Ese perfil poético que subyace en ciertas conversaciones

Por Fernando Sánchez Sorondo

18 Mayo 2003
El reportaje es un subgénero de grandes posibilidades que merece acceder al formato de libro; especialmente, cuando, como en este caso, el lenguaje rítmico, personal, climático, conjugado por el entrevistador, alcanza un color definitivamente literario.
Ya en el prólogo del volumen, la autora advierte que un día reflexionó acerca de cómo había llegado desde la poesía al reportaje y descubrió el porqué. En sus propias palabras, nos dice: "El poeta, al escribir, escudriña dentro de su alma y de sus sentimientos. El reportaje lo hace también dentro del alma y de los sentimientos de los demás, y de ellos extrae la poesía de todos los días, la de las palabras sencillas".
Efectivamente, en "Mis reportajes", Victoria Pueyrredón conjuga artesanalmente ese perfil poético que subyace en ciertas conversaciones.
Cuando indaga en el entrevistado, lo hace desde un doble abordaje; va de la pregunta aparentemente elemental (a los escritores, por ejemplo: ¿usted escribe a mano o a máquina?; ¿cuáles son sus influencias?) a las verdaderamente esenciales, sin amedrentarse por lo trilladas que puedan sonar (¿qué es el éxito? ¿Usted es feliz?). Así, de lo íntimo a lo mundano, de lo interior a lo exterior, va despegándose ágilmente del cuestionario, que claramente no le atrae. Por el contrario, la autora ejercita una sabiduría mayéutica; realmente quiere aprender algo en cada pregunta (lo hace aun pudiendo suponer su respuesta) como sucedía con los maestros griegos cuando interrogaban a sus discípulos, no a modo examinatorio, sino verdaderamente exploratorio.
Estas páginas están signadas por una "apertura" en todo sentido. La misma amplitud de intereses, convertida en talento periodístico para alimentar una charla, emerge también en la multiplicidad con que se nutre la nómina de sus entrevistados: Nélida Lobato, Jorge Luis Borges, Horangel, Ernesto Sábato, Julio de Caro, Leopoldo Marechal, Astor Piazzolla, Manuel Puig, María Elena Walsh. Es claro que a Victoria Pueyrredón no le interesan tanto la literatura, la música, el espectáculo, como la fascinante dimensión humana. Le interesa el núcleo de la manifestación cultural que se esconde en la inquietud del autor, en su capricho, en su sinceridad.
Le interesa, en definitiva, eso que palpita fantasmagóricamente en cada obra de cualquier género, fertilizando el desierto del sonido, de la palabra, del color con el hombre mismo, puesto allí para desbaratarlo todo, para darle verdadero color, música, poesía, acción, el mero transcurrir biológico. Y eso nos interesa a todos.
Con litúrgica persistencia, Victoria Pueyrredón suele reincidir, cuando interroga a diferentes escritores, en las mismas preguntas (¿qué título tendrá su propia novela? ¿Qué fue lo mejor que escribió?). No son interpelaciones acerca de la vida privada, sino todo lo contrario, pero sabemos que por alguna razón serían indagaciones "molestas" para muchos autores. Aquí, sin embargo, le contestan ampliamente, con la generosidad de quien se sorprende ante un pedido honesto, nacido en el interés genuino de un colega, sin especulaciones. El efecto que consigue esta costumbre, compilada en un volumen, se parece al de un mantra cuya acción redefine a todos los demás sonidos circundantes; las reacciones sorprendentemente tan distintas expresan, de golpe, un universo agazapado en cada interlocutor.
La resultante de estas conversaciones, es cierto, permite atisbar en el alma del entrevistado, pero en cierto modo, como cuando leemos un texto que nos conmueve, permite a su vez respirar algo del alma propia, viéndonos parcialmente reflejados en un comentario, en una omisión; hasta en un silencio. (c) LA GACETA

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