16 Noviembre 2003 Seguir en 

La ciudad opresiva y violenta tensa entre el siglo XXI y el medioevo con ritmos encontrados en los que tienen lugar distintas tribus urbanas. Los fans de un rapero o los manifestantes antiglobalización. Eric Parker, un melancólico financista, viaja a través de ese territorio en busca de su origen, al mismo tiempo que tienta a la muerte. Parker, que ama la ciencia y la poesía, exhibe ese dejo de hastío del Gran Gatsby o de los personajes de Tom Wolfe de los que sienten haberlo experimentado todo y estar fuera de la vida. Desde su espacio de cristales, la limusina blindada, continúa la batalla contra el yen, en Wall Street, que enloquece la economía mundial. Mientras atraviesa una Nueva York convulsionada por las amenazas de atentados al Presidente, recibiendo por Internet las noticias de la bolsa, experimenta encuentros con mujeres, brokers, policías, hackers, médicos hasta raperos y monjas.Como en el Ulises de Joyce, la acción se concentra en un largo día. Un día cualquiera del año 2000 que parece preludiar la catástrofe de las Torres Gemelas. Un viaje entre la ciudad alta y la peluquería del barro, desde el no lugar de memoria. Es una lenta travesía de reencuentro y destrucción dónde la ruptura de la cotidianeidad puede ser hilarante como cuando participa como extra desnudo en una película. Mientras el auto avanza a paso de hombre en el caos urbano, se cruza su asesino, un hombre insignificante que lo aguarda. Casi ritualmente el protagonista, desde el cinismo, va reconociendo los rostros ajenos, desconociéndose en la ciudad hostil a la que ve casi premoderna. Desde la limusina, rodeado de pantallas en las que espía al mundo y se espía a sí mismo, amenaza a la cosmópolis indiferente con el desastre financiero provocado por la excitante contienda del poder y el dinero. Don DeLillo escribe una novela llena de evocaciones, como las de la literatura de su amigo Paul Auster hasta las ficciones de John Dos Passos y las imágenes del cine contemporáneo. En medio de la cotidianeidad los personajes sucumben a su desmesura, con el implacable ritmo de la tragedia griega.
En el primer párrafo de la novela Eric se interroga: "¿Qué le quedaba en firme?" y todo el texto se transforma en una negativa. Debe perderlo todo ya que "De todos modos, ya está muerto. Eres como alguien que ya estuviera. Como alguien que llevara cien años muerto Muchos siglos muerto", finaliza el libro. Hay un cierto exceso en esta pintura del frío aristócrata del dinero que no conoce el color de los ojos de su mujer ni el rostro de sus empleados, que anota cambios gramaticales para dar cuenta de la modernidad. Su representación del poder absoluto no es demasiado convincente, quizá porque no nos interpela de modo muy diferente de otros de su serie. Sus bravatas acerca de la tecnología o sus discursos sobre el destino de la humanidad no alcanzan a darle total autonomía. Uno de los problemas más graves que se encuentra el lector es el de la traducción; es imperdonable que se perpetren contra él tamaña cantidad de españolismos como palestrín, chafarrinones, salpicotazos, grifos lo que interfiere permanentemente con la fábula sacándonos de Nueva York hacia algún lejano campo de la Mancha. (c) LA GACETA
En el primer párrafo de la novela Eric se interroga: "¿Qué le quedaba en firme?" y todo el texto se transforma en una negativa. Debe perderlo todo ya que "De todos modos, ya está muerto. Eres como alguien que ya estuviera. Como alguien que llevara cien años muerto Muchos siglos muerto", finaliza el libro. Hay un cierto exceso en esta pintura del frío aristócrata del dinero que no conoce el color de los ojos de su mujer ni el rostro de sus empleados, que anota cambios gramaticales para dar cuenta de la modernidad. Su representación del poder absoluto no es demasiado convincente, quizá porque no nos interpela de modo muy diferente de otros de su serie. Sus bravatas acerca de la tecnología o sus discursos sobre el destino de la humanidad no alcanzan a darle total autonomía. Uno de los problemas más graves que se encuentra el lector es el de la traducción; es imperdonable que se perpetren contra él tamaña cantidad de españolismos como palestrín, chafarrinones, salpicotazos, grifos lo que interfiere permanentemente con la fábula sacándonos de Nueva York hacia algún lejano campo de la Mancha. (c) LA GACETA







