Más allá del entretenimiento, la ficción de que el orden y la justicia son posibles

Por Eugenia Flores de Molinillo

11 Mayo 2003
La famosa escritora británica de novelas policiales, baronesa desde 1991 por sus méritos literarios, ataca de nuevo. Y con las armas que mejor sabe manejar: una prosa clara y ligera, una construcción lineal sin complicaciones cronológicas, personajes bien delineados, con historias previas y rasgos físicos bien definidos y con conflictos interiores listos para activar el funcionamiento eficaz de la intriga policial. En la tradición de Agatha Christie, pero con mayor aprovechamiento de los detalles sutiles en la creación de atmósfera, aparte de un obvio interés en enfocar problemas de actualidad, la británica P. D. James (1920) es hábil para tramar la intriga, dosificar su desarrollo, plantar las pistas con naturalidad, pero también para captar situaciones conflictivas en el cuerpo social y usarlas como marco de la historia.
En esta, su decimoquinta novela, su investigador-estrella es, por decimotercera vez, el discretísimo, lúcido y sensible Adam Dagliesh, viudo, solitario por convicción y además, poeta: "Bajó del auto, se recostó contra uno de los pilares del portón y cerró los ojos para escuchar el silencio" (P. 72). Esta vez Dagliesh se enfrenta con el aparente suicidio de un estudiante en un pequeño seminario anglicano en East Anglia, sobre la costa del Mar del Norte. Habrá otras muertes, y las sospechas caerán sobre varios de los personajes en ese ámbito aislado y amenazado constantemente por la furia de las aguas, que van destruyendo de a poco los acantilados. Lo gótico y lo policial, ingredientes básicos, se apoyan en situaciones lógicamente impecables y en alusiones a elementos que, aparentemente decorativos, están cargados de importancia temática, como un cuadro que cuelga en la capilla, pintado por Van der Weyden, del Juicio Final (juicio, justamente, en un policial), o el mar destructor que, como los tiempos que corren, amenaza la estabilidad de la Iglesia y de la fe misma. Y hay mucho más.
La traducción de Ernesto Montequín es correcta, si bien insiste en un uso sobre el que ignoro si hay definiciones concretas: al habernos desprendido de la forma pronominal de segunda persona del plural os del español peninsular, hemos quedado en un se que no distingue número, y aquel plural perdido a menudo pasa impunemente al complemento directo: "se los explicaré" (p. 216), pese a que lo explicado es sólo una cosa, como se ve si decimos "os lo explicaré". Debería asumirse la ambigüedad y decirse "se lo explicaré" sin más, o acudir a "les explicaré tal cosa". El que quiera explicar que explique.
El espíritu del relato policial de carácter más bien tradicional como el de James, más allá de la búsqueda de entretenimiento, es sin duda la ficción de que el orden y la justicia son posibles. P. D. James está consciente de ello, y hace que el pensar en la muerte despierte estas ideas en el detective: "Parte de la atracción de su trabajo residía en la ilusión de que la muerte era un enigma que puede ser resuelto, y con la solución todas las ingobernables pasiones de la vida, todas las dudas y todos los miedos...". (p. 221). Sin didacticismos estériles ni morbosidades gratuitas, La muerte toma los hábitos entretiene y, sin exageraciones, hace pensar.(c) LA GACETALa famosa escritora británica de novelas policiales, baronesa desde 1991 por sus méritos literarios, ataca de nuevo. Y con las armas que mejor sabe manejar: una prosa clara y ligera, una construcción lineal sin complicaciones cronológicas, personajes bien delineados, con historias previas y rasgos físicos bien definidos y con conflictos interiores listos para activar el funcionamiento eficaz de la intriga policial. En la tradición de Agatha Christie, pero con mayor aprovechamiento de los detalles sutiles en la creación de atmósfera, aparte de un obvio interés en enfocar problemas de actualidad, la británica P. D. James (1920) es hábil para tramar la intriga, dosificar su desarrollo, plantar las pistas con naturalidad, pero también para captar situaciones conflictivas en el cuerpo social y usarlas como marco de la historia.
En esta, su decimoquinta novela, su investigador-estrella es, por decimotercera vez, el discretísimo, lúcido y sensible Adam Dagliesh, viudo, solitario por convicción y además, poeta: "Bajó del auto, se recostó contra uno de los pilares del portón y cerró los ojos para escuchar el silencio" (P. 72). Esta vez Dagliesh se enfrenta con el aparente suicidio de un estudiante en un pequeño seminario anglicano en East Anglia, sobre la costa del Mar del Norte. Habrá otras muertes, y las sospechas caerán sobre varios de los personajes en ese ámbito aislado y amenazado constantemente por la furia de las aguas, que van destruyendo de a poco los acantilados. Lo gótico y lo policial, ingredientes básicos, se apoyan en situaciones lógicamente impecables y en alusiones a elementos que, aparentemente decorativos, están cargados de importancia temática, como un cuadro que cuelga en la capilla, pintado por Van der Weyden, del Juicio Final (juicio, justamente, en un policial), o el mar destructor que, como los tiempos que corren, amenaza la estabilidad de la Iglesia y de la fe misma. Y hay mucho más.
La traducción de Ernesto Montequín es correcta, si bien insiste en un uso sobre el que ignoro si hay definiciones concretas: al habernos desprendido de la forma pronominal de segunda persona del plural os del español peninsular, hemos quedado en un se que no distingue número, y aquel plural perdido a menudo pasa impunemente al complemento directo: "se los explicaré" (p. 216), pese a que lo explicado es sólo una cosa, como se ve si decimos "os lo explicaré". Debería asumirse la ambigüedad y decirse "se lo explicaré" sin más, o acudir a "les explicaré tal cosa". El que quiera explicar que explique.
El espíritu del relato policial de carácter más bien tradicional como el de James, más allá de la búsqueda de entretenimiento, es sin duda la ficción de que el orden y la justicia son posibles. P. D. James está consciente de ello, y hace que el pensar en la muerte despierte estas ideas en el detective: "Parte de la atracción de su trabajo residía en la ilusión de que la muerte era un enigma que puede ser resuelto, y con la solución todas las ingobernables pasiones de la vida, todas las dudas y todos los miedos...". (p. 221). Sin didacticismos estériles ni morbosidades gratuitas, La muerte toma los hábitos entretiene y, sin exageraciones, hace pensar.(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios