09 Julio 2003 Seguir en 

El haber vivido largos y gloriosos años les permitió a los generales José Matías Zapiola y Eustoquio Frías gozar de los beneficios de la fotografía. Retratos juveniles, hechos al óleo, presentan sus figuras en plenitud de vigor y actividad. Pero, independientemente de su buena factura, carecen de la perfección de la imagen reproducida sobre papel. Ahí están los dos granaderos, con los cabellos blancos, guardando su aspecto marcial a pesar del tiempo transcurrido, seguramente orgullosos de dejar a sus descendientes y a la posteridad el testimonio de sus tiempos de retiro, más no de desinterés, ni despreocupación por las cosas de la patria. Uno y otro soportaron esa especie de tortura de varios minutos en completa quietud que permitía fijar cada detalle en las placas.
La fotografía de Frías pertenece a la célebre colección Witcomb y se conserva en el Archivo General de la Nación. Se lo ve sentado, con su bicornio de general cubierto de plumas, la guerrera azul cubierta de medallas, cordones y escudos obtenidos en la lucha emancipadora, y a su lado su asistente, tan anciano como él, un modesto soldado vestido con el sencillo uniforme de los que se hallaban en situación pasiva. El moreno, tieso, se presenta en actitud de entregarle un sobre, sobre un telón de fondo de árboles pintados.
El retrato de Zapiola está en el álbum del coronel de marina José Murature, en el Departamento de Estudios Históricos Navales, pero existen otras copias, ya que todo el que se fotografiaba encargaba suficiente cantidad para intercambiar las "carte de visite" con parientes y amigos. Se lo ve de pie, con uniforme similar al de Frías, una mano sobre el pomo de la espada y la otra portando un guante. Ambas fotografías poseen gran dignidad y fuerza.
Las dos existencias de aquellos soldados de San Martín fueron pletóricas de peligros y aventuras.Zapiola había nacido el 22 de marzo de 1780, en el hogar del marino Manuel Joaquín de Zapiola y de María Encarnación de Lezica y Alquiza. Muy joven marchó a España para seguir la senda paterna e ingresó en una de las tres compañías de guardias marinas con que contaba la Real Armada. Regresó al Río de la Plata y fue incorporado a las fuerzas del Apostadero Naval de Montevideo. Tuvo una actuación heroica durante las invasiones inglesas y fue comandante del puerto de Buenos Aires. En 1810 se hallaba en la ciudad oriental cuando se produjo la revolución de Mayo. Como otros criollos, participó en conciliábulos para sublevar las fuerzas de marina de Montevideo, por lo que fue destituido y enviado a la ciudad de Cádiz. Allí logró que se borrase de su legajo la nota de "perjudicial a la causa del rey" pero no pudo evitar que se le diese un puesto de oficial instructor de tropas de tierra, luego de recibir una tajante negativa a su pedido de volver a Buenos Aires. No tardó en aprender las tácticas de caballería y luego de marcharse a Londres, se vinculó con otros americanos, entre ellos quien sería su amado jefe, el entonces teniente coronel José de San Martín; se embarcó en la fragata George Canning a principios de 1812, para ofrecer con ellos sus servicios al gobierno de Buenos Aires.
Al disponerse la creación del regimiento de Granaderos a Caballo, Zapiola se incorporó como oficial. Contaba con la confianza de San Martín, quien pronto lo inició en los secretos de la Logia Lautaro. Más tarde, junto a sus soldados, estuvo en el sitio y capitulación de Montevideo a las órdenes de Carlos de Alvear, otro de sus compañeros de travesía desde Gran Bretaña.
En 1816, el futuro Libertador, que se aprestaba a cruzar Los Andes con su pequeño y poderoso ejército, le dio el mando de los granaderos. Al frente de sus hombres, el 12 de febrero de 1817 Zapiola aseguró el triunfo de Chacabuco con una incontenible carga de caballería que deshizo las formaciones españolas. Vivió enseguida el infortunio de Cancha Rayada, y fue uno de los principales protagonistas de la jornada triunfal de Maipú, el 5 de abril de 1818, que garantizó la libertad de Chile y permitió preparar la expedición al Perú. Con su coronel al frente, los granaderos, empuñando con fuerza hercúlea sus sables afilados "a molejón", troncharon con igual facilidad las cabezas de sus adversarios y los cañones de sus fusiles.
De regreso en Buenos Aires, mientras San Martín se aprestaba a iniciar la última etapa de su campaña emancipadora, fue comandante general de Marina en 1820 y figuró en las listas de revista de esa fuerza hasta 1831. Después, por más de veinte años, se dedicó a las tareas rurales, mientras regía el país con mano férrea Juan Manuel de Rosas. Volvió al servicio tras la batalla de Caseros. Fue comandante general y ministro de Guerra y Marina del Estado de Buenos Aires durante el gobierno de Valentín Alsina. Tenía entonces cerca de 80 años, y su cansado cuerpo le pedía el retiro. Venerado por sus conciudadanos que veían en él a una de las grandes glorias de la Independencia, murió el 27 de junio de 1874, a los 94 años.
Eustoquio Frías era diecinueve años menor. Hijo de militar, fueron sus padres Pedro José Frías y María Loreto Sánchez Peón y Avila. Vio la luz en Salta el 20 de setiembre de 1801, y era casi un niño cuando se incorporó al ejército de Belgrano. Su poca edad le impidió entrar en batalla, pero en 1816 marchó a Mendoza, donde se incorporó como soldado de Granaderos a Caballo. Peleó en todas las batallas libradas en Chile, realizó la expedición libertadora al Perú, tomó parte de las dos campañas de la Sierra y se distinguió en los combates de Nazca y Pasco.
Como sargento 2º formó en las reducidas filas con las que Juan Lavalle derrotó a los realistas en la fantástica carga de caballería de Río Bamba. Allí sufrió una herida de lanza. A medida que luchaba, su modesto uniforme de suboficial se cubría de condecoraciones.
Más tarde, a las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre intervino en las últimas batallas de la Independencia: Pichincha, después de la cual recibió tres medallas, Junín y Ayacucho. En esta última acción, al mando de Isidoro Suárez y como portaestandarte de los Húsares de Junín, fue nuevamente herido y obtuvo otra condecoración de oro.
Regresó a Buenos Aires con el puñado de granaderos que al mando del coronel José Félix Bogado entregaron sus armas en el cuartel del Retiro, de donde el regimiento había salido doce años atrás para destacarse en todos los campos de batalla de la emancipación.
A los 25 años, después de revalidar ante el gobierno sus despachos de portaestandarte, fue ascendido a la modesta jerarquía de alférez, cuando otros, a esa edad, revistaban como coroneles. Ello a pesar de la cantidad de medallas y menciones recibidas.
Al producirse el estallido de la guerra contra el Imperio del Brasil, pasó a formar parte del Ejército Republicano como teniente 1º del Regimiento 16 de Lanceros que mandaba su compañero de hazañas José de Olavarría. Su valor en Ombú e Ituzaingó le ganaron sucesivos ascensos, hasta alcanzar el grado de capitán. Como la mayoría de los veteranos que volvieron a Buenos Aires casi famélicos y con las ropas hechas jirones, después de que una inhábil diplomacia desperdició los contundentes triunfos militares, participó en la revolución del 1º de febrero de 1828, que encabezó su antiguo jefe Lavalle contra el gobernador Manuel Dorrego.
Con posterioridad, pidió el retiro y se mantuvo en una digna pobreza por varios años hasta que en 1839 emigró a Montevideo, donde se puso a las órdenes de Lavalle en lucha contra Rosas. Participó en la campaña de 1840 que concluyó abruptamente cuando el general ordenó la retirada a las puertas casi de Buenos Aires. A partir de entonces vivió una seguidilla de combates y privaciones que hallaron su punto más dramático cuando, después de haber caído prisionero en la sorpresa de San Calá, Córdoba, fue obligado a marchar a pie hasta Buenos Aires, donde se lo encerró en los calabozos del cuartel del Retiro. La mediación del almirante de la escuadra francesa en el Plata logró que se le diera la ciudad por cárcel, pero fugó dos años después a Montevideo, en cuyas murallas combatió hasta 1844. Obtuvo permiso para marchar a Corrientes, donde se formaba el Ejército Libertador a las órdenes del general José María Paz. Logró las insignias de coronel graduado y el mando de un regimiento de caballería. Debió exiliarse en el Paraguay cuando se disolvieron las tropas del Manco de Venta y Media, y obligado a dejar ese país, se presentó al gobernador de Corrientes en lucha contra el general Justo José de Urquiza, todavía al servicio de Rosas. Tras la derrota de Vences volvió de nuevo al Paraguay.
Más tarde se enroló en las filas del Ejército Grande y combatió en Caseros, el 3 de febrero de 1852. Se le dio la jefatura de una unidad de caballería que guarneció la Guardia del Monte. A partir de entonces estuvo en diversas incursiones y campañas contra los indios. Fue convocado para mandar un cuerpo de la misma arma en 1861 durante la campaña de Pavón. Luego comandó por espacio de once años la Frontera Norte de Buenos Aires, hasta que en 1866 obtuvo los despachos de coronel mayor (general de brigada). Al disponerse tan merecida promoción, sumaba 62 años de servicios militares.
Era una de las pocas reliquias de la independencia que aún circulaban, dignas y enhiestas, por las calles de Buenos Aires. El Congreso aprobó su ascenso a general de división en 1879, a instancias del presidente Nicolás Avellaneda, y en 1882, un hijo de su compañero de hazañas, el general Julio A. Roca, promovió el otorgamiento de la máxima jerarquía militar: teniente general.
Siete años más tarde, recibía un gran homenaje del Club Gimnasia y Esgrima por ser el último sobreviviente en Buenos Aires, de los ejércitos que habían dado independencia a la Argentina, Chile y Perú.
Cargado de años y hazañas, murió el 16 de marzo de 1891, y ante sus restos hablaron el presidente de la Nación, Carlos Pellegrini, y otras personalidades.Tales las trayectorias de esos viejos gloriosos, que como Juan Gregorio de Las Heras y Lucio N. Mansilla, entre otros, llegaron, a pesar de sus heridas y achaques, a altas edades para convertirse en testimonios de los servicios y sacrificios de una generación que recorrió los caminos de América en defensa de la libertad y la igualdad de los pueblos del continente.(c) LA GACETA
La fotografía de Frías pertenece a la célebre colección Witcomb y se conserva en el Archivo General de la Nación. Se lo ve sentado, con su bicornio de general cubierto de plumas, la guerrera azul cubierta de medallas, cordones y escudos obtenidos en la lucha emancipadora, y a su lado su asistente, tan anciano como él, un modesto soldado vestido con el sencillo uniforme de los que se hallaban en situación pasiva. El moreno, tieso, se presenta en actitud de entregarle un sobre, sobre un telón de fondo de árboles pintados.
El retrato de Zapiola está en el álbum del coronel de marina José Murature, en el Departamento de Estudios Históricos Navales, pero existen otras copias, ya que todo el que se fotografiaba encargaba suficiente cantidad para intercambiar las "carte de visite" con parientes y amigos. Se lo ve de pie, con uniforme similar al de Frías, una mano sobre el pomo de la espada y la otra portando un guante. Ambas fotografías poseen gran dignidad y fuerza.
Las dos existencias de aquellos soldados de San Martín fueron pletóricas de peligros y aventuras.Zapiola había nacido el 22 de marzo de 1780, en el hogar del marino Manuel Joaquín de Zapiola y de María Encarnación de Lezica y Alquiza. Muy joven marchó a España para seguir la senda paterna e ingresó en una de las tres compañías de guardias marinas con que contaba la Real Armada. Regresó al Río de la Plata y fue incorporado a las fuerzas del Apostadero Naval de Montevideo. Tuvo una actuación heroica durante las invasiones inglesas y fue comandante del puerto de Buenos Aires. En 1810 se hallaba en la ciudad oriental cuando se produjo la revolución de Mayo. Como otros criollos, participó en conciliábulos para sublevar las fuerzas de marina de Montevideo, por lo que fue destituido y enviado a la ciudad de Cádiz. Allí logró que se borrase de su legajo la nota de "perjudicial a la causa del rey" pero no pudo evitar que se le diese un puesto de oficial instructor de tropas de tierra, luego de recibir una tajante negativa a su pedido de volver a Buenos Aires. No tardó en aprender las tácticas de caballería y luego de marcharse a Londres, se vinculó con otros americanos, entre ellos quien sería su amado jefe, el entonces teniente coronel José de San Martín; se embarcó en la fragata George Canning a principios de 1812, para ofrecer con ellos sus servicios al gobierno de Buenos Aires.
Al disponerse la creación del regimiento de Granaderos a Caballo, Zapiola se incorporó como oficial. Contaba con la confianza de San Martín, quien pronto lo inició en los secretos de la Logia Lautaro. Más tarde, junto a sus soldados, estuvo en el sitio y capitulación de Montevideo a las órdenes de Carlos de Alvear, otro de sus compañeros de travesía desde Gran Bretaña.
En 1816, el futuro Libertador, que se aprestaba a cruzar Los Andes con su pequeño y poderoso ejército, le dio el mando de los granaderos. Al frente de sus hombres, el 12 de febrero de 1817 Zapiola aseguró el triunfo de Chacabuco con una incontenible carga de caballería que deshizo las formaciones españolas. Vivió enseguida el infortunio de Cancha Rayada, y fue uno de los principales protagonistas de la jornada triunfal de Maipú, el 5 de abril de 1818, que garantizó la libertad de Chile y permitió preparar la expedición al Perú. Con su coronel al frente, los granaderos, empuñando con fuerza hercúlea sus sables afilados "a molejón", troncharon con igual facilidad las cabezas de sus adversarios y los cañones de sus fusiles.
De regreso en Buenos Aires, mientras San Martín se aprestaba a iniciar la última etapa de su campaña emancipadora, fue comandante general de Marina en 1820 y figuró en las listas de revista de esa fuerza hasta 1831. Después, por más de veinte años, se dedicó a las tareas rurales, mientras regía el país con mano férrea Juan Manuel de Rosas. Volvió al servicio tras la batalla de Caseros. Fue comandante general y ministro de Guerra y Marina del Estado de Buenos Aires durante el gobierno de Valentín Alsina. Tenía entonces cerca de 80 años, y su cansado cuerpo le pedía el retiro. Venerado por sus conciudadanos que veían en él a una de las grandes glorias de la Independencia, murió el 27 de junio de 1874, a los 94 años.
Eustoquio Frías era diecinueve años menor. Hijo de militar, fueron sus padres Pedro José Frías y María Loreto Sánchez Peón y Avila. Vio la luz en Salta el 20 de setiembre de 1801, y era casi un niño cuando se incorporó al ejército de Belgrano. Su poca edad le impidió entrar en batalla, pero en 1816 marchó a Mendoza, donde se incorporó como soldado de Granaderos a Caballo. Peleó en todas las batallas libradas en Chile, realizó la expedición libertadora al Perú, tomó parte de las dos campañas de la Sierra y se distinguió en los combates de Nazca y Pasco.
Como sargento 2º formó en las reducidas filas con las que Juan Lavalle derrotó a los realistas en la fantástica carga de caballería de Río Bamba. Allí sufrió una herida de lanza. A medida que luchaba, su modesto uniforme de suboficial se cubría de condecoraciones.
Más tarde, a las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre intervino en las últimas batallas de la Independencia: Pichincha, después de la cual recibió tres medallas, Junín y Ayacucho. En esta última acción, al mando de Isidoro Suárez y como portaestandarte de los Húsares de Junín, fue nuevamente herido y obtuvo otra condecoración de oro.
Regresó a Buenos Aires con el puñado de granaderos que al mando del coronel José Félix Bogado entregaron sus armas en el cuartel del Retiro, de donde el regimiento había salido doce años atrás para destacarse en todos los campos de batalla de la emancipación.
A los 25 años, después de revalidar ante el gobierno sus despachos de portaestandarte, fue ascendido a la modesta jerarquía de alférez, cuando otros, a esa edad, revistaban como coroneles. Ello a pesar de la cantidad de medallas y menciones recibidas.
Al producirse el estallido de la guerra contra el Imperio del Brasil, pasó a formar parte del Ejército Republicano como teniente 1º del Regimiento 16 de Lanceros que mandaba su compañero de hazañas José de Olavarría. Su valor en Ombú e Ituzaingó le ganaron sucesivos ascensos, hasta alcanzar el grado de capitán. Como la mayoría de los veteranos que volvieron a Buenos Aires casi famélicos y con las ropas hechas jirones, después de que una inhábil diplomacia desperdició los contundentes triunfos militares, participó en la revolución del 1º de febrero de 1828, que encabezó su antiguo jefe Lavalle contra el gobernador Manuel Dorrego.
Con posterioridad, pidió el retiro y se mantuvo en una digna pobreza por varios años hasta que en 1839 emigró a Montevideo, donde se puso a las órdenes de Lavalle en lucha contra Rosas. Participó en la campaña de 1840 que concluyó abruptamente cuando el general ordenó la retirada a las puertas casi de Buenos Aires. A partir de entonces vivió una seguidilla de combates y privaciones que hallaron su punto más dramático cuando, después de haber caído prisionero en la sorpresa de San Calá, Córdoba, fue obligado a marchar a pie hasta Buenos Aires, donde se lo encerró en los calabozos del cuartel del Retiro. La mediación del almirante de la escuadra francesa en el Plata logró que se le diera la ciudad por cárcel, pero fugó dos años después a Montevideo, en cuyas murallas combatió hasta 1844. Obtuvo permiso para marchar a Corrientes, donde se formaba el Ejército Libertador a las órdenes del general José María Paz. Logró las insignias de coronel graduado y el mando de un regimiento de caballería. Debió exiliarse en el Paraguay cuando se disolvieron las tropas del Manco de Venta y Media, y obligado a dejar ese país, se presentó al gobernador de Corrientes en lucha contra el general Justo José de Urquiza, todavía al servicio de Rosas. Tras la derrota de Vences volvió de nuevo al Paraguay.
Más tarde se enroló en las filas del Ejército Grande y combatió en Caseros, el 3 de febrero de 1852. Se le dio la jefatura de una unidad de caballería que guarneció la Guardia del Monte. A partir de entonces estuvo en diversas incursiones y campañas contra los indios. Fue convocado para mandar un cuerpo de la misma arma en 1861 durante la campaña de Pavón. Luego comandó por espacio de once años la Frontera Norte de Buenos Aires, hasta que en 1866 obtuvo los despachos de coronel mayor (general de brigada). Al disponerse tan merecida promoción, sumaba 62 años de servicios militares.
Era una de las pocas reliquias de la independencia que aún circulaban, dignas y enhiestas, por las calles de Buenos Aires. El Congreso aprobó su ascenso a general de división en 1879, a instancias del presidente Nicolás Avellaneda, y en 1882, un hijo de su compañero de hazañas, el general Julio A. Roca, promovió el otorgamiento de la máxima jerarquía militar: teniente general.
Siete años más tarde, recibía un gran homenaje del Club Gimnasia y Esgrima por ser el último sobreviviente en Buenos Aires, de los ejércitos que habían dado independencia a la Argentina, Chile y Perú.
Cargado de años y hazañas, murió el 16 de marzo de 1891, y ante sus restos hablaron el presidente de la Nación, Carlos Pellegrini, y otras personalidades.Tales las trayectorias de esos viejos gloriosos, que como Juan Gregorio de Las Heras y Lucio N. Mansilla, entre otros, llegaron, a pesar de sus heridas y achaques, a altas edades para convertirse en testimonios de los servicios y sacrificios de una generación que recorrió los caminos de América en defensa de la libertad y la igualdad de los pueblos del continente.(c) LA GACETA







