Para tomar contacto con un dramaturgo único

Por Juan Antonio Tríbulo

06 Julio 2003
Esta cuidada reedición de los textos teatrales de Antón Chéjov (1860-1904) ofrece al lector la posibilidad de disfrutar de todas y de cada una de sus obras, breves y extensas (no se incluye El espíritu del bosque), y pone a disposición de actores y de directores una excelente versión en español, depurada y fluida, realizada casi en su totalidad por Galina Tolmacheva. Esta maestra rusa, pilar fundamental de la primera carrera corta universitaria de teatro, creada en Mendoza en 1948, que se había graduado en didáctica escénica en su tierra natal cuando el sistema de Stanislavski daba sus frutos, que emigró a nuestro país para sembrar pasión por el teatro, prologa la edición, en una condensada y valiosa normativa de la estética y la dramaturgia chejoviana, guía indispensable para los hacedores escénicos de los textos de Chéjov.
La edición cuenta con notas de Jorge Dubatti, que aportan datos y bibliografía anexa, que el especialista debería considerar a la hora de estudiar o poner en escena la obra del genial escritor ruso, a la que me permito recomendar se agregue Galina Tolmacheva o el teatro transfigurado, de Nina Cortese, Instituto Nacional del Teatro, Buenos Aires, 1998; Mi vida en el arte, de K. Stanislavski, Quetzal, Buenos Aires, 1981; y Mi experiencia teatral, de Nemiróvich-Dánchenko, Futuro, Buenos Aires, 1959, ya que relatan los pormenores de los fracasos y los éxitos de los estrenos y los procesos de búsquedas y hallazgos en las puestas del Teatro de Arte de Moscú.
De todas maneras leer -releer- en continuidad los textos de Chéjov implica un placer estético en sí mismo, y a la vez nos permite ahondar en el alma humana, descubrir facetas de una sociedad en un momento particular de la historia (la Rusia de fines del siglo XIX), tomar contacto con un autor único, creador de un estilo, y sobre todo, de un "clima" dramático que luego se identificaría como chejoviano. Esta escritura, emparentada con el impresionismo, incomprendida y rechazada en un primer momento, dejó improntas propias, reconocibles en autores que tomaron su esencia como modelo para construir sus propios mundos dramáticos (entre las obras nacionales, Nuestro fin de semana, de Roberto Cossa, 1966, es todo un paradigma). Cada una de las obras de Chéjov aporta un nuevo matiz, similar en cuanto a su tratamiento y problemática, pero a la vez distinto y particular. Las escasas acciones, los diálogos banales, lo que se oculta en las palabras, el subtexto como sustrato y caldera que deja entrever sus destellos en pausas y silencios y que, finalmente, estalla con toda la fuerza de las pasiones para volver a recogerse en una interioridad que permanece latente, que encierra, en definitiva, todo el sentido y el drama del hombre. La descripción de los sonidos, que el lector debe incluir en su reconstrucción imaginaria, sirven de contexto musical, a la vez real y simbólico. Los dramas personales inmersos en una crisis económica de una clase social, la aristocracia en decadencia, que muestra toda su fragilidad y desconcierto frente a un mundo que se derrumba, pero que a la vez, superando un aparente pesimismo, sirven para mantener una esperanza, que Chéjov pone en boca de Vershinin: "Me parece que en la tierra todo tiene que cambiarse poco a poco, que ya está cambiando delante de nuestros ojos. Dentro de cien, doscientos años... vendrá una vida nueva y feliz. Nosotros no vamos a participar de esa vida, claro está; pero estamos viviendo para ella ahora, trabajamos y... sufrimos; estamos creándola y sólo en esto reside el fin de nuestra existencia, y si quieren, nuestra felicidad". (Las tres hermanas, p. 233). (c) LA GACETA

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