En el tenso clima previo al asesinato de Julio César

Por Eugenia Flores de Molinillo

18 Mayo 2003
La imaginación creadora de Thornton Wilder (1897-1975) se inclinó siempre a mostrar que la vida en general es un raro privilegio y que las existencias particulares se asemejan entre sí más de lo que creemos. Su producción buscó la ambientación sociohistórica precisa, desde el Perú colonial en El puente de San Luis Rey (1928) hasta la prehistoria en La piel de nuestros dientes (1943), novelas ambas y, en teatro, desde la bellamente provinciana Nuestro pueblo (1938) hasta la muy neoyorquina La casamentera, origen del exitoso musical Hello, Dolly.
Una excelente traducción de María Antonia Oyuela nos acerca ahora a Los idus de marzo, novela ambientada en la enrarecida atmósfera de una Roma que marcha, entre intrigas y ambiciones, hacia el asesinato de César, magnicidio que marcaría el fin de la República y la instauración del Imperio. Wilder elige el estilo epistolar para pintar este momento pivotal de la historia, urdiendo un copioso intercambio de correspondencia en el que intervienen César y muchos de los que rodean: el notable Cicerón, sus últimas esposas, Pompeya y Calpurnia, su prudente y cariñosa tía Julia, la desprejuiciada Clodia Pulcher, amante del poeta Catulo (entre otros), el propio Catulo, la mismísima Cleopatra de visita en Roma, Bruto y su esposa Porcia, en fin, hombres y mujeres vinculados a la elite del poder y cuyas ideas y pasiones afectarán la marcha de los acontecimientos.
Wilder no teme incurrir en algún anacronismo, como ubicar a sus romanos ilustres en un "club de natación y ajedrez", o fechar algunas cartas el "año 45 a.C.", como si quien la escribe pudiera saber que Jesús nacería 45 años después. Estos detalles no perjudican el efecto que Wilder parece querer lograr, el de pintar a César como un hombre de autoridad y eficiencia poseedor de cualidades que lo hacen un diestro conductor de hombres y un incansable organizador, pero, como todo hombre, consecuencia de la trama histórica a la que pertenece y de su propia biografía, y capaz de mirarse a sí mismo y ver justamente eso: un ser cuya condición humana lo inclina a la búsqueda del amor y el poder y, en su interior, a la de inalcanzables certezas existenciales y metafísicas. Un supuesto "diario epistolar" que César dirige a su amigo Lucio permite al autor hacer que su protagonista se explaye con toda libertad sobre temas tan diversos como la religión, el poder, las mujeres, mientras a su alrededor las pasiones van preparándole su holocausto personal.
Una breve introducción aclara el carácter ficcional de los "documentos" que urden la trama. Los anónimos incriminatorios acerca de las conspiraciones contra César, confiesa el autor, "están inspirados en acontecimientos de nuestra época", lo que permite adivinar los tristes preludios del macarthismo, dentro de un contexto histórico en el que también un general victorioso (Eisenhower) está a cargo del gobierno. Hay por allí un párrafo que reafirma el axioma aquel sobre que la historia se repite, y que Wilder pone en boca (o en pluma) de la tía Julia: "Vivimos en una ciudad donde el oro es más influyente que la opinión pública: me cuentan que todos los días se congrega una multitud frente a las casas de los jueces, y escupe muros y puertas". Cualquier coincidencia...(c) LA GACETA

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