El evangelio americano

Por Marcelo Gioffré, para LA GACETA - BUENOS AIRES

29 Junio 2003
La película "Pandillas de Nueva York" exhibe la violencia en estado puro, la manera más brutal de resolver los conflictos; muestra, en fin, el erotismo de la sangre. El gran escritor Ralph Waldo Emerson, al enterarse de la rendición de Robert E. Lee ante el general Grant, en la Guerra de Secesión, exclamó: "Es una gran suerte que los rebeldes hayan sido vencidos en lugar de negociar con ellos". Lo que venía a señalar Emerson era que las disputas deben zanjarse.
El auge inaugural de Norteamérica estuvo signado por tres enormes cimbronazos: la guerra de independencia que conquistó la fachada atlántica; la campaña fácil e inmensa del far west, ese territorio lleno de indios y búfalos; y la guerra civil entre el norte abolicionista, urbano y, por sobre todo, industrialista, y el sur esclavista, aldeano y sobre todo agrarista (ese sur patentizado simétrica e inocentemente en "La Cabaña del Tío Tom", del lado de los esclavos, y en "Lo que el viento se llevó", del lado de los patrones). Pero al mismo tiempo todo el país, lejos de paralizarse con estos pugilatos reguladores, y en gran medida gracias a ellos, bullía de dinamismo emprendedor. Las nuevas oleadas inmigratorias de alemanes e irlandeses (como se ve en "Pandillas"), predominantemente católicas, terminaban por adaptarse y asimilarse al sistema de vida, otorgando mano de obra barata a las ciudades y aumentando la demanda sobre las nuevas tierras. Así, la religión, originalmente puritana, iría mutando hacia una fe mística, muy alejada del laicismo o del ateísmo, pero que tendía a matizarse con elementos materiales que desembocarían en la religión de la máquina primero, y más tarde, en la religión del american way of life. No por nada la imagen de George W. Bush se asemeja a la de un pastor mediático dirigiéndose a la feligresía planetaria. Y no por nada tanto la religión como la ciencia ofrecen al hombre la felicidad en recintos más o menos dudosos que aparecen en el futuro: el cielo propiamente dicho o el cielo tecnológico. Esa cohesión de los hombres y sus religiones tuvo mucho que ver con un sistema que ejercía una fuerza coaccionante y centrípeta, de la que nadie podía escapar. Todo el país trabajaba y se movilizaba en busca de progreso y el criterio dirimente en torno de las clases sociales era únicamente el dinero. Junto con la frontera que iba desplazándose hacia el oeste, también avanzaba el capitalismo en esa dirección. El farmer que recibía su parcela la cultivaba frenéticamente, obsesionado con acumular el capital de dos buenas cosechas, vender el fundo a los nuevos inmigrantes y trasladarse más hacia el oeste para volver a comenzar el proceso. El verbo clave era progresar. Lo formidable de esta vasta operación es que allí reside el núcleo del capitalismo puro: la insatisfacción enfermiza, la innovación constante y la idea de tiempo lineal progresivo. Esta lógica anida secretamente en todos los juegos infantiles urdidos por el alma americana, como el counter strike, cuya sucesión de niveles incesantes exige una escalada hacia un cielo inasible pero tentador, lo cual contrasta con los viejos juegos como la calesita, el yo-yo o la rayuela, cuyo universo cerrado contiene metas alcanzables, a escala humana, y está inspirado en la idea conservadora de tiempo circular.
Pero este empuje constante, este avance arrollador del pueblo americano, ¿hubiera sido posible sin las sucesivas mareas de violencia? Compárese este proceso casi litúrgico de los inmigrantes yendo hacia el oeste con nuestras bulímicas campañas al desierto, para no hablar del fenómeno exactamente inverso de los migrantes internos, en la época de Perón, que vinieron a concentrarse en el cinturón del Gran Buenos Aires, o con los empresarios que vendieron sus compañías en los años 90 para limitarse a transferir los dólares percibidos a cuentas en el exterior y abocarse a la molicie.
Para bien y para mal, bajo este prisma debe entenderse a la sociedad norteamericana como una sociedad tosca y mística, que concibe su misión como un designio divino y fabuloso. De los episodios de "Pandillas de Nueva York" a George W. Bush, pasando por la filosofía de Spencer y Dewey, por el delirante alunizaje del Apolo XI o por el triunfo arrollador sobre la U.R.S.S. en la Guerra Fría, está claro el sentido regulador de la violencia: crecen en la misma medida en que va haciéndose evidente quiénes ganan y quiénes pierden. Va la violencia como una locomotora y atrás va la caravana de vagones de la economía: el big stick y el Big Mac. Así, la "evangelización" de Irak estaba ya inscrita en el ADN de la lógica americana.

El caso argentino
El caso argentino es simétricamente inverso. Los conflictos nunca terminan de dirimirse; es una larga historia de peleas soterradas y de equívocos. La Revolución de Mayo no se hizo con todas las letras, sino bajo la invocación de la máscara de Fernando VII; en la disputa poco caballeresca entre unitarios y federales no hubo un triunfador unívoco; el progreso de la Generación del 80 llevó acuñada la mancha del fraude electoral y en la llamada "guerra sucia" el que ganó militarmente perdió en el plano de la opinión pública. Los asesinatos políticos nunca se blanquean, nunca adquieren categoría de penalidad, y con frecuencia encuentran explicación en vagos suicidios o inciertas enfermedades, empezando por Mariano Moreno y llegando a Lourdes Di Natale, pasando por Facundo Quiroga, por la Mazorca rosista, por Juan Duarte, por la masacre en los basurales de José León Suárez, por los episodios de Trelew, por Yabrán, por los desaparecidos de la dictadura militar, por el brigadier Etchegoyen o por Catáneo. Nuestras muertes son travestidas y resbaladizas. Sólo Liniers fluye como una de las pocas excepciones relevantes, confirmatorias de la regla. La muerte inaugural de Mariano Moreno es, en este sentido, absolutamente emblemática, porque con su oscuro óbito se desvaneció en la Argentina la posibilidad de un gobierno ilustrado, liberal, democrático y con una visión enérgica sobre la administración de la fuerza, para abrirse el grifo histórico de los Calígulas bonachones, de un tipo de líder popular que combina la imagen de prodigalidad y el aire levemente erótico de los decadentes.
La ley es también una forma de violencia, porque es la herramienta de un orden que unos imponen a otros. Pero es una violencia racionalizada. El evangelio americano siempre tuvo claro que los que legislaban habían ganado ese derecho por ser triunfadores; por eso la ley trasuntaba esa seguridad y el perdedor estaba conforme en acatar y cumplir la norma, aunque no le gustara. En nuestro caso, en cambio, la ausencia de ganadores y perdedores nítidos hace de la ley un instrumento provisorio y blando: ni los que legislan se animan a legitimar sus preferencias profundas, ni los que son ajenos a su dictado están predispuestos a respetarla, porque no se sienten perdedores. Así, la ley es un friso decorativo. Ley y violencia se fusionan en un revoltijo promiscuo, entrelazando constantemente normas y jurisprudencias homologantes de su violación, impuestos y previsibles moratorias. Es la venganza de esa violencia mal canalizada, que tiende a manifestarse por donde puede: diluida pero eficaz, se propaga por todos los ganglios de la sociedad y atraviesa la propia ley, como un entretejido que le fuera implantado a un calvo directamente en las terminales del cerebro.

La doble enseñanza
Con una ley internacional tan blanda como nuestras normas domésticas, los americanos, con su filosofía de la flecha del tiempo, empujan al mundo a difíciles encrucijadas éticas. La Argentina (esa suerte de Estados Unidos en que hubiera ganado el sur), a su vez, se debate en su desgastante aporía onanista, en los meandros de su violencia descremada y paralizante. Entre estos dos modelos extremos, deberá abrirse paso la noción de tiempo en espiral.(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios