No se trata de ser diferente sino racional

Por Coriolano Fernandez

05 Julio 2003
Cuando Luiz Inácio "Lula" da Silva ya había sido electo, el economista y sociólogo brasileño Celso Furtado hace declaraciones. No se trata de ser diferente, dice, sino de ser racional; una cosa es el orden mundial y otra es el orden de cada país y en la globalización habrá forzosamente un orden de cada país, comenzando por Estados Unidos, tan prudente y racional a la hora de proteger sus industrias.
Este breve libro, fechado en París en febrero de 2002, contiene la misma tesis. El centro es Brasil, y el análisis de sus problemas proyectó a Furtado a un nivel de merecida celebridad.
Nacido en 1920 en Pombal, Estado de Paraiba (es, pues, nordestino) estudió derecho y economía, fue ministro de Planeamiento y, cuando el gobierno militar lo despojó de sus derechos políticos en 1964 recaló en Europa; ejerció la docencia en Cambridge y en París durante 20 años. De Fernando Enrique Cardoso dice (a mi juicio injustamente) que su gestión ha sido pobre "y lo digo con pena porque soy amigo de Fernando Henrique".
A través de siete capítulos, despliega Furtado sus reflexiones sobre la crisis de nuestro tiempo. Tenemos la sensación (evoca al "hombre sin atributos" de Musil) de que el mundo está dirigido por fuerzas cuya comprensión se nos escapa.
Tras abordar el problema de la pobreza, concluye que Brasil es un gran país con un producto nacional cercano al billón de dólares, mas sin ahorro para financiar inversiones por el drenaje del pago de intereses de la deuda. Postula una moratoria negociada.
Sobre el mundo futuro, ve la técnica movida por las naciones de alto nivel de vida. Si el imperativo técnico es ineludible, son escasas las posibilidades de maniobra de un país como Brasil; pero, escasas y todo, cabe aprovecharlas. El mayor desafío es revertir el proceso de concentración de la renta.
¿Y la globalización? La penetración del capitalismo en los intersticios sociales difunde una racionalidad formal, rasgo determinante de nuestra civilización; nuevos procesos productivos y, por ende, nuevas formas de organización dan a la sociedad industrial un fuerte dinamismo, pero un dinamismo inestable.
Tras el fin de la Guerra Fría, "ese festival de irracionalidad", añade, la promesa de un futuro radiante se frustra y se imponen la concentración del poder y la lenta atrofia del Estado nacional, de la mano de las empresas transnacionales.
Las naciones dueñas de recursos naturales -Brasil lo es-, sufren con la globalización y un pronóstico pesimista sería o bien la desintegración social o bien la llegada de gobiernos autoritarios.
Para superar la disyuntiva, he aquí en breve fórmula el "nuevo modelo": cuidar la herencia histórica de la unidad nacional, forjada por el Estado y la vida democrática. Brasil sobrevivirá si y sólo si se transforma en una sociedad más justa y preserva su independencia política.
En otros capítulos rinde homenaje al argentino Raúl Prebisch, en el centenario de su nacimiento; traza su trayectoria en tanto compromiso con valores universales, en tanto confianza en fuerzas sociales cuyos intereses se confunden con su nación; confiesa ser un heterodoxo y esto es, pienso, como decir que las categorías del materialismo histórico de otrora las flexibilizó creativamente.
Hacia el final, evoca al ingeniero Euclides da Cunha (1866-1909), singular mezcla de novelista y antropólogo, de vasta influencia en la cultura brasileña y autor de Os Sertoes (Los Sertones). Liberándose del positivismo dominante, intuyó Da Cunha que se estaba formando un pueblo peculiar, auténticamente brasileño, producto ante todo del mestizaje.
Furtado, que vivió de niño las romerías de los "sertones" o "sertaneros", concluye que el mitológico protagonista euclidiano era la prefiguración del ciudadano consciente de hoy.
Correcta traducción de Juan Ferguson. (c) LA GACETA

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