13 Julio 2003 Seguir en 

Quienes lo conocieron testimonian su entrega a la enseñanza: terminaban admirándolo incluso los que disentían con sus ideas. Quienes no lo conocimos tenemos hoy la ocasión de acceder a una de sus obras, por la elogiable tarea del Centro de Estudios Regionales, cuyas ediciones de textos (algunos nuevos y otros rescatados) esperamos prosigan sin desmayo.
Benjamín Aybar nació en San Miguel de Tucumán en 1896; hizo estudios de Humanidades en el Seminario de Catamarca, y obtuvo el título de Doctor o Maestro en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma), en 1915.
Ejerció la docencia durante largos años, tanto en el nivel medio como en el universitario; publicó numerosos artículos y dos libros breves que, por la documentada presentación de Alberto Caturelli, juzgo que son la vertebración mejor de su pensamiento, El realismo intuitivo (1954) y La ontología del alma (1966). El libro que ahora nos llega es de 1970.
Los responsables de la reedición señalan que hacia 1966 Aybar consideraba concluida su labor de publicista y de profesor.Pero en julio de 1969 el hombre llega a la Luna y esto despierta en el filósofo tucumano una serie de reflexiones, que se concretan finalmente en libro. La introducción a Este Dios, el hombre está fechada en marzo de 1970 y el autor murió seis meses más tarde.
En la salida del hombre al espacio Aybar ve un enigma y a la par una promesa. No se trata, escribe, de desatar la fantasía, pero está claro que el ser humano no es ya el quieto habitante de la Tierra. La seductora oferta de la serpiente a Adán y a Eva ha seguido resonando a través de las edades -"Seréis como dioses"- pero también la maldición divina: "Arrojados del Paraíso".
La maldición terminó con la Redención y Aybar ve en la vida cósmica una suerte de nuevo paraíso, al que acaso llegaron los astronautas, cuyo disfrute dura instantes, pero les deja un sabor de dioses.
Restituir el paraíso es la aspiración del hombre, y "si sus puertas se han abierto, ¿por qué no entramos todos en él, como dioses?" se pregunta el autor. La clave -se responde- es un saber totalizador, y sólo la filosofía puede brindarlo.
Según Aybar el alma, en tanto forma sustancial, informa el cuerpo, pero en cierto modo también informa el cosmos. El cosmos no está hecho "para" el hombre, sino que está "esperando al hombre" para completarse... y acaso está esperando no sólo al hombre sino a otros seres racionales.
A su juicio, el principio de individuación no es la materia sino el alma; por lo tanto, bien podría suceder que el cosmos nos sea común. Todo el esfuerzo reflexivo del libro (en rigor, una serie de meditaciones susceptibles de leerse separadamente) se basa en la noción preferida del autor: una metafísica realista cuya base es la intuición de mi ser como "ser hacia", tesis que lo vincula más a San Anselmo que a Santo Tomás. La humanidad es una coronación, a la manera de Teilhard de Chardin.
El alma es la "esseidad" del cosmos, "esseidad" que se despliega en tres direcciones: amar, tender y querer. El hombre del futuro, expresa Aybar, el hombre cósmico, será el mismo de ayer y de hoy, una fuerza de amor; y entonces al cartesiano "pienso, luego existo", opone el "amo, luego existo".
¿Y la muerte? La muerte no es la nada; en la muerte el alma se lleva al hombre y es hombre espiritualizado; tanto ha jugado el alma con la materia cósmica que al fin la deja totalmente.Treinta y tres años después suena muy apagado el entusiasmo de Aybar: "¡se está preparando un viaje tripulado a Marte para 1981!".
Hoy la filosofía, fascinada con razón por el giro lingüístico y el giro hermenéutico; las líneas desconstructivistas y posmodernas; el renacimiento kantiano y hegeliano; la sombra inmensa de Nietzsche; la prístina visión del pensamiento griego, la bioética... tiene mucha tarea todavía que dilucidar en este mundo terráqueo, aunque el silencio eterno de los espacios infinitos siga destilando su gota de misterio.
Por cierto, las nociones que manejaba Aybar merecen conocerse, pero puesto que en Dios, este hombre circulan permanentemente sus tesis de obras anteriores, acaso la reedición de una de estas (El realismo intuitivo, por ejemplo) hubiera sido más acertado. (c) LA GACETA
Benjamín Aybar nació en San Miguel de Tucumán en 1896; hizo estudios de Humanidades en el Seminario de Catamarca, y obtuvo el título de Doctor o Maestro en Filosofía en la Universidad Gregoriana (Roma), en 1915.
Ejerció la docencia durante largos años, tanto en el nivel medio como en el universitario; publicó numerosos artículos y dos libros breves que, por la documentada presentación de Alberto Caturelli, juzgo que son la vertebración mejor de su pensamiento, El realismo intuitivo (1954) y La ontología del alma (1966). El libro que ahora nos llega es de 1970.
Los responsables de la reedición señalan que hacia 1966 Aybar consideraba concluida su labor de publicista y de profesor.Pero en julio de 1969 el hombre llega a la Luna y esto despierta en el filósofo tucumano una serie de reflexiones, que se concretan finalmente en libro. La introducción a Este Dios, el hombre está fechada en marzo de 1970 y el autor murió seis meses más tarde.
En la salida del hombre al espacio Aybar ve un enigma y a la par una promesa. No se trata, escribe, de desatar la fantasía, pero está claro que el ser humano no es ya el quieto habitante de la Tierra. La seductora oferta de la serpiente a Adán y a Eva ha seguido resonando a través de las edades -"Seréis como dioses"- pero también la maldición divina: "Arrojados del Paraíso".
La maldición terminó con la Redención y Aybar ve en la vida cósmica una suerte de nuevo paraíso, al que acaso llegaron los astronautas, cuyo disfrute dura instantes, pero les deja un sabor de dioses.
Restituir el paraíso es la aspiración del hombre, y "si sus puertas se han abierto, ¿por qué no entramos todos en él, como dioses?" se pregunta el autor. La clave -se responde- es un saber totalizador, y sólo la filosofía puede brindarlo.
Según Aybar el alma, en tanto forma sustancial, informa el cuerpo, pero en cierto modo también informa el cosmos. El cosmos no está hecho "para" el hombre, sino que está "esperando al hombre" para completarse... y acaso está esperando no sólo al hombre sino a otros seres racionales.
A su juicio, el principio de individuación no es la materia sino el alma; por lo tanto, bien podría suceder que el cosmos nos sea común. Todo el esfuerzo reflexivo del libro (en rigor, una serie de meditaciones susceptibles de leerse separadamente) se basa en la noción preferida del autor: una metafísica realista cuya base es la intuición de mi ser como "ser hacia", tesis que lo vincula más a San Anselmo que a Santo Tomás. La humanidad es una coronación, a la manera de Teilhard de Chardin.
El alma es la "esseidad" del cosmos, "esseidad" que se despliega en tres direcciones: amar, tender y querer. El hombre del futuro, expresa Aybar, el hombre cósmico, será el mismo de ayer y de hoy, una fuerza de amor; y entonces al cartesiano "pienso, luego existo", opone el "amo, luego existo".
¿Y la muerte? La muerte no es la nada; en la muerte el alma se lleva al hombre y es hombre espiritualizado; tanto ha jugado el alma con la materia cósmica que al fin la deja totalmente.Treinta y tres años después suena muy apagado el entusiasmo de Aybar: "¡se está preparando un viaje tripulado a Marte para 1981!".
Hoy la filosofía, fascinada con razón por el giro lingüístico y el giro hermenéutico; las líneas desconstructivistas y posmodernas; el renacimiento kantiano y hegeliano; la sombra inmensa de Nietzsche; la prístina visión del pensamiento griego, la bioética... tiene mucha tarea todavía que dilucidar en este mundo terráqueo, aunque el silencio eterno de los espacios infinitos siga destilando su gota de misterio.
Por cierto, las nociones que manejaba Aybar merecen conocerse, pero puesto que en Dios, este hombre circulan permanentemente sus tesis de obras anteriores, acaso la reedición de una de estas (El realismo intuitivo, por ejemplo) hubiera sido más acertado. (c) LA GACETA







