Seriedad del humor y los recursos para transmitirlo

Por Federico Peltzer

06 Julio 2003
Koremblit es autor de una vasta obra como ensayista, ya sobre temas relacionados con la literatura, ya específicamente sobre algunos escritores. También se ha ocupado del humor, "Una estética del desencanto", según señala el título de uno de sus trabajos. Ello aparte, lleva largos años de labor humorística, como lo atestiguan, entre otras, sus publicaciones dominicales en La Prensa.
El libro que ahora publica es imposible de encasillar, porque si se preguntara el lector de qué trata cabría responder que de todo. Prueba de ello es el exacto índice onomástico que lo cierra, donde se consignan los nombres citados y se hermanan en la "te", por ejemplo, Tácito, Tarzán, el Toro Ferdinando y Tolstoi... Quizá la más extensa referencia sea la que se hace a una supuesta relación erótica entre Eva (madre de los mortales) y Alain, crítico francés admirado por Koremblit. Fuera de ello aparecen los más insólitos personajes. Así, la bíblica Salomé (sometida a un punzante reportaje), las confesiones de Emma Bovary (quien dice ver sólo una hora por día a su marido, pero declara que, felizmente, pasa pronto) o el sesudo y presuntamente burlado Miguel de Montaigne.
Los recursos del autor para hacer reír -y sonreír- son variados. Acude a los juegos de palabras en la citada entrevista a Salomé (p. 92); a la paradoja, al afirmar que la mujer sólo se interesa por cosas insignificantes, y prueba de ello es su interés primordial por el hombre; a los equívocos, a menudo picarescos (p. 92, 131, 135); a las reiteraciones con leves variantes, como sobre lo permitido y prohibido en Alemania, Inglaterra, Rusia y Francia; a la adjetivación insólita o forzadamente solemne; en fin, a los guiños literarios insertados en citas que apenas los disimulan.
No deja de mencionar Koremblit a los escritores que admira y tiene por maestros del humor: Rabelais, Quevedo, Swift, Bierce, Thackeray, Chesterton y, entre nosotros, Arturo Cancela y Nalé Roxlo. También discurre acerca del humor y su importancia. Este tiene, en su concepto, dos ingredientes esenciales (como el amor): inteligencia y ternura. Por eso considera, desde la primera página, que el auténtico humor "no es ni la chistología ni la humareda de humoradas, sino la piadosa pero risueña visión de un feliz mundo posible; este mundo quizá sea el infierno de otro planeta" (p. 11). En unas "desconsideraciones finales" justifica el papel del humor en su libro, en parte narrativo, en parte ensayo. Aquel apunta a mitigar las penas del corazón; finalidad que, admite, le ha sido arduo alcanzar. Cabe concluir que lo ha conseguido, por el ingenio desplegado con bonhomía a lo largo de sus páginas. (c) LA GACETA

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