Relato que huele a río, a carne quemada, a máquinas oxidadas

Por Daniel Seghezzo

18 Mayo 2003
Cuando al viento se lo animiza como un "rumor explicativo" que no viene a nosotros, entonces el viento ya es un personaje más de la fatalidad. Los personajes de "El astillero", Larsen, Gálvez, Kunz, Petrus o Angélica, serían imposibles sin la fuerza estética del viento como ese rumor explicativo, a lo largo de toda la novela.
Si bien Onetti no aceptaba que el lenguaje fuera un personaje más de la novelística, aquí se lo desmiente en el abundante archivo de "El astillero" con figuras muy surtidas entre las que escogemos los "júbilos vengativos" y unos "cenotafios de yuyo", todos jugueteando en la bellísima "paz coagulada de la noche".
"El astillero" (1961, eslabón de la zaga de Santa María, transcurre en la ciudad -espacio mítico del mismo nombre, inspirada, dice Onetti, en la existente ciudad de Paraná (Entre Ríos)-. Inaugurado con "La casa en la arena", este ciclo narrativo se continúa en la novela fundacional de Santa María, "La vida breve" (1950), y concluye con "Dejemos hablar al viento"; Onetti soñaba habitar mundos paralelos como el de Santa María, "en los que fuera posible respirar y no tener miedo".
El premiado con el Cervantes de 1980, que no tuvo (ni tampoco le importó tener) una teoría de la creación literaria que diera cuenta de toda su narrativa, sí hubiese aceptado gozoso habitar los mundos de William Faulkner, su venerado "padre y maestro mágico". Hablar en esta novela de una atmósfera faulkeriana sería para el secretario de redacción del semanario "Marcha", recibir una mención acostumbrada y elogiosa; tanto admiraba al escritor norteamericano, de quien decía ser, sencillamente, su plagiario.
"El astillero" trata la historia del proxeneta Larsen (también llamado Junta o Juntacadáveres) que vuelve a Santa María a redimirse después de haber fracasado con el prostíbulo. Allí acepta el juego que le propone el dueño Jeremías Petrus (inspirado en un señor Fleitas, efectivamente dueño de un astillero arruinado en el Dock Sur de Buenos Aires o tal vez en Rosario, y al que Onetti conoció); el juego de convertirse en el Gerente General que va a triunfar levantando la producción para recuperar la prosperidad perdida. El autor nos sumerge en una melancólica atmósfera por la que transitan los ayudantes Gálvez y Kunz, entramando la historia a través de relatos-testigo que desanudan las ambiguas motivaciones iniciales de Larsen.
Con dulzura y con algo de paciencia, Onetti nos diagnosticaría como afectados de "literatosis" (feliz término de su cosecha reservado al ámbito crítico literario) si sugerimos una metáfora de la soledad o del fracaso; pero en un imaginario diálogo con el escritor rioplatense, sí sostendríamos que el clima de la novela armoniza con su inapelable concepción del artista, aquel "hombre capaz de soportar que la gente se vaya al infierno, siempre que el olor de la carne quemada no le impida continuar realizando su obra". Y "El astillero" huele a carne quemada, a río, a ciénaga, al óxido de las maquinarias abandonadas, a los omnipresentes perros olisqueando a los personajes; perros personificados del mismo modo que el silencio, la lluvia, el frío, el ulular del viento, y las reiteradas fijaciones visuales de los dientes de Gálvez o de Petrus.
Como una cuña, mientras escribía "Juntacadáveres" y caminaba por su departamento, un día se le incrustó a Onetti el final del proxeneta Larsen. Entonces interrumpió "Juntacadáveres", para arremeter con "El astillero". Pero estos son datos periféricos, para la acumulación obsesiva y puntillosa del exégeta: lo imperativo de esta novela es dejarse inundar por una experiencia estética que, parafraseando a Mario Benedetti, nos aproxime a una "formulación onírica de la existencia".(c) LA GACETA

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