06 Julio 2003 Seguir en 

El mundo contemporáneo muestra, entre muchas otras crisis, la confrontación entre una ética tradicional y un conjunto de hechos derivados de la biotecnología (clonación, trasplantes de órganos, conservación de "cadáveres" que respiran, bebés que nacen de madres "muertas", etcétera), hechos que no encajan en esa ética nacida en tiempos remotos y distintos.
Los estudios bioéticos intentan articular de manera coherente dos realidades antagónicas: los patrones morales -que son conservadores- y los adelantos en biotecnología -que son intensamente renovadores-. Es decir, los estudios de bioética encaran la difícil tarea de conciliar la tradición con el cambio. Y de tender, así, un puente entre las dos culturas, la científica y la humanística. ¿Podrán lograrlo?
La ética, como sistema de mandatos que procuran regular el comportamiento singular en el grupo, ha nacido desde concepciones religiosas del mundo y del hombre. Ellos trajeron cohesión a las agrupaciones reducidas desde donde se inició el ascenso hacia las sociedades más complejas. La solidaridad, el autosacrificio en favor del conjunto, la aceptación de objetivos comunes en la tribu, se vieron fortalecidos por la presión de los mandatos religiosos. La contracara ética de este beneficio fue que cada agrupación se sintió justificada al luchar y eliminar a otros grupos cuyas deidades y objetivos eran distintos.¿Cómo no valorar -en esa historia del ascenso humano- la novedad del evangelio cristiano cuando privilegia a todos los hombres con la condición de prójimo? La ética grupal se extiende, con el evangelio, a todos los miembros de la especie en estos lemas: "Ama al prójimo como a ti mismo"; "No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti". Y esta vez el prójimo es también el distante, el extranjero.
La enormidad del mensaje cristiano, claro está, es exigencia mayor para la bestia humana. Y si no, adviértase cómo el espacio físico donde convergen tres grandes religiones actuales (judaísmo, cristianismo, islamismo) es también el espacio de una interminable y cruel beligerancia. La moral inicial recupera aquí su territorio tribal y justifica para cada grupo su propia guerra santa. El universalismo, los elementos de una ética de "prójimo extendido", aterrizan en el feroz tribalismo territorial de "prójimo reducido". La lógica de las guerras relativamente laicas también acude al antiguo llamado tribal: se inician desconociendo la condición humana de sus adversarios. Nazis y comunistas, por ejemplo, restringen su evangelio a arios y a proletarios, respectivamente. El resto es perverso, inhumano y merece eliminarse. Lo mismo ocurre con otros genocidios a los que nos acostumbró el siglo XX.
La ética de prójimo extendido suscita nuestra admiración moral. Pero además del emocionalismo con que la acogemos, se revela espinosa cuando procuramos entenderla. La dificultad central radica en la noción de igualdad que trae consigo. Ampliar nuestro tribalismo primerizo para sentirnos partícipes de la gran tribu de la especie, exige ver lo distinto como igual. La diversidad humana es reducida a una común identidad bajo la certeza de que la vida humana es sagrada.
Pero a nadie escapan las enormes desigualdades entre nosotros. Cada vez que cruzanos una frontera advertimos el provincialismo de nuestros hábitos, tan distintos son de los usuales en el nuevo territorio. Y aun dentro de cada cultura, ¿acaso no conviven allí el solitario, el vagabundo, el ladrón, el enamoradizo, el desconfiado y el incauto? Y cuando una cultura cae en la atonía moral, en la indiferenciación de sus miembros por relajamiento de sus mejores reflejos espirituales, sentimos que el tango Cambalache tiene razón en criticarla: "Todo es igual/ nada es mejor/ lo mismo un burro/ que un gran profesor", reclama contra esa nivelada igualdad.
¿Qué significa, pues, que somos iguales en el evangelio de prójimo extendido?
Hay aquí un nudo de ideas y sentimientos, opaco a la percepción clara. "Libertad, igualdad, fraternidad", clamaban peronistamente los revolucionarios franceses del siglo XVIII, y activaban intensamente la guillotina para zafar del enredo que anudaban esas tres ideas. Porque decir libertad es lo mismo que reconocer las diferencias entre las personas, diversidad negada por el rencoroso reclamo de igualdad y fraternidad.
Esta paradójica adhesión y simultáneo rechazo ético de la igualdad, que estoy señalando, podría resolverse distinguiendo entre una deseable "igualdad ante la ley" y una indeseable "igualdad compulsiva", que desconoce la libertad de las personas y termina negando aquella igualdad ante la ley.
Pero me temo que tal distinción fracasa cuando aterrizamos en lo concreto. Volvamos al inicio y consideremos desde la bioética el antiguo mandato evangélico. Podemos formularlo de este modo para conservar su admirable legitimidad moral: "Todas y cada una de las vidas humanas tienen igual y elevado valor". Parece claro que cualquier genocidio pierde legitimidad si acogemos convencidamente ese mandato. (Nótese, de paso, que podríamos -y deberíamos- extender aún más nuestra ética e involucrar en ella la protección de animales y ecosistemas, tan maltratados por los miembros de nuestra especie).
Pero veamos esta contracara del asunto: ¿qué hacer, desde él, con muertos que sobreviven como vegetales, o con niños que nacen anencefálicos o con pacientes avanzados de Alzheimer o de otras enfermedades terminales?
Adviértase que desde nuestro admirable mandato -apoyado en la convicción: "toda vida humana es sagrada"- no podemos eliminar respirador artificial, ni antibióticos, ni alimentos a esos pacientes. ¿Es éticamente aceptable conservar esas vidas a cualquier precio? En estos días hay un médico perseguido por la Justicia en Estados Unidos por ayudar a bien morir a pacientes que se lo pidieron. ¿Es justa esa persecución legal, inspirada en el antiguo mandato? No si aceptamos, con igual vehemencia, que nuestra igualdad ante la ley, el derecho de elegir libremente sobre nuestras propias vidas.
Hay aquí un círculo perverso que desnaturaliza el tamaño inicial del mandato igualitario: el altruismo de prójimo restringido, propio de la tribu, queda atrás con el noble mandato ecuménico de prójimo extendido; porque si la vida es sagrada, estamos emparejados en deberes y derechos, y nadie puede violar las libertades de las personas; pero ocurre que desde esa igualdad, precisamente, nacen violaciones de los derechos personales. Hace pocos años, en Santiago del Estero, un paciente necesitado de transfusión sanguínea se negó a recibirla por pertenecer a Testigos de Jehová; el médico recurrió a un juez, quien ordenó la transfusión y violó la voluntad del paciente; los parientes apelaron y en la mora del trámite judicial el hombre falleció. ¿Estaba en lo justo ese juez al querer salvar esa vida -tan valiosa como cualquier otra vida humana según el antiguo mandato- o cometió la injusticia de no respetar el derecho de propiedad sobre la vida personal del paciente?
Los alaridos franco-peronistas "Igualdad, libertad, fraternidad" arremolinan fácilmente a sus emisores en torno de la tribu. Pero tienen el desdichado germen de conducirlos fatalmente -como ocurrió con aquellos líderes de la Revolución Francesa- a terminar bajo la guillotina que inicialmente manejaban. Es una de las formas del nudo paradójico que describo. Otra es la de esos pobres pacientes que no quieren continuar con su vida y se los obliga a hacerlo en nombre de un mandato admirable y cruel. (c) LA GACETA
Los estudios bioéticos intentan articular de manera coherente dos realidades antagónicas: los patrones morales -que son conservadores- y los adelantos en biotecnología -que son intensamente renovadores-. Es decir, los estudios de bioética encaran la difícil tarea de conciliar la tradición con el cambio. Y de tender, así, un puente entre las dos culturas, la científica y la humanística. ¿Podrán lograrlo?
La ética, como sistema de mandatos que procuran regular el comportamiento singular en el grupo, ha nacido desde concepciones religiosas del mundo y del hombre. Ellos trajeron cohesión a las agrupaciones reducidas desde donde se inició el ascenso hacia las sociedades más complejas. La solidaridad, el autosacrificio en favor del conjunto, la aceptación de objetivos comunes en la tribu, se vieron fortalecidos por la presión de los mandatos religiosos. La contracara ética de este beneficio fue que cada agrupación se sintió justificada al luchar y eliminar a otros grupos cuyas deidades y objetivos eran distintos.¿Cómo no valorar -en esa historia del ascenso humano- la novedad del evangelio cristiano cuando privilegia a todos los hombres con la condición de prójimo? La ética grupal se extiende, con el evangelio, a todos los miembros de la especie en estos lemas: "Ama al prójimo como a ti mismo"; "No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti". Y esta vez el prójimo es también el distante, el extranjero.
La enormidad del mensaje cristiano, claro está, es exigencia mayor para la bestia humana. Y si no, adviértase cómo el espacio físico donde convergen tres grandes religiones actuales (judaísmo, cristianismo, islamismo) es también el espacio de una interminable y cruel beligerancia. La moral inicial recupera aquí su territorio tribal y justifica para cada grupo su propia guerra santa. El universalismo, los elementos de una ética de "prójimo extendido", aterrizan en el feroz tribalismo territorial de "prójimo reducido". La lógica de las guerras relativamente laicas también acude al antiguo llamado tribal: se inician desconociendo la condición humana de sus adversarios. Nazis y comunistas, por ejemplo, restringen su evangelio a arios y a proletarios, respectivamente. El resto es perverso, inhumano y merece eliminarse. Lo mismo ocurre con otros genocidios a los que nos acostumbró el siglo XX.
La ética de prójimo extendido suscita nuestra admiración moral. Pero además del emocionalismo con que la acogemos, se revela espinosa cuando procuramos entenderla. La dificultad central radica en la noción de igualdad que trae consigo. Ampliar nuestro tribalismo primerizo para sentirnos partícipes de la gran tribu de la especie, exige ver lo distinto como igual. La diversidad humana es reducida a una común identidad bajo la certeza de que la vida humana es sagrada.
Pero a nadie escapan las enormes desigualdades entre nosotros. Cada vez que cruzanos una frontera advertimos el provincialismo de nuestros hábitos, tan distintos son de los usuales en el nuevo territorio. Y aun dentro de cada cultura, ¿acaso no conviven allí el solitario, el vagabundo, el ladrón, el enamoradizo, el desconfiado y el incauto? Y cuando una cultura cae en la atonía moral, en la indiferenciación de sus miembros por relajamiento de sus mejores reflejos espirituales, sentimos que el tango Cambalache tiene razón en criticarla: "Todo es igual/ nada es mejor/ lo mismo un burro/ que un gran profesor", reclama contra esa nivelada igualdad.
¿Qué significa, pues, que somos iguales en el evangelio de prójimo extendido?
Hay aquí un nudo de ideas y sentimientos, opaco a la percepción clara. "Libertad, igualdad, fraternidad", clamaban peronistamente los revolucionarios franceses del siglo XVIII, y activaban intensamente la guillotina para zafar del enredo que anudaban esas tres ideas. Porque decir libertad es lo mismo que reconocer las diferencias entre las personas, diversidad negada por el rencoroso reclamo de igualdad y fraternidad.
Esta paradójica adhesión y simultáneo rechazo ético de la igualdad, que estoy señalando, podría resolverse distinguiendo entre una deseable "igualdad ante la ley" y una indeseable "igualdad compulsiva", que desconoce la libertad de las personas y termina negando aquella igualdad ante la ley.
Pero me temo que tal distinción fracasa cuando aterrizamos en lo concreto. Volvamos al inicio y consideremos desde la bioética el antiguo mandato evangélico. Podemos formularlo de este modo para conservar su admirable legitimidad moral: "Todas y cada una de las vidas humanas tienen igual y elevado valor". Parece claro que cualquier genocidio pierde legitimidad si acogemos convencidamente ese mandato. (Nótese, de paso, que podríamos -y deberíamos- extender aún más nuestra ética e involucrar en ella la protección de animales y ecosistemas, tan maltratados por los miembros de nuestra especie).
Pero veamos esta contracara del asunto: ¿qué hacer, desde él, con muertos que sobreviven como vegetales, o con niños que nacen anencefálicos o con pacientes avanzados de Alzheimer o de otras enfermedades terminales?
Adviértase que desde nuestro admirable mandato -apoyado en la convicción: "toda vida humana es sagrada"- no podemos eliminar respirador artificial, ni antibióticos, ni alimentos a esos pacientes. ¿Es éticamente aceptable conservar esas vidas a cualquier precio? En estos días hay un médico perseguido por la Justicia en Estados Unidos por ayudar a bien morir a pacientes que se lo pidieron. ¿Es justa esa persecución legal, inspirada en el antiguo mandato? No si aceptamos, con igual vehemencia, que nuestra igualdad ante la ley, el derecho de elegir libremente sobre nuestras propias vidas.
Hay aquí un círculo perverso que desnaturaliza el tamaño inicial del mandato igualitario: el altruismo de prójimo restringido, propio de la tribu, queda atrás con el noble mandato ecuménico de prójimo extendido; porque si la vida es sagrada, estamos emparejados en deberes y derechos, y nadie puede violar las libertades de las personas; pero ocurre que desde esa igualdad, precisamente, nacen violaciones de los derechos personales. Hace pocos años, en Santiago del Estero, un paciente necesitado de transfusión sanguínea se negó a recibirla por pertenecer a Testigos de Jehová; el médico recurrió a un juez, quien ordenó la transfusión y violó la voluntad del paciente; los parientes apelaron y en la mora del trámite judicial el hombre falleció. ¿Estaba en lo justo ese juez al querer salvar esa vida -tan valiosa como cualquier otra vida humana según el antiguo mandato- o cometió la injusticia de no respetar el derecho de propiedad sobre la vida personal del paciente?
Los alaridos franco-peronistas "Igualdad, libertad, fraternidad" arremolinan fácilmente a sus emisores en torno de la tribu. Pero tienen el desdichado germen de conducirlos fatalmente -como ocurrió con aquellos líderes de la Revolución Francesa- a terminar bajo la guillotina que inicialmente manejaban. Es una de las formas del nudo paradójico que describo. Otra es la de esos pobres pacientes que no quieren continuar con su vida y se los obliga a hacerlo en nombre de un mandato admirable y cruel. (c) LA GACETA







