Magnicidio, forma especial del asesinato

Por Silvia Valassina

29 Junio 2003
Según Julio Sierra, el autor de este libro, el magnicidio es una forma particular de asesinato. Sus diferencias con el asesinato radican en que mientras este último normalmente se produce en forma solapada, o, por lo menos, con la intención de ocultarlo, el magnicidio es público. Otra diferencia estriba en sus objetivos. El magnicidio busca cambiar la historia, acabar con un símbolo o alterar un cierto orden político. Por esta razón la víctima de este crimen suele ser elegida por lo que representa y no por sus características personales. De alguna forma, el magnicidio se asemeja al parricidio porque sus consecuencias afectan a toda una comunidad; y por ello, según resalta el autor, es imprescindible recordarlos y analizar las circunstancias que llevaron a perpetrarlo.
La historia nos ofrece innumerables casos de magnicidio. Tiberio Graco, elegido tribuno de la plebe en Roma en el año 134 a.C., fue muerto por una revuelta provocada por los senadores que se oponían a sus revolucionarias reformas, que implicaban, entre otras cosas, el reparto equitativo de tierras. Julio César fue ultimado por senadores romanos que consideraban este crimen un acto de patriotismo para mantener la república. Otros emperadores, como Nerón, Calígula, Vitelio y Heliogábalo, tuvieron finales similares. ¿Tiene el magnicidio un origen político? Sierra sitúa sus orígenes en el mundo islámico del siglo XI, cuando Hasan-e Sabbah se negó a reconocer al nuevo califa de Persia. Sus seguidores adoptarían el terrorismo y el asesinato político como deber religioso. Hasan les daba a sus discípulos una droga alucinógena proveniente del cáñamo de la India (hachís) para hacerlos más maleables a sus órdenes. Estos homicidas fueron llamados Hashshashin, que significa "los que fuman hachís", y de allí el origen de la palabra asesino.
En este libro se narra la historia de trece magnicidios ocurridos en el siglo XX: los de Francisco Fernando de Habsburgo, Rasputín, Nicolás II de Rusia, Trotsky, Mahatma Gandhi, John F. Kennedy, Robert Kennedy, Martin Luther King, Anwar el-Sadat, Isaac Rabin, Indira y Rajiv Gandhi, John Lennon y Gianni Versace. Los últimos dos casos no responden a motivaciones políticas como el resto, ya que fueron perpetrados por psicóticos. Su inclusión se debe a la repercusión mediática y a la fama de sus víctimas. En los otros once casos el denominador común es la intención de los victimarios de generar cambios históricos radicales en materia política. La mayoría de las víctimas se identificaba con proyectos que contenían reformas revolucionarias. El autor del libro no esgrime teorías originales sobre las causas ni sobre el trasfondo de los magnicidios. Se limita a reseñar los hechos apoyado en las tesis más aceptadas en los distintos casos. La excepción a esta regla es la de J.F.K., donde explora hipótesis alternativas a las más difundidas. Se trata de un libro atractivo por su temática pero poco novedoso en cuanto a su contenido. Resultará interesante para aquellos que ignoran las tramas que rodearon a estos crímenes, pero redundante y simplista para los que las conocen. (c) LA GACETA

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