Dos poetas y la guerra

Para LA GACETA - TUCUMAN

13 Julio 2003
La recurrencia, al parecer inevitable, de la guerra en este planeta nuestro, ha sido motivo de pesar a través de las generaciones, y ha inspirado innumerables textos antibélicos. Ya Homero -o los anónimos aedas que nos legaron su nombre-, embarcado en la narración de la larga guerra de Troya, reflexiona sobre la sombría reiteración de la violencia. En el Canto XVIII de La Ilíada, Tetis, madre de Aquiles, le pide a Hefestos, el dios del fuego -Vulcano para Roma-, que forje las armas para su hijo. De entre ellas, Homero elige el escudo para una larga descripción que, sin pretender realismo ni verosimilitud, acopia escenas diversas, algunas con movimiento y sonido incluidos, y logra un tono de realismo mágico que honra su imaginación poética. Cada secuencia es un prodigio de síntesis de elementos que definen una situación, aluden a las circunstancias que la determinan y sugieren sus alcances. Las secuencias temporales nos hacen suponer que estamos ante una maravilla tecnológica que anticipa la televisión en casi treinta siglos: los pastores que arrean ganado se multiplican para salvar al toro que es acosado, herido y finalmente destrozado por los leones, perseguidos a su vez por perros que luego no osan atacarlos. ¿Historieta? ¿Video-clip? Y hay más: en la secuencia de la ciudad cercada por dos ejércitos, Homero despliega sin estridencia un fuerte alegato antibélico al calificar a la población como "hermosa" y a los atacantes como más interesados en las riquezas a obtener que en cualquier fin patriótico o estratégico. La única gananciosa es la Parca, con su ropaje "teñido de sangre humana".
La violencia aparece así como parte de la vida misma. Y no es prerrogativa humana -los animales también la viven- ni resultado de un pecado original: es una realidad inescapable, como todo lo que el escudo encierra, desde el centro, ocupado por un espacio cósmico -sol, luna, estrellas-, hasta su borde mismo, ese mar que circunda los deleites y los dolores de la existencia. La alternancia de escenas de penuria con otras de alegría -bodas, fiestas, cosechas-, sugiere que la experiencia del hombre como criatura terrestre incluye ambas, según se evidencia en la naturaleza.
Se ha intentado dibujar o fabricar el escudo que describe Homero, quien confiara su diseño sólo a la plasticidad del lenguaje aun en su elaborada belleza: los escudos así materializados no logran incorporar la riqueza de elementos, tanto estáticos como kinéticos, que plasman tal representación artística. Además, están los efectos sonoros: "oíanse repetidos cantos de himeneo"; "sonaban flautas y cítaras", y se nos invita a escuchar a los pastores "tocando la zampoña" y a "oír" los "fuertes mugidos" de los toros, mientras los perros "ladraban desde cerca, para volver en el siguiente cuadro a la música de la paz, cuando "un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara". Este recurso auditivo queda obviamente excluido de todo intento de "orquestación" realista, cuya forzosa simultaneidad la hace impracticable.

Veintiocho siglos después, W.H. Auden (1903-1973), poeta inglés nacionalizado estadounidense, publica un poemario titulado precisamente El escudo de Aquiles, que le valió ese año, 1955, el premio Pulitzer de poesía. En el poema "El escudo de Aquiles", allí incluido, Auden concibe una voz lírica que observa la escena en la fragua de Hefestos desde el punto de vista de Tetis: ella observa por sobre el hombro del silencioso dios herrero el progreso de su trabajo frente al yunque, y el hablante sigue las sucesivas frustraciones de esa madre al notar que Hefestos ignora escena de paz y celebración que Homero incluye, reiterando en cambio sobre la faz del escudo la violencia de un mundo en guerra, devastado y sin esperanzas.

Buscó ella por sobre el hombro
de él olivares y viñedos,
ciudades de mármol, regidas sabiamente
y naves que surcaran indómitos piélagos;
mas allí, en el brillo del metal
las manos del orfebre habían labrado
un yermo artificial
y como de plomo, un cielo.

A los viñedos y a las cosechas de Homero se oponen la "Llanura sin relieve, desnuda, amarronada/ ni brizna de hierba, ni rastro de poblados". Los anacronismos usados por Auden resignifican el canto homérico y subrayan la atemporalidad de la guerra como fuente de un sufrimiento que ni la gloria ni la ideología atemperan ni justifican. Así, menciona "un millón de ojos, un millón de botas alineadas, sin expresión alguna...", y "Desde el aire una voz sin rostro...", evocando los altoparlantes transmitiendo órdenes. Luego alude al "Alambre de púa" cercando un predio, y "tres pálidas figuras eran llevadas y atadas/ a tres postes clavados en el suelo", en clara referencia a dos holocaustos históricos revestidos de profunda carga emocional: el de las víctimas del nazismo y el de Cristo.

La presencia de Tetis, madre, dadora de vida, deseosa de proteger esa vida que ella había traído al mundo, estructura el poema. Tres veces ella busca "por sobre el hombro/ de [Hefestos]", en primer lugar, "olivares y viñedos"; luego "esos piadosos misterios" y la tercera vez "los atletas y sus juegos...". No será complacida. No hay frutos, sino esterilidad; la espiritualidad no existe porque un campo de exterminio ha reemplazado al altar; no hay deportes ni alegría, sino sufrimiento e indiferencia. No hay alimento, ni físico ni espiritual, ni solaz. Hay, sí, "un pilluelo harapiento" acostumbrado a la violencia gratuita, e ignorante de la compasión por el sufrimiento del prójimo:

Solo y sin destino, un pilluelo harapientodeambulaba por el páramo; un ave
voló, huyendo de su certera pedrada:
que violen a las niñas, que dos chicos maten a un tercero,
certezas eran para él, ya que nunca había sabido
de un mundo de promesas realizadas o en el que alguien llorara al oír el llanto ajeno.

El poema cierra con Tetis llorando ante el escudo terminado, ese escudo que será de su hijo, "matador de hombres, corazón de hierro/ que no viviría mucho tiempo". La alusión a la muerte prematura de Aquiles refuerza la ironía de haber invertido tanto trabajo y tanto arte en un arma defensiva que a la larga será inútil, mientras cuestiona el afán de dedicar esta breve existencia a la destrucción de otros, acelerando con ello el propio final. La ironía crece ante la idea de que la cualidad defensiva del escudo queda invalidada por la carga destructiva de las imágenes allí labradas. A partir de la solícita madre ansiosa de llevar a su hijo la obra de arte forjada por Hefestos en Homero, la Tetis de Auden sólo puede llorar.
La reescritura de Homero que asume Auden refleja la angustia por el ininterrumpido belicismo que sacudió al planeta en la primera mitad del siglo XX. Desde "la guerra que terminaría con las guerras" -la del 14-, pasando por los enfrentamientos de China y Japón y la Guerra Civil en España, más la Segunda Guerra Mundial y la entonces reciente Guerra de Corea -sin contar otros "encuentros" menores como Rusia-Japón o Bolivia-Paraguay-, para 1955 el siglo ya había prodigado suficientes baños de sangre como para suponer que la violencia institucionalizada amenazaba a toda la humanidad. La posición de Auden se evidencia no sólo en la exclusiva presentación de escenas de injusticia y deshumanización, sino también en las referencias a la destrucción de la naturaleza, presidida por ese cielo como plomo. Nada mitiga el horror, ni siquiera la esperanza de un futuro, simbolizado por niños que son ya parte activa de ese mismo horror por desconocer la compasión, virtud imprescindible para la paz.En las escenas festivas, vinculadas a la fertilidad, Homero incluye música, danza, bebida y comida. Astros con nombres de dioses presiden un universo en donde conviven la guerra y el sufrimiento con la paz y la abundancia. Dice el crítico estadounidense Samuel Bassett: "La vida no es una continua tormenta. El alma humana, como el corazón del hombre, sufre su sístole y su diástole..." (239). En Auden, en cambio, no cabe la esperanza: el mundo está en manos de gente capaz de contar chistes mientras sus víctimas mueren.
Homero y Auden representan diferentes miradas sobre el hecho bélico: para el primero, es la parte indeseada de la violencia natural de la existencia; para el segundo, la manifestación de una irredimible falencia de la condición humana. Ambos, sin embargo, condenan la guerra, disociándola de conceptos tales como patriotismo, ideales, coraje, hombría, triunfo, que el discurso político y a veces el religioso usan para incrementar la eficacia de los guerreros y el fervor del pueblo. Otro punto de contacto es la construcción de una suerte de aleph borgeseano surgido de la imaginación que lo creó y de la palabra que lo transmite, para completar su ciclo en la recepción imaginativa del lector.
De todas las armas que Hefestos forja para Aquiles, Homero describe sólo el escudo, fundamental en la acción defensiva. Auden usa el detalle con sutiliza: ¿qué defensa es posible cuando viene teñida por todo lo oscuro que encierra el alma humana? Auden responde con desgarrada eficacia, desde el "civilizado" siglo XX, a un tema que nos llega desde el alba de la literatura occidental, a orillas de un Egeo ya que había perdido su inocencia. (c) LA GACETA

NOTA: la traducción del poema es de la autora del artículo.

BIBLIOGRAFIA
BASSETT, Samuel Eliot. The Poetry of Homer. Berkeley: University of California Press, 1938.

HOMERO. La Ilíada. Buenos Aires: Losada, 1979.

KOSSMAN, Nina (Editora). Gods and Mortals. Modern Poems on Classical Myths. New York: Oxford University Press, 2001.

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