
A principios de 1955, las autoridades de la antigua, venerable y ahora extinta Editorial Guillermo Kraft convocaron, a sus oficinas de la calle Reconquista 319, a cinco ilustres escritores argentinos: Fryda Schultz de Mantovani, Rafael Alberto Arrieta, Roberto F. Giusti, Alvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Láinez. Aquella dama y estos cuatro caballeros tendrían como misión integrar el jurado literario que otorgaría, a quien mejor lo mereciese, el "Premio Kraft 1955 para la novela argentina".
Concluida la labor de examinar los méritos de ciento once obras, el jurado resolvió otorgar el primer premio del concurso a la novela titulada "Rosaura a la diez". Esta mostraba tal madurez expresiva, tal perfección de construcción, tal riqueza y variedad de lenguajes, tal exactitud y sabiduría en su trama, que los miembros la imaginaron obra de algún colega ya consagrado.
Sin embargo, abierto el sobre que revelaría la identidad del experto narrador, resultó que el autor de "Rosaura a las diez" era absolutamente ignoto, nadie lo había oído mencionar jamás y no había aparecido nunca ni siquiera al pie de un cuentecito publicado en una revista literaria de aficionados.
Se trataba de un tal Marco Denevi. Cuando se hizo presente, las personas de Kraft se encontraron con un hombre joven, correcto, tímido y taciturno, que vestía como gris oficinista y que se desempeñaba como abogado en la asesoría letrada de una entidad bancaria. Poco más de recibir el Premio Kraft, Denevi explicaría:"Rosaura a la diez" es mi primer libro; su primer párrafo, mi primer párrafo; la palabra con que comienza, mi estreno como "ejercitador de letras" (la expresión es del apócrifo Mairena). La obra nació, conforme lo quería Martí, de un acto de amor. Escribirla fue un quehacer premioso, gozoso, doloroso, sin pausas. Y de apuro, porque entonces hallaba en sí mismo toda su razón de ser, sin preocuparse por su ulterior destino. Apenas terminado, su goce y su dolor se hicieron irrecuperables y de ambos no sobrevivió sino una transvaloración de orden espiritual. Que tal es, cabalmente, lo que le ocurre a todo auténtico acto de amor.
El perfecto mecanismo de relojería
Según se sabe, "Rosaura a la diez" es una novela estructurada en cinco partes. En cada una de ellas, distintos narradores aportan diversas informaciones sobre los extraordinarios sucesos que tienen como protagonista al inolvidable Camilo Canegato, uno de los personajes física y psicológicamente mejor logrados de la literatura mundial. La primera parte (declaración de la señora Milagros) y la segunda (declaración de David Reguel) están en boca de sendos narradores que, como testigos, relatan, con sus muy disímiles puntos de vista, los sucesos ocurridos en la hospedería "La Madrileña", especialmente en los últimos seis meses (desde "aquella mañana en que el cartero trajo un sobre rosa con un detestable perfume a violetas" dirigido a Camilo Canegato).
La parte III se titula "Conversación con el asesino"; adopta la forma de un diálogo teatral puro, sin una sola acotación, entre Camilo Canegato y el inspector Julián Baigorri.
En la parte IV, la risible señoría solterona Eufrasia Morales acude espontáneamente a la policía para ofrecer su propia versión de los hechos, y estos aparecen bajo la forma del discurso indirecto libre. Cierra el libro la transcripción literal de una carta inconclusa, carta que se trunca en el punto exacto en que sus últimas palabras cierran mágicamente la novela, como un perfecto mecanismo de relojería. El lector, después de haber examinado los cinco "documentos" que el autor aportó absteniéndose del mínimo comentario, ahora y sólo ahora (en las últimas líneas), se halla en posesión de toda la información necesaria para saber qué había ocurrido realmente.
Ciertas obras, que me interesaron en la primera lectura, no resistieron la segunda; en cambio, ¿cuántas veces he podido releer, con inmenso placer, las peripecias de Rosaura? Muchísimas, y siempre encuentro nuevos matices, nuevas sutilezas, detalles antes inadvertidos. Es verdad que la estructura narrativa de "Rosaura" es ingeniosa y brillante. Pero, en realidad, este hecho "oportunamente técnico" reviste una importancia menor. Lo maravilloso de la novela estriba en que todo lo que se narra en ella resulta, todo el tiempo y a lo largo de todo el libro, sencillamente fascinante.
Como en la vida misma, se alternan los niveles de lengua y cada personaje habla exactamente como debe hablar; un rasgo patético nos angustia y los enigmas nos intrigan; de pronto el mejor humorismo nos hace reír de buena gana; las sorpresas y las contiguas vueltas de tuerca nos recuerdan, una y otra vez, que en realidad puede tener (y, de hecho, tiene) infinitos rostros, y que ninguna cosa es, en rigor, siempre lo que parece ser.
Los hermanos de Rosaura
Pero la obra de Denevi no termina en "Rosaura a las diez". Vemos en sus narraciones predilección por los personajes anacrónicos, los ámbitos cerrados, los ambientes atemorizadores, el misterio que suele latir tras las apariencias cotidianas.
Hay un tema que aparece con una forma determinada y luego regresa, con otro aspecto algo distinto, una y otra vez: es el tema de la sustitución de la personalidad. El motivo es central en "Rosaura a las diez".
Unos años más tarde, Denevi vuelve a ganar un concurso literario importantísimo: el de la revista Life, abierto a todos los escritores hispanoamericanos. Su novela "Relativamente breve" se titula "Ceremonia secreta" y se publica en 1961. Es una narración con misterios o con derivaciones policiales; todo esto, en el habitual clima de verosimilitud psicológica y con el exacto final al modo de un teorema. Tampoco aquí las cosas son lo que parecen ser, y hasta se confunden los planos de la vida y de la muerte.
En 1966 aparece otra novela breve. "Un pequeño café". Su insignificante héroe es una suerte de alter ego del Camilo Canegato de "Rosaura". Se llama, un poco ridículamente, Adalberto Pascumo, y es tan tímido como aquel y, también como Camilo, su timidez lo impulsa a mentir, a crearse su propio mundo ficticio. Una vez más, Adalberto no es, para las demás personas, quien verdaderamente es.
En "Los asesinos de los días de fiesta" (1972) asistimos a una impostura múltiple: seis extravagantes hermanos, de extraños nombres, se hacen pasar por los únicos parientes de un difunto rico. La mayor parte de la novela transcurre en un clima de maravilloso humorismo que, casi imperceptiblemente, va ingresando en zonas de misterios y desemboca, finalmente, en imprevista tragedia.
Denevi es también un maestro del cuento corto y de las recreaciones literarias. Su libro "Falsificaciones" (1966) constituye una fiesta de la imaginación, el ingenio y el buen gusto: en estos textos breves arroja una insospechada e insólita luz sobre hechos históricos o literarios que parecían definitivamente fijados.Todo el volumen "Hierba del cielo" (1973) es excelente, pero hay en él tres cuentos que se parecen mucho a la perfección: "Charlie", "Michel" y "Hierba del cielo". No es el objeto de esta nota revisar toda la obra de Denevi. Si bibliografía es abundante y variada.
Gratitud final. Su recuerdo
Como lector que se deja llevar exclusivamente por el placer de la lectura, me encanta que me cuenten historias interesantes, historias donde haya misterios o enigmas, y que yo pueda creer en esos misterios. Y, cuando esos misterios están relatados según los más estrictos recursos de la verosimilitud, con la máxima riqueza de detalles, con los personajes que manejan el lenguaje adecuado a su situación social; cuando reclaman nuestro interés tantas ideas inteligentes; cuando, aquí y allá se asoman las magníficas gracias de su autor; cuando la prosa, salpicada de travesuras de toda índole, corre, fluida y límpida, por esas historias atrapantes, bueno, ¿qué otra cosa mejor puede pretender un lector que ama la literatura? Sólo puede sentir admiración y gratitud. El 13 de mayo de este año 2003, Marco Denevi habría cumplido ochenta y tres años. Fue un hombre de integridad total, un hombre probo y honestísimo, de insobornable rectitud, que siempre dijo lo que le dictaba su conciencia. Las lucrativas y despiadadas sectas oligopólicas de la aparente literatura argentina intentan ignorarlo o, mejor aún, borrarlo.
El libro misceláneo "Salón de lectura" (1974) incluye un poema a modo de profecía sobre sí mismo, de espléndidos endecasílabos, "Ultima voluntad", donde confluyen la ironía, el humor y la tristeza. Sus cuatro versos finales son dignos de recordación:"Lego mis huesos a los castos líricos y mi memoria a los desmemoriados.
En cuanto a mi salvación, es suficientela sacra ceremonia del silencio."
Marco falleció el 12 de diciembre de 1998. (c) LA GACETA







