06 Julio 2003 Seguir en 

En los últimos tiempos, la producción bibliográfica dedicada al análisis del terrorismo y de la guerra se ha incrementado notablemente. Esto es absolutamente comprensible pues obedece a la búsqueda -casi desenfrenada- de respuestas y explicaciones a los graves acontecimientos que han afectado tan profundamente la seguridad y la estabilidad del orden internacional.
En este caso, "Las ilusiones del 11 de septiembre", de Olivier Roy, contribuye al esclarecimiento de estos temas desde una perspectiva estratégica y propone como clave de análisis un conjunto de elementos políticos, ideológicos y culturales que componen una red explicativa de innegable interés general. Se trata de un análisis -prolijo y actualizado- que ha sido estructurado a partir de cuatro capítulos (La guerra contra el terrorismo; La campaña de Afganistán; Los Estados Unidos y el Medio Oriente; Los Estados Unidos frente al Islam y el islamismo) y de una conclusión. En la obra se examinan los vínculos entre los sucesos del 11 de septiembre y la nueva política estratégica estadounidense.
Roy parte de una hipótesis provocativa: los atentados terroristas de 2001 no inauguraron una línea estratégica novedosa para los EE.UU.; simplemente, aceleraron la ejecución de una estrategia prefijada con anterioridad a esa fecha. De este modo, sostiene el autor, la guerra contra el terrorismo y la denuncia del Eje del Mal no constituyen de ninguna manera una política imperial que apunte a reorganizar el mundo según un orden nuevo. En realidad, la nueva doctrina configura un patch-work de decisiones ya adoptadas por Washington antes del 11 de septiembre; decisiones que obedecen a un "conjunto de consideraciones ideológicas, desafíos interiores, intereses contradictorios, voluntarismo moralizante e... impotencia".
A partir de estas consideraciones, analiza el valor y el futuro de las alianzas norteamericanas en los países musulmanes -alianzas frágiles y coyunturales-; las consecuencias de su intervención en Afganistán (la cual transformó el equilibrio de las relaciones internacionales en Asia Central); el juego de las influencias regionales y globales y la incidencia de los factores preponderantes que pueden contribuir a estabilizar o a desestabilizar los vínculos entre Oriente y Occidente. Por otra parte, relativiza el interés norteamericano en las fuentes energéticas afganas y establece parámetros claros de sus objetivos en el "paisaje estratégico de Medio Oriente". Específicamente, evalúa los caracteres y alcances del conflicto palestino-israelí y su influencia en el devenir de la formación de los grupos fundamentalistas islámicos. Con respecto a este tema, se detiene en las causas del surgimiento de Al Qaeda (vinculándolo claramente al proceso de radicalización del wahhbismo saudí), insertando a este movimiento radical en lo que él denomina la "globalización del Islam".
Finalmente y, desde una perspectiva de interpretación cultural, intenta descifrar la fuerza de la religiosidad y sus nexos con la violencia terrorista: sobre todo procura identificar las causas profundas de los atentados y definir el problema central. Según Roy, desde el punto de vista interno, los atentados de septiembre sirvieron para fortalecer la posición de un grupo de pensamiento denominado "sector antiorientalista", cuyos representantes se ubican en la derecha republicana conservadora, muy cerca del presidente Bush. Para estos analistas "el problema es el Islam" y es necesario actuar para desarrollar un "buen Islam" que responda a los valores "universales" y se inserte eficazmente en la política exterior norteamericana diseñada a partir de la caída del comunismo.
En definitiva, la única novedad que ha generado el 11 de setiembre puede sintetizarse en un punto: Estados Unidos vive hoy la paradoja de ser una "hiperpotencia friolenta y violentamente defensiva, que, sin embargo, carece de un proyecto global". Un poder universal que ha fundado su doctrina estratégica en el miedo, el cual está anclado en un aislacionismo estéril y en un "profundo sentimiento de fragilidad frente a un enemigo inhallable". Esta situación, concluye Roy, no ha hecho más que eliminar el antiguo concepto de disuasión, pues sus enemigos -los terroristas- no tienen nada que perder en este nuevo juego estratégico.(c) LA GACETA
En este caso, "Las ilusiones del 11 de septiembre", de Olivier Roy, contribuye al esclarecimiento de estos temas desde una perspectiva estratégica y propone como clave de análisis un conjunto de elementos políticos, ideológicos y culturales que componen una red explicativa de innegable interés general. Se trata de un análisis -prolijo y actualizado- que ha sido estructurado a partir de cuatro capítulos (La guerra contra el terrorismo; La campaña de Afganistán; Los Estados Unidos y el Medio Oriente; Los Estados Unidos frente al Islam y el islamismo) y de una conclusión. En la obra se examinan los vínculos entre los sucesos del 11 de septiembre y la nueva política estratégica estadounidense.
Roy parte de una hipótesis provocativa: los atentados terroristas de 2001 no inauguraron una línea estratégica novedosa para los EE.UU.; simplemente, aceleraron la ejecución de una estrategia prefijada con anterioridad a esa fecha. De este modo, sostiene el autor, la guerra contra el terrorismo y la denuncia del Eje del Mal no constituyen de ninguna manera una política imperial que apunte a reorganizar el mundo según un orden nuevo. En realidad, la nueva doctrina configura un patch-work de decisiones ya adoptadas por Washington antes del 11 de septiembre; decisiones que obedecen a un "conjunto de consideraciones ideológicas, desafíos interiores, intereses contradictorios, voluntarismo moralizante e... impotencia".
A partir de estas consideraciones, analiza el valor y el futuro de las alianzas norteamericanas en los países musulmanes -alianzas frágiles y coyunturales-; las consecuencias de su intervención en Afganistán (la cual transformó el equilibrio de las relaciones internacionales en Asia Central); el juego de las influencias regionales y globales y la incidencia de los factores preponderantes que pueden contribuir a estabilizar o a desestabilizar los vínculos entre Oriente y Occidente. Por otra parte, relativiza el interés norteamericano en las fuentes energéticas afganas y establece parámetros claros de sus objetivos en el "paisaje estratégico de Medio Oriente". Específicamente, evalúa los caracteres y alcances del conflicto palestino-israelí y su influencia en el devenir de la formación de los grupos fundamentalistas islámicos. Con respecto a este tema, se detiene en las causas del surgimiento de Al Qaeda (vinculándolo claramente al proceso de radicalización del wahhbismo saudí), insertando a este movimiento radical en lo que él denomina la "globalización del Islam".
Finalmente y, desde una perspectiva de interpretación cultural, intenta descifrar la fuerza de la religiosidad y sus nexos con la violencia terrorista: sobre todo procura identificar las causas profundas de los atentados y definir el problema central. Según Roy, desde el punto de vista interno, los atentados de septiembre sirvieron para fortalecer la posición de un grupo de pensamiento denominado "sector antiorientalista", cuyos representantes se ubican en la derecha republicana conservadora, muy cerca del presidente Bush. Para estos analistas "el problema es el Islam" y es necesario actuar para desarrollar un "buen Islam" que responda a los valores "universales" y se inserte eficazmente en la política exterior norteamericana diseñada a partir de la caída del comunismo.
En definitiva, la única novedad que ha generado el 11 de setiembre puede sintetizarse en un punto: Estados Unidos vive hoy la paradoja de ser una "hiperpotencia friolenta y violentamente defensiva, que, sin embargo, carece de un proyecto global". Un poder universal que ha fundado su doctrina estratégica en el miedo, el cual está anclado en un aislacionismo estéril y en un "profundo sentimiento de fragilidad frente a un enemigo inhallable". Esta situación, concluye Roy, no ha hecho más que eliminar el antiguo concepto de disuasión, pues sus enemigos -los terroristas- no tienen nada que perder en este nuevo juego estratégico.(c) LA GACETA







