Por qué unos nacen con la estrella y otros nacen estrellados

Por Samuel Schkolnik

06 Julio 2003
El autor es licenciado en Psicología por el University College de Londres, doctor en la misma disciplina por la Universidad de Edimburgo y director de investigación en la Universidad de Hertfordshire. Es fundador de la Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias y ha publicado numerosos artículos en revistas de gran prestigio, como Nature. Hay, pues, que otorgarle algún crédito cuando promete realizar (según declara el subtítulo de este libro) "el primer estudio científico que enseña a atraer y a aprovechar la buena fortuna".
La indagación de que da cuenta este volumen trata, en primer término, de establecer por qué -como se dice- unos nacen con la estrella y otros nacen estrellados. El doctor Wiseman y sus colaboradores han seleccionado dos grupos de voluntarios, cuyo número es de muchos centenares, formados el uno por gentes a las que la suerte les sonríe, y el otro por personas con las que el destino parece haberse ensañado. Los grupos son lo suficientemente homogéneos en su diversidad como para autorizar las comparaciones del caso. Los investigadores han sometido a ambos conjuntos a una serie de pruebas, de diferente índole pero de igual pertinencia, en cuyo detalle -sin duda interesante- no podemos detenernos por razones de espacio. El resultado de esas pruebas es volcado en abundantes cuadros y diagramas, como corresponde a un estudio que procura identificar relaciones entre variables que pueden estimarse cuantitativamente.
Esta primera parte de la investigación concluye estableciendo cuatro principios básicos de la suerte. Una segunda parte consiste en la formulación de consejos prácticos dirigidos al aprovechamiento de aquellos principios, de modo que el lector pueda, digamos, controlar su estrella, atrayendo hacia sí la buena y alejando de sí la mala.
No sería lícito que reveláramos aquí esos principios y consejos, pero nos cabe decir que, según el doctor Wiseman, el ser afortunado no es asunto del destino, ni del azar, ni de la Providencia, sino de la actitud con la que cada cual encara la vida. Para invitar a la fortuna conviene ser más bien conversador que retraído; atender más bien a las corazonadas que al razonamiento; gustar de las novedades antes que de las firmezas; cultivar más el optimismo que la inteligencia.
Ahora bien, aun suponiendo que se trate de un genuino problema, que esté bien planteado y que las hipótesis que guían la investigación hayan sido corroboradas "científicamente", no es forzoso admitir sus resultados como una guía deseable para la vida. Sin ir más lejos, nosotros, modestamente, preferimos soportar toda clase de adversidades antes que ser los afortunados un poco tontos que el doctor Wiseman parece propiciar. (c) LA GACETA

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