Un hijo modelo

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

11 Mayo 2003
Desde que tuvo el peso y la fuerza suficientes ayudó a su padre en la piadosa misión que cumplía con fervor heredado de los viejos creyentes, los asesinos, los secuaces del Viejo de la Montaña.
Era un chico inteligente que no necesitaba señal alguna para entender que había llegado el momento preciso en el que debía iniciar su colaboración filial en la tarea sagrada de su padre.
Cuando el padre rondaba por detrás al huésped de honor y multiplicaba los gestos serviles que tanto gustan a los señores de las castas más altas, él empezaba a dar los pasos de danza que había aprendido de los ladrones vagabundos en los caminos polvorientos. Era un baile ambiguo, seductor, hermafrodita.
Evoluciones que sólo un muchachito tierno puede compartir con las mujeres. Ese era su atractivo mayor. El huésped se hacía ilusiones posprandiales, recordaba la elasticidad infantil de los prostíbulos bengaleses, la entrega total de los muchachitos alquilados. Y comenzaba a inclinarse con reverencias ceremoniales y admirativas.
Cuando era necesario, para perfeccionar la seducción, el chico depositaba una flor a los pies del gran señor.
Era el punto psicológico maduro. El hombre se inclinaba para recoger la rosa con las dos manos, como se reciben los homenajes por aquellas regiones. Sin el obstáculo de los brazos, el padre desde atrás deslizaba el lazo en torno del cuello condenado.
El chico se abrazaba a las piernas del huésped de honor y las inmovilizaba. Nada hay más molesto para el estrangulador que el inútil pataleo de su víctima.Es además un acto postrero de resistencia contra el dictamen de la diosa negra.(c) LA GACETA

OCTAVIO HORNOS PAZ.- Periodista, ex secretario general del diario La Nación. Es co-autor de "Manual de estilo y ética periodística de La Nación" (Planeta, Buenos Aires, 1997).Desde que tuvo el peso y la fuerza suficientes ayudó a su padre en la piadosa misión que cumplía con fervor heredado de los viejos creyentes, los asesinos, los secuaces del Viejo de la Montaña.
Era un chico inteligente que no necesitaba señal alguna para entender que había llegado el momento preciso en el que debía iniciar su colaboración filial en la tarea sagrada de su padre.
Cuando el padre rondaba por detrás al huésped de honor y multiplicaba los gestos serviles que tanto gustan a los señores de las castas más altas, él empezaba a dar los pasos de danza que había aprendido de los ladrones vagabundos en los caminos polvorientos. Era un baile ambiguo, seductor, hermafrodita.
Evoluciones que sólo un muchachito tierno puede compartir con las mujeres. Ese era su atractivo mayor. El huésped se hacía ilusiones posprandiales, recordaba la elasticidad infantil de los prostíbulos bengaleses, la entrega total de los muchachitos alquilados. Y comenzaba a inclinarse con reverencias ceremoniales y admirativas.
Cuando era necesario, para perfeccionar la seducción, el chico depositaba una flor a los pies del gran señor.
Era el punto psicológico maduro. El hombre se inclinaba para recoger la rosa con las dos manos, como se reciben los homenajes por aquellas regiones. Sin el obstáculo de los brazos, el padre desde atrás deslizaba el lazo en torno del cuello condenado.
El chico se abrazaba a las piernas del huésped de honor y las inmovilizaba. Nada hay más molesto para el estrangulador que el inútil pataleo de su víctima.Es además un acto postrero de resistencia contra el dictamen de la diosa negra.(c) LA GACETA

OCTAVIO HORNOS PAZ.- Periodista, ex secretario general del diario La Nación. Es co-autor de "Manual de estilo y ética periodística de La Nación" (Planeta, Buenos Aires, 1997).Desde que tuvo el peso y la fuerza suficientes ayudó a su padre en la piadosa misión que cumplía con fervor heredado de los viejos creyentes, los asesinos, los secuaces del Viejo de la Montaña.
Era un chico inteligente que no necesitaba señal alguna para entender que había llegado el momento preciso en el que debía iniciar su colaboración filial en la tarea sagrada de su padre.
Cuando el padre rondaba por detrás al huésped de honor y multiplicaba los gestos serviles que tanto gustan a los señores de las castas más altas, él empezaba a dar los pasos de danza que había aprendido de los ladrones vagabundos en los caminos polvorientos. Era un baile ambiguo, seductor, hermafrodita.
Evoluciones que sólo un muchachito tierno puede compartir con las mujeres. Ese era su atractivo mayor. El huésped se hacía ilusiones posprandiales, recordaba la elasticidad infantil de los prostíbulos bengaleses, la entrega total de los muchachitos alquilados. Y comenzaba a inclinarse con reverencias ceremoniales y admirativas.
Cuando era necesario, para perfeccionar la seducción, el chico depositaba una flor a los pies del gran señor.
Era el punto psicológico maduro. El hombre se inclinaba para recoger la rosa con las dos manos, como se reciben los homenajes por aquellas regiones. Sin el obstáculo de los brazos, el padre desde atrás deslizaba el lazo en torno del cuello condenado.
El chico se abrazaba a las piernas del huésped de honor y las inmovilizaba. Nada hay más molesto para el estrangulador que el inútil pataleo de su víctima.Es además un acto postrero de resistencia contra el dictamen de la diosa negra.(c) LA GACETA

OCTAVIO HORNOS PAZ.- Periodista, ex secretario general del diario La Nación. Es co-autor de "Manual de estilo y ética periodística de La Nación" (Planeta, Buenos Aires, 1997).

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