29 Junio 2003 Seguir en 

En el borde de los límites estudiados por la psicología del humor, esta opera prima se transita si se toma como un testimonio pacifista. Sólo se tendría que coincidir con los propios regímenes de afección del autor, en tanto su negrísimo humor se acepte como la cara amable de la desesperación. Una apuesta riesgosa, suprimida por el Estado de Israel con una faja qué informan sobre su condición de novela censurada.
El libro está destinado al público de "inclinaciones continentales", en el presupuesto de que "quizás tales lectores no existan"; este es un equívoco discutido por el filósofo rumano Cioran cuando se propone a sí mismo como un pensador con el estatuto de apátrida, el mejor para un intelectual. El personaje Günther Wanker suscribiría estas concepciones filosóficas.
Acrobático ejercicio literario sobre ciertos estereotipos patrióticos que indudablemente rozan la sensibilidad del lector que conoce y padeció el material tratado por Gilad Atzmon en esta, su primera novela (existe una "Guía de los descarriados" firmada por Maimónides en el siglo XII, informan los traductores): ese material es la guerra, el Estado de Israel, la compleja situación entre judíos y palestinos, el sionismo, el antisionismo, el sufrimiento del pueblo palestino, el proceso de nazificación de los dirigentes del pueblo de Israel, y los amores del personaje central, Günther Wanker. Casado con Eva, mujer aria con quien tendrá un hijo, Gustav, futuro jefe de la Luftwaffe alemana, nos remite al pasado de la Alemania nazi en un permanente y provocativo juego de identificación con el agresor.
El tratamiento de las tradiciones y la simultánea obstinación tanática de los pueblos se armonizan en la pacífica coincidencia ecuménica de la sexualidad y las apetencias gastronómicas de una comida típica, por ejemplo el sabiaj, una especie de "encuentro cósmico" de diversas culturas. La sexualidad y la ingesta se presentan como actividades de Eros que unen, superando los odios raciales e ideológicos.
Valiéndose de la técnica del monólogo, el autor exhibe los horrores y la estupidez de la guerra, la trágica inutilidad del desperdicio de vidas humanas y la miopía de los dirigentes, presentando a Günther como un experto en la ciencia del voyeurismo. Pero la ferocidad de su crítica no le impide deslizarse al recurso ingenuo de una sexualidad perversa con una práctica, transportable muñeca inflable, el refugio en paraísos artificiales de una erótica ideal y no demandante; en este edulcoramiento de su mirada impiadosa tampoco nos priva beber de una terminología psicológica y psicoanalítica un tanto vulgarizada.
Creo que Atzmon (nació en Israel, hoy escritor y músico exiliado en Londres) ha caminado y sufrido los suburbios de los que habla Günther: "En esos días de enfrentamiento fálico por la paz, de tanta lujuria, llegué a identificarme con el sufrimiento del pueblo palestino"; hay aquí algo de la máquina de coser sobre el mostrador de la carnicería surrealista, una vena de humor negro como "expresión suprema de una inacomodación convulsiva", según lo define el poeta yugoslavo Marco Ristich. Ahora, este humor corrosivo, por momentos satura en su vocación por el escándalo; por su misma voracidad nos tienta a ir un poco más allá, a exigir una guía para nuestro propio desconcierto que examine más a fondo un mundo de ilusorios megaproyectos nacionalistas o la burla que Günther (es poco decir antihéroe) se aplica a derramar sobre sí mismo.
Con una escritura expulsiva, pero siempre controlada, Atzmon conduce al descarriado Günther Wanker hacia esa meta antibélica de pulverización de prejuicios histórico-políticos y a nosotros, a confirmar que la osadía, per se, no es sinónimo de gran literatura.(c) LA GACETA
El libro está destinado al público de "inclinaciones continentales", en el presupuesto de que "quizás tales lectores no existan"; este es un equívoco discutido por el filósofo rumano Cioran cuando se propone a sí mismo como un pensador con el estatuto de apátrida, el mejor para un intelectual. El personaje Günther Wanker suscribiría estas concepciones filosóficas.
Acrobático ejercicio literario sobre ciertos estereotipos patrióticos que indudablemente rozan la sensibilidad del lector que conoce y padeció el material tratado por Gilad Atzmon en esta, su primera novela (existe una "Guía de los descarriados" firmada por Maimónides en el siglo XII, informan los traductores): ese material es la guerra, el Estado de Israel, la compleja situación entre judíos y palestinos, el sionismo, el antisionismo, el sufrimiento del pueblo palestino, el proceso de nazificación de los dirigentes del pueblo de Israel, y los amores del personaje central, Günther Wanker. Casado con Eva, mujer aria con quien tendrá un hijo, Gustav, futuro jefe de la Luftwaffe alemana, nos remite al pasado de la Alemania nazi en un permanente y provocativo juego de identificación con el agresor.
El tratamiento de las tradiciones y la simultánea obstinación tanática de los pueblos se armonizan en la pacífica coincidencia ecuménica de la sexualidad y las apetencias gastronómicas de una comida típica, por ejemplo el sabiaj, una especie de "encuentro cósmico" de diversas culturas. La sexualidad y la ingesta se presentan como actividades de Eros que unen, superando los odios raciales e ideológicos.
Valiéndose de la técnica del monólogo, el autor exhibe los horrores y la estupidez de la guerra, la trágica inutilidad del desperdicio de vidas humanas y la miopía de los dirigentes, presentando a Günther como un experto en la ciencia del voyeurismo. Pero la ferocidad de su crítica no le impide deslizarse al recurso ingenuo de una sexualidad perversa con una práctica, transportable muñeca inflable, el refugio en paraísos artificiales de una erótica ideal y no demandante; en este edulcoramiento de su mirada impiadosa tampoco nos priva beber de una terminología psicológica y psicoanalítica un tanto vulgarizada.
Creo que Atzmon (nació en Israel, hoy escritor y músico exiliado en Londres) ha caminado y sufrido los suburbios de los que habla Günther: "En esos días de enfrentamiento fálico por la paz, de tanta lujuria, llegué a identificarme con el sufrimiento del pueblo palestino"; hay aquí algo de la máquina de coser sobre el mostrador de la carnicería surrealista, una vena de humor negro como "expresión suprema de una inacomodación convulsiva", según lo define el poeta yugoslavo Marco Ristich. Ahora, este humor corrosivo, por momentos satura en su vocación por el escándalo; por su misma voracidad nos tienta a ir un poco más allá, a exigir una guía para nuestro propio desconcierto que examine más a fondo un mundo de ilusorios megaproyectos nacionalistas o la burla que Günther (es poco decir antihéroe) se aplica a derramar sobre sí mismo.
Con una escritura expulsiva, pero siempre controlada, Atzmon conduce al descarriado Günther Wanker hacia esa meta antibélica de pulverización de prejuicios histórico-políticos y a nosotros, a confirmar que la osadía, per se, no es sinónimo de gran literatura.(c) LA GACETA







