el autor es tan notorio como los subsidios agropecuarios, devaluadores de las materias primas de los países emergentes y subdesarrollados. Sus protagonistas, fundamentalmente los Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea; las consecuencias; los déficit fiscales crónicos que imponen el endeudamiento, en nuestro caso declarado en default por falta de recursos para su pago. Esa realidad es expuesta desde una perspectiva que confunde las causas, pues no es el viejo recurso del coloniaje, sino una razón geopolítica la que explica el origen de los subsidios a que apelan esas naciones. Es decir, se trata de una política de población destinada a mantener las comunidades rurales en sus regiones propias, impidiendo las migraciones hacia el urbanismo industrial. Este es un dato característico esencial de los Estados Unidos y, en escala menor, de las más potentes economías de la UE.
Por supuesto que esos subsidios causan estragos sobre economías como la nuestra y más sobre los países pobres, donde la proliferación de las villas en los conurbanos es el dato ineludible de esas migraciones insuperables. ¿Tiene la Argentina condiciones para escapar de Shylock?, se pregunta el autor del ensayo frente al sobrecogedor personaje shakesperiano, después de una mordaz alusión a las "relaciones carnales". Se supone que sí, aunque con mucho esfuerzo y, por supuesto, remitiendo a una dirigencia nacional capaz de definir y ejecutar determinadas políticas de Estado. Es el caso de países como España, y otros del Viejo Mundo, que pasaron por el exigente filtro de Maastrich después de superar las herencias socioeconómicas del atraso y la pobreza. No son pocos, por cierto, y también los hay en Oriente, tal cual Corea del Sur o Taiwan. Siempre mejor que esa propuesta algo impulsiva de un nacionalismo heroico y que aconseja observar el modelo cubano. Si contamos con autoabastecimiento alimentario y energético -se dice así- y otros recursos agroindustriales que pueden ser canjeados por nuestras necesidades de importación, existe una alternativa de romper aquella nefasta ecuación colonial; inclusive y con esa finalidad de liberación se podría apelar a triangulaciones internacionales clandestinas, como Israel en la Guerra de los Seis Días.
En ese punto Cáneva advierte que avanzar en tal dirección requeriría "una decisión consensuada de todo el pueblo argentino", lo cual no le parece viable en situación como la presente. El análisis apela por esa causa a la rebelión frente a una clase dirigente que abusó del principio constitucional -el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes- que salvaguarda al sistema democrático del caos. Un polémico atajo que no pocos argentinos tomaron en repetidas ocasiones y cuyas consecuencias son, precisamente, la médula de este ensayo. Un trabajo donde tampoco faltan valiosos datos y referencias documentadas acerca de la encrucijada histórica que se denuncia y exalta comprensivamente los sentimientos nacionalistas del autor.(c) LA GACETA

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