Para quienes profesan la ortodoxia del intelectual descontento y actualizado

Por Samuel Schkolnik

11 Mayo 2003
Hay un modo de entender los estudios históricos y filosóficos según el cual, antes que de formular teorías y de corroborar hechos, de lo que se trata es de trazar su genealogía, de identificar las prácticas humanas -generalmente demasiado humanas- en las que hunden sus raíces y de las que son expresión.
Ese estilo se alimenta de la suspicacia y se complace cuando consigue mostrar -lo que de ordinario resulta fácil- las pequeñeces, y aun las ruindades, que subyacen a las obras y a las instituciones más sublimes. Quienes lo cultivan, lejos de tener al argumento ad hominem por una falacia, lo elevan a la dignidad de método.
El profeta de esa escuela de la sospecha ha sido, en el crepúsculo del siglo XIX, Friedrich Nietzsche; uno de sus más altos apóstoles, durante la segunda mitad del siglo XX, ha sido Michel Foucault. Su escolarca en Buenos Aires es Tomás Abraham, que escuchó de cuerpo presente la palabra episcopal en la Universidad de Vincennes, y que rige el cenáculo ("El Seminario de los Jueves"), en cuyo seno fue concebido el libro al que nos referimos.
No pocos trabajos hubo de pasar Tomás Abraham hasta que su evangelio diera, en estas playas, con oídos que quisieran oírlo. Porque, claro está, una doctrina que pone al desnudo los resortes del poder a que obedecen las verdades que se aceptan como "naturales", una doctrina que expone cómo esos dispositivos definen quién está loco y quién está cuerdo sin dejar de producir aquel efecto de "naturalidad" destinado a ocultar, precisamente, la operación de tales dispositivos; una doctrina, en fin, que muestra la sexualidad como un campo de múltiples posibilidades, en el que la historia dibuja un trayecto del cual algunas han sido excluidas y otras aceptadas, sin que nada, como no sea las marcas arbitrarias que el poder imprime sobre los cuerpos de los individuos, justifique la "normalidad" de unas costumbres y la "enfermedad" de las otras, una doctrina semejante, decimos (o más bien lo dice Tomás Abraham), no podía sino escandalizar a los académicos.
Pero el fervor de este nuncio lo ponía fuera del alcance de esos enojos. Véanse algunas muestras de su entusiasmo: "La voluntad de saber y Vigilar y castigar, publicados en Francia entre 1975 y 1976, constituyeron un milagro filosófico. Las ideas que Foucault presentaba en los dos libros eran tantas y de tal calidad que se convirtieron durante años en la proteína de nuestro organismo teórico". (Del prólogo del presente volumen).
O bien: "El orden del discurso, la conferencia inaugural del Collège, fue nitroglicerina envasada". (Ibidem).
Precisamente, el carácter explosivo que Tomás Abraham atribuye a este pan de vida es lo que suscita su devoción: "¡Qué hermoso era el tema de la pederastia metida en la enseñanza filosófica!... Qué revulsivo era incursionar en la ética de un modo terrenal, alejados de los espiritualismos edificantes y los universalismos de cátedra..." (Ibidem)
"Pero hay que saber distinguir a un lector sudamericano de otro francés" (Ibidem); al primero puede serle escaso o discontinuo el suministro de la eucaristía que procede de Foucault. "Por eso, cuando en junio de 1984 los argentinos recibimos dos libros editados simultáneamente, L?usage des plaisirs y Le souci de soi, nos tiramos sobre ellos como sedientos de una fuente de agua fresca" (Ibidem).
El volumen a que nos referimos consta de artículos de varios autores, incluido el propio Tomás Abraham, que además organiza la edición. En general versan sobre aquel refrigerio deparado por Foucault, especial- mente a propósito de su interpretación de los antiguos cínicos, filósofos ejemplares en lo de hacer frente al poder mediante la expresión de un pensamiento libre, sin pararse a considerar los riesgos que eso conlleva. El foco de esos artículos es un seminario dictado por Foucault, durante 1983, en la Universidad de Berkeley, cuyo texto, "Coraje y verdad", traducido al castellano, se incluye en el libro.
Este producto editorial interesará vivamente, sin duda, a la colectividad de los que se imaginan herejes mientras profesan una de las ortodoxias más corrientes: la del intelectual descontento y actualizado, que ignora la tabla de los elementos pero al que nada que sea humano le es ajeno.
Probablemente importará también a las minorías, numerosas sin embargo en el campo de las artes y las letras, que anhelan legitimar la diferencia en que radica su identidad. (c) LA GACETA

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