
Hijo contestatario de un medio inhóspito
"Pobreza, ignorancia, suciedad, aburrimiento: eso era la vida en San Juan de la Frontera a principios del siglo XIX", anota Martín de Moussy al observar esa chata pero linajuda aldea en decadencia. Arrinconada al pie de la cordillera y a trasmano de los grandes caminos coloniales, desde siempre tan desfavorable posición había hecho trabajoso su desenvolvimiento; pero fue sobre todo la apertura comercial inaugurada con el virreinato rioplatense lo que desató la crisis de la producción sanjuanina, incapaz de competir con las frutas secas y vinos importados de ultramar. En esa población de mentalidad arcaica, se conservaba celosamente la rigidez de su estructura jerárquica, la familia de Sarmiento participaba de la ambivalente condición en que se hallaban los "decentes pobres", es decir del grupo de descendientes de hidalgos blancos venidos a menos, obligados a sobrellevar -en doloroso contraste-, con la altivez propia de su estirpe, las duras vicisitudes de una vida miserable.
Tal es el punto de partida: una posición social desfavorable en un villorrio empobrecido y quieto que se hundía lentamente, cuyos tres mil moradores de terrosas casas ocupaban una planta urbana de pocas manzanas separadas por calles angostas y carentes de empedrado. Aislados, languidecían, ignorantes de lo que ocurría en el mundo. Nada podía suceder allí, a no ser algún sismo andino, que alterase el rudimentario y monótono vivir cotidiano, en medio del derrumbe general. Sin embargo, imprevisiblemente, a esa tierra de sequedad extrema, polvo y piedra, con su espinosa vegetación montaraz y sus bíblicas plantas de cultivo, le saldría un hijo contestatario en lucha perpetua contra el medio poco amable, quien como protesta viviente al emparedamiento cordillerano, se alzaría, vigoroso y sólido, para superarlo. En antagonismo con el arenal circundante que encierra y aísla, él labraría su obsesión por el cable y el riel, que liberan y vinculan. A despecho de las escasas acequias que brindan un exiguo suministro de aguas frescas a las fincas y huertas sanjuaninas conteniendo su expansión, él prodigaría a raudales, a borbotones, sin reserva alguna, los frutos de su poderoso cerebro y haría de su vida un río caudaloso y agitado derramándose a torrentes. Al derruido paisaje del terruño natal grabado en su retina de niño, que tan pocas oportunidades le ofreció a su voracidad de saber, le opondría la visión de ensueño forjada por su alma indómita de un destino venturoso fundado en la extensión de la educación popular. Y asistido por la convicción indubitable de que su voluntad lograría sobreponerse a los condicionamientos hostiles, a los que no solamente se debía resistir, sino también vencer, Sarmiento sería una saeta lanzada desde la barbarie hacia la civilización.
La vida como lucha inclaudicable
El huracanado sanjuanino se nos presenta como el raro arquetipo del hombre de genio volcado a la acción, hacedor empecinado, voluntarioso hasta la omnipotencia, al que exaspera la intelectualidad pusilánime. Polifacético, complejo, muchas veces contradictorio, pero siempre frontal y sincero, pocos como él han suscitado tanta polémica. Remanidamente se lo acusó de megalómano, corifeo de la entrega, enemigo de la tradición, de España, del gaucho, del indio, del catolicismo... Sin embargo, nada ha podido impedir que la trascendencia de su figura fuese cada vez más nítidamente advertida.
Cómo no rescatar a ese Sarmiento lanzado a la conquista del futuro, rebelado contra la adversidad, que no se resigna a tolerar mansamente que su existencia sea arrastrada por las circunstancias, que vive cada instante de su vida como una milicia, persuadido de que indefectiblemente todo se doblegaría ante su imperiosidad. Sucede que se percibe a sí mismo como hombre-símbolo y por eso intuye que no era únicamente su persona lo que estaba en juego: "En mi vida tan destituida, tan contrariada y sin embargo tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble, me parece ver retratarse esta pobre América del Sur, agitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por desplegar las alas y lacerándose a cada tentativa contra los hierros de la jaula que la retiene encadenada". Pero nada amengua su entusiasmo exuberante, que proviene de la confianza en sí mismo proyectada a su patria, con la que siente una honda identidad: cree que no es casual haber nacido a los nueve meses de producida la Revolución de Mayo. Por eso no trepida en castigar duramente los defectos de los suyos: es decididamente cruel porque le duele la áspera realidad de su bárbaro país, tan fuertemente adherido a las entretelas de su alma.
Disconforme insobornable, no duda en empeñar cada milímetro de su persona en el combate diario y eterno por transformarlo. Deja en él pedazos de la piel. No sabe darse a medias. Es un ser irradiante en perpetua actitud de docencia, que se enfurece ante los hábitos de atraso e indolencia de sus paisanos, tornándose entonces lapidario, fustigador, brutal. En esa lucha Sarmiento no pide ni da tregua, y sólo esgrime este único descargo: "He amado mucho, he amado a mi madre y he amado a mi patria y muchos de mis pecados me serán perdonados".
La obsesión por el progreso
Al procurar penetrar con su agudo intelecto la realidad en la que está inmerso, la interpreta escindida en la antinomia civilización y barbarie, que puede ser traducida en términos de libertad-necesidad. En ese esquema, Sarmiento apuesta su vida al triunfo del progreso, cuyo grado mide por la libertad política y la propagación del bienestar colectivo; por eso -sublimando sus carencias, que convierte en ideales- confiesa ser su pretensión "dejar por herencia millares en mejores condiciones... para que todos puedan gozar del festín de la vida del que yo gocé sólo a hurtadillas". Considera que tres son los medios para alcanzar esa meta: reforma agraria, inmigración y educación. El primero se estrella contra los intereses de esa "aristocracia con olor a bosta", que él denuncia pero no puede vencer; el segundo logra plasmarse pero, cual aprendiz de brujo, sus efectos no deseados lo inquietan sobremanera: "estamos en plena corriente de inmigración y es la empresa del día evitar que degenere en peligro para la integridad y la soberanía nacionales". Tal preocupación motiva los interrogantes que se plantea en Conflictos y armonías de las razas en América: "¿Somos nación? Nación sin amalgama de materiales, sin ajuste ni cimiento. ¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello". De allí la importancia de la educación común como factor de asimilación de esa inmensa masa aluvial y también como instrumento de redención política: había que hacer "de toda la República una escuela" porque "un pueblo ignorante siempre elegirá a Rosas".
Paralelamente cree necesario inculcar el sentido de autoridad: "el mal que hay que curar es la insolencia. Jamás tendrá república este pueblo mientras no se respete a sí mismo en quienes lo representan". Pero, por otro lado, sabe que para ello es imprescindible que se opere un giro ético en la clase dirigente. Así, a raíz del ascenso al gobierno chileno de Manuel Montt, su protector en tiempos de exilio, dice: "Ojalá que el cielo alumbre el camino de mi digno amigo y después de los astutos tiranuelos, apoyados a nombre del pueblo, en chusma de soldados, mazorqueros o diputados, nos de una escuela de políticos honrados que está pidiendo la América para lavarse del baño de crímenes, inmundicias y sangre en que se ha revolcado en cien años a esta parte. Es la única revolución digna de emprenderse. ¿Llaman revolución continuar siendo siempre la canalla que somos por todas partes hoy? Hombres hay que se creen que tienen coraje en ser inmorales, pillos y arteros en la América del Sur. ¡Sed virtuosos, si os atrevéis!".
Sin duda la trayectoria de Sarmiento no estuvo exenta de errores, pero al enfrentar a los "puros" que le acriminan el no haber permanecido incólume sino, por el contrario, resultar fuertemente salpicado en el fragor de la contienda les retruca: "¡Puros, como el agua que contiene esta copa, que aun no ha servido de nada!" y, lejos de arrepentirse, reivindica la actitud de compromiso asumida por "nosotros, los viejos, que hemos hundido nuestras manos en el fango... Un poco de polvo en los vestidos y alguna vez las manos un poco sucias, he aquí lo que estos chicos pueden echarnos en cara, pero se las lava uno para volver a principiar de nuevo". Hace así blasón de esas inevitables manchas, pruebas irrefutables de que no ha permanecido indiferente e inmóvil.
Mensaje y desafío
"He terminado una larga carrera, llegando al final sin desandar el camino, ni extraviarme. Los males quedarán en la sombra o serán amnistiados", concluye el Gran Viejo de la Patria al realizar un breve balance de su fragosa existencia. Aquel desvalido provinciano de los tiempos de Facundo, que ya parecían tan lejanos, se había abierto camino a brazo partido sin descuidar nunca su gran causa: la educación popular, para terminar saliéndose con la suya de ser presidente, doctor y general. Alguien, no sin un dejo de sorna, le pregunta: "¿Y ahora qué le falta ser, don Domingo?". Entre gruñón y sarcástico, Sarmiento responde: "Obispo y porteño". Si había logrado todo eso emergiendo de una situación marginal tan desventajosa, ¿cómo no iba a esperar igual suerte para su país? Su propio derrotero era el aval más sólido que podía esgrimir para legitimar su optimismo, que nada tenía de ingenuidad o candidez, pues se trataba de una confianza autoimpuesta, que le hace exclamar con plena conciencia de ello: "¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! Para ése no están hechas las grandes cosas".
Tal vez este sea el mensaje permanente de Sarmiento: hay un futuro posible no sujeto a la necesidad. De nada vale la queja, ni la estéril autocompasión. Por el contrario: toda su pertinaz, luminosa y batalladora vida es una invitación al progreso, un llamado a la acción esperanzada y creadora, que en la Argentina de hoy constituye un reto difícil de aceptar, casi un desafío desmesurado -como lo fue también para el gran sanjuanino en su época-, pero irrenunciable, si es que todavía aspiramos a volver a sentir el orgullo de ser argentinos.(c) LA GACETAPATRICIA PASQUALI.- Doctora en Historia, investigadora del Conicet, miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, vicepresidenta del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia. Su último libro es "San Martín confidencial" (Planeta-Buenos Aires 2000).







