11 Mayo 2003 Seguir en 

Gracias a "No logo", Klein se convirtió en un referente de la militancia en contra de la globalización de los mercados. Su tesis acerca de cómo las grandes empresas contribuyeron activamente para producir las condiciones que abruman a una buena parte de la humanidad la convirtió en una viajera de la antiglobalización y en una oradora infaltable en los foros de discusión del tema. Por eso era casi inevitable que los discursos y reportes de ese viaje global contra la mundialización se convirtieran en un manual de combate. Los artículos se agruparon rápidamente sin más criterio editorial que la heterogeneidad de temas de los artículos, ni más orden que el de las dos categorías que dan título al libro: vallas y ventanas.
Dentro de vallas se encajonan los relatos de las imposiciones de los gobiernos centrales, las condiciones laborales de explotación, las actitudes xenófobas, las restricciones que aplican los mercados globales. La autora construye, con las vallas cada vez más altas que rodean las cumbres, una metáfora de un modelo que exila a millones de personas a la exclusión. Y propone una salida por las ventanas desde donde se contemplan las movilizaciones sociales, los grupos pacíficos que diseñan tácticas de resistencia al mejor estilo MTV, los canales alternativos de difusión de ideas antimodelo, la reapropiación del espacio público por parte de la sociedad civil. Estas ventanas las abren los estudiantes norteamericanos saboteando creativamente los avisos publicitarios; los campesinos tailandeses plantando cultivos orgánicos en campos de golf; los trabajadores bolivianos resistiendo la privatización del agua; los profesores argentinos apoyando la recuperación de fábricas abandonadas. Las vallas, en tren de maniqueísmo romántico, las colocan los poderosos, que en este libro ya le hablan personalmente a la periodista que había reunido tanta evidencia en su contra en su primer libro. Dice Klein en una carta al presidente de la Unión Europea que "Los globalizadores son médicos con un solo remedio, sea cual fuere la enfermedad -pobreza, migración, cambio climático, dictadores, terrorismo-. El remedio es siempre más comercio". La oposición a este poder difuso, omnipresente, líquido, es lo único que da identidad a un movimiento que nació con vocación y destino de oposición. Sólo su calidad de antídoto para esta receta mundializadora vincula entre sí episodios tan diferentes en naturaleza como en los espacios en los que acontecen (Toronto, México, Roma, Buenos Aires, Ontario, Chiapas, entre otros).
Salvando el idealismo que Klein imprime a un movimiento que tiene más de posmoderno que de romántico, los artículos ofrecen una sugestiva mirada alternativa de algunos sucesos que cubrió en su momento la prensa internacional. Basta mirar los capítulos que incluyen a la Argentina: la memoria de los sucesos contrasta enormemente con el discurso oficial que sentenciaba la culpabilidad del país por la crisis que lo atrapaba y que se presentaba en distintos foros como el ejemplo a no imitar. En este juego cobra sentido la anacrónica idea de "despachos desde las trincheras", como intento desesperado de hacer calzar en el imaginario dominante otra visión, mínima, doméstica, de problemas inmensos. Lo pequeño a veces es hermoso.(c) LA GACETA
Dentro de vallas se encajonan los relatos de las imposiciones de los gobiernos centrales, las condiciones laborales de explotación, las actitudes xenófobas, las restricciones que aplican los mercados globales. La autora construye, con las vallas cada vez más altas que rodean las cumbres, una metáfora de un modelo que exila a millones de personas a la exclusión. Y propone una salida por las ventanas desde donde se contemplan las movilizaciones sociales, los grupos pacíficos que diseñan tácticas de resistencia al mejor estilo MTV, los canales alternativos de difusión de ideas antimodelo, la reapropiación del espacio público por parte de la sociedad civil. Estas ventanas las abren los estudiantes norteamericanos saboteando creativamente los avisos publicitarios; los campesinos tailandeses plantando cultivos orgánicos en campos de golf; los trabajadores bolivianos resistiendo la privatización del agua; los profesores argentinos apoyando la recuperación de fábricas abandonadas. Las vallas, en tren de maniqueísmo romántico, las colocan los poderosos, que en este libro ya le hablan personalmente a la periodista que había reunido tanta evidencia en su contra en su primer libro. Dice Klein en una carta al presidente de la Unión Europea que "Los globalizadores son médicos con un solo remedio, sea cual fuere la enfermedad -pobreza, migración, cambio climático, dictadores, terrorismo-. El remedio es siempre más comercio". La oposición a este poder difuso, omnipresente, líquido, es lo único que da identidad a un movimiento que nació con vocación y destino de oposición. Sólo su calidad de antídoto para esta receta mundializadora vincula entre sí episodios tan diferentes en naturaleza como en los espacios en los que acontecen (Toronto, México, Roma, Buenos Aires, Ontario, Chiapas, entre otros).
Salvando el idealismo que Klein imprime a un movimiento que tiene más de posmoderno que de romántico, los artículos ofrecen una sugestiva mirada alternativa de algunos sucesos que cubrió en su momento la prensa internacional. Basta mirar los capítulos que incluyen a la Argentina: la memoria de los sucesos contrasta enormemente con el discurso oficial que sentenciaba la culpabilidad del país por la crisis que lo atrapaba y que se presentaba en distintos foros como el ejemplo a no imitar. En este juego cobra sentido la anacrónica idea de "despachos desde las trincheras", como intento desesperado de hacer calzar en el imaginario dominante otra visión, mínima, doméstica, de problemas inmensos. Lo pequeño a veces es hermoso.(c) LA GACETA







