20 Julio 2003 Seguir en 

Precedida por la justiciera aunque tardía abolición de la esclavitud en 1888, la República es proclamada en Brasil al año siguiente. Imaginándose un destino de progreso, olvidaba o prefería ignorar que, en el inmenso interior, subsistían culturas arcaicas, ineludiblemente propias, ligadas y defendidas por enormes y áridos desiertos. Del sertón bahiano surgió un profeta rústico, Antonio Conselheiro, un líder mesiánico y orgánicamente contrario a la República que, acaso sin proponérselo, se descubrió encabezando multitudes campesinas: hombres, mujeres, viejos y niños, pero también bandoleros, y temibles guerreros: los legendarios yagunzos. Conselheiro erigió en la casi miserable aldea de Canudos su "Troya de barro". Y allí tuvo que ir a enfrentarlo el moderno ejército de la República.
La represión vino a confrontar armas tradicionales, cuando no rudimentarias, con sofisticados productos de la industria bélica germana. Pero también comunidades primitivas, vigentes, con un proyecto que no las contenía. Le tocó a un ingeniero militar, Euclides da Cunha, con inquietudes humanísticas y etnográficas, preocupado por las culturas del interior brasileño para favorecer la explotación de sus riquezas, formado por la República y entusiasmado con sus propuestas modernizadoras, ser designado en 1897 corresponsal de guerra del periódico "O Estado de São Paulo" para la campaña de Canudos. Sus partes desde el frente son la base de Los Sertones (1902), libro que abren dos secciones: "La tierra" y "El hombre", donde se indagan, con ánimo científico, medio y protagonistas, para concluir con "La lucha", gravísima y visionaria denuncia del drama nacional: "Aquella campaña recuerda un reflujo hacia el pasado. Y fue, en la significación integral de la palabra, un crimen", dice su nota preliminar. Y al concluir: "Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el agotamiento completo".
Obra de iniciación, de irrupción, de excepcional riqueza, apasionante e iluminadora, primera mirada sobre la compleja, contradictoria, original personalidad del Brasil, como toda obra fundadora de nuestras literaturas (comenzando por Facundo, su legítimo ancestro, que Sarmiento publicó en 1845) no responde por completo a ningún género. Y aún no se sabe qué admirar más: si la densidad expresiva, la aguda percepción o su inusitada fecundidad. De él derivan líneas fundamentales en la literatura brasileña, con cumbres tan diferentes entre sí como Casa grande y senzala, de Gilberto Freyre, en lo sociológico, o la magnífica Grande sertón: veredas, de João Guimarães Rosa, en lo más poéticamente literario y lingüístico.
Esta bienvenida edición, preparada y prologada por Florencia Garramuño, reitera la primera traducción de Benjamín de Garay publicada por Claridad en 1942, con introducción de Mariano de Vedia para la "Biblioteca de autores brasileños traducidos al castellano", auspiciada por el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública mediante una comisión presidida por Ricardo Levene. Quizá quepa recordar que, en 1982, la editorial Plus Ultra había reeditado esa misma traducción, prologada por Juan Carlos Ghiano.(c) LA GACETA
La represión vino a confrontar armas tradicionales, cuando no rudimentarias, con sofisticados productos de la industria bélica germana. Pero también comunidades primitivas, vigentes, con un proyecto que no las contenía. Le tocó a un ingeniero militar, Euclides da Cunha, con inquietudes humanísticas y etnográficas, preocupado por las culturas del interior brasileño para favorecer la explotación de sus riquezas, formado por la República y entusiasmado con sus propuestas modernizadoras, ser designado en 1897 corresponsal de guerra del periódico "O Estado de São Paulo" para la campaña de Canudos. Sus partes desde el frente son la base de Los Sertones (1902), libro que abren dos secciones: "La tierra" y "El hombre", donde se indagan, con ánimo científico, medio y protagonistas, para concluir con "La lucha", gravísima y visionaria denuncia del drama nacional: "Aquella campaña recuerda un reflujo hacia el pasado. Y fue, en la significación integral de la palabra, un crimen", dice su nota preliminar. Y al concluir: "Canudos no se rindió. Ejemplo único en toda la historia, resistió hasta el agotamiento completo".
Obra de iniciación, de irrupción, de excepcional riqueza, apasionante e iluminadora, primera mirada sobre la compleja, contradictoria, original personalidad del Brasil, como toda obra fundadora de nuestras literaturas (comenzando por Facundo, su legítimo ancestro, que Sarmiento publicó en 1845) no responde por completo a ningún género. Y aún no se sabe qué admirar más: si la densidad expresiva, la aguda percepción o su inusitada fecundidad. De él derivan líneas fundamentales en la literatura brasileña, con cumbres tan diferentes entre sí como Casa grande y senzala, de Gilberto Freyre, en lo sociológico, o la magnífica Grande sertón: veredas, de João Guimarães Rosa, en lo más poéticamente literario y lingüístico.
Esta bienvenida edición, preparada y prologada por Florencia Garramuño, reitera la primera traducción de Benjamín de Garay publicada por Claridad en 1942, con introducción de Mariano de Vedia para la "Biblioteca de autores brasileños traducidos al castellano", auspiciada por el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública mediante una comisión presidida por Ricardo Levene. Quizá quepa recordar que, en 1982, la editorial Plus Ultra había reeditado esa misma traducción, prologada por Juan Carlos Ghiano.(c) LA GACETA







