Nuestra actual desesperanza

Para LA GACETA - TUCUMAN

29 Junio 2003
Si algo en especial debiera preocuparnos a los argentinos del presente es la desesperanza generalizada que se advierte en nuestra sociedad, sin distinción de clases. Y no tanto sus orígenes ni sus causas, porque cada cual tiene sus explicaciones, en el fondo, coincidentes.
Lo que, realmente, a nuestro modo de ver nos obliga a reflexionar sobre el problema es este mal -el descreimiento- que dejaremos como herencia para generaciones venideras.
¿Cómo reconstruir un país sobre la base de la desesperanza? Imposible: ni en las más locas fantasías.
Quedan muchas preguntas sobre este tema, para que las contesten historiadores, sociólogos y psicólogos. Y hay otras que, aunque no se respondan, tienen mucho que ver, y explican, bien en el fondo, algo del problema.
¿Se acuerda de las invasiones inglesas (las estudiábamos en la primaria): 1806-1807? Una nación poderosa, dueña de los mares, dueña de buena parte del mundo, tuvo la peregrina idea de invadirnos, total, costumbre inveterada de los poderosos (y no me diga que en el presente es un uso en retroceso porque...) Sin embargo, la venció -repetidamente- un puñado de vecinos mal equipados, sin experiencia, pobrecitos.
Aparentemente. ¡Pero qué riqueza de fe y de pasión! ¡Qué unidad en torno de un ideal! ¡Qué pueblo!¿Se acuerda de los hombres de 1816? Llegaron a Tucumán (Fray Justo a lomo de mula, desde San Juan) y no precisamente en avión ni por autopista; a caballo o en diligencia, en quien sabe cuántos días por caminos inseguros e intransitables. Toda una hazaña.
¿Por qué estamos tan lejos de nuestros próceres? ¿Qué saben de sus vidas, de sus sacrificios, de sus esperanzas, los jóvenes desesperanzados de hoy? Ni siquiera leen los libros que hablan de ellos, que ni siquiera se editan, y que ni siquiera se comentan en las escuelas.
Eso sí, los jóvenes conocen al milímetro vida y milagros del roquero de turno, del bailantero de turno. ¡Qué subversión de valores!
Pero ¿qué pueden hacer los pobres chicos si no se les ofrece otra cosa?
¿Dónde están los modelos? ¿Quiénes son los culpables?
Meditemos. Y, a la vez, tratemos de revisar entre los escombros que nos quedan, los elementos con los que empezaremos a operar el cambio y a recomponer nuestra esperanza. Este ya es un principio de optimismo, dentro de la casi anestesia total que padecemos. Anestesia del alma: de impulsos, de rebeldía, de entusiasmo, de ganas, de compromiso, de...
No somos piedras. Sobre todo, tenemos dignidad y de ello hay pruebas elocuentes: el voto bronca y el voto contra. Silenciosa cachetada a los responsables del desquicio. Silencioso "¡Pará la mano o vamos por más!".
En plena pujanza de la Argentina de 1880, dos figuras literarias inmortales (siguen vivas en autores y obras memorables: Lugones, Martínez Estrada, Borges y en el recuerdo de la gente que, hasta no hace mucho, leía a nuestros clásicos): se entregan, bajan los brazos, quizás porque no tienen esperanza de ningún cambio: Martín Fierro y Vizcacha. Ambos ceden a la presión del entorno. Y así les va. Recordemos la leva obligatoria que arrastra a Fierro a servir en la frontera; las listas del cuartel, en las cuales no figura; los trabajos forzados, las hambrunas ("solíamos ladrar de pobres"), la payada final. Recordemos a Vizcacha y su especial noción de la justicia, su renuncia a la dignidad y a sus propios derechos tan avasallados que vaya a saberse si los conocía:

Y cuando él quiera enojarse (el juez) Vos te debés encoger
...........................................................
Nunca le llevés la contra
Porque él manda la gavilla.
Ahí sentao en su silla
Ningún güey le sale malo
¡Adelante con la majada! ¡Momentito! ¿Y el voto bronca? ¿Y el voto en contra de? Buenas señales. No tanta majada.
La vida de cualquier héroe literario puede ser nuestra vida, porque ellos no surgieron de la nada: los alimenta y sustenta y legitima un contexto, que somos nosotros. Por eso sus errores pueden servirnos de experiencia para no equivocarnos como ellos, para cambiar de métodos si hiciera falta.En nuestras cargas interiores, los pesos están nivelados: por un lado, nuestro desengaño actual debido a las estafas reiteradas, a las burlas sobre nuestra buena fe y, especialmente, por nuestra impotencia (¡Y cuidado con esto!). Por otro lado, nuestra memoria acumulada como pueblo: ¿no atravesamos los Andes, una utopía hace más de un siglo y medio? ¿No vencimos a los ingleses? ¿No triunfamos -triunfo impensado- con Belgrano en 1812? ¿No levantamos los pilares de un gran país en 1880? ¡Y bueno! ¿Qué estamos esperando?
Las grandes masas populares tal vez no piensan en esto, quizás porque no tuvieron oportunidad de que alguien sembrara en sus mentes estos datos; y en sus conciencias estos valores: los líderes se ocuparon de obnubilarlos, nada de educación, poco trabajo, dádivas y asistencialismo. Les convenía. "Un pueblo bárbaro elegirá siempre a Rosas", sentenciaba Sarmiento y, tras cartón proponía "educar al soberano". Precisamente lo que no hemos hecho, lo que no hacemos. Lo que no hacen los llamados conductores, sean humanos, sean electrónicos manejados por humanos.
Lo que acabamos de expresar no es una nostalgia del Paraíso perdido aunque en cierta manera se le aproxima. Es más bien una revisión, como un balance y un inventario de los elementos con que contamos, para reabrir la empresa: tenemos valores heredados (aunque hoy se enmohezcan en el desván) y no es este un patrimonio menor; tenemos capital humano valioso (cierto es, hoy relegado a los sótanos por los falsos mesías que fabularon con un país de maravilla, de maravilla para ellos) que podemos rescatar; sabemos bien lo que queremos, ¿o no? Tal vez no tengamos claro cómo lograrlo ¿o sí?
Pero nos tiene adormecidos la anestesia: nos cantaron el arrorró hasta dormirnos, con sonsonetes como "Argentina potencia", "Argentina primer mundo", "el mejor país del mundo", "no los voy a defraudar", "revolución productiva", "salariazo".Pero ¿quién habló la verdad? ¿Quién dijo: hay que trabajar a fondo. Hay que ser eficiente. Hay que ser honrado. Hay que merecer el salariazo, hay que hacerlo posible?
Bueno sería que algunos de los sesenta mil que en nuestra provincia se postulan para gobernarnos se animaran a que les tomáramos un examen acerca de estos temas planteados, para ver si merecen esos cargos a los que aspiran.(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios