11 Mayo 2003 Seguir en 

Si algo le sobra a Vargas Llosa es oficio literario. Nadie puede dudar de que es un autor avezado. Sobradas pruebas ha dado en la materia. Por eso uno aborda el libro con cierta ilusión. Por eso y porque según consta en la contratapa cuenta con un binomio protagónico de posibilidades muy fecundas: Flora Tristán y Paul Gauguin. La primera, una gris reformadora social que en la Francia de principios del siglo XIX, entre fourieristas, sansimonianos y comunistas icarianos, escribió y predicó su propio evangelio bajo el título La unión obrera, aspirando a una revolución no violenta capaz de redimir tanto a los obreros de la opresión de los capitanes industriales como a las mujeres del yugo doméstico.
Podría agregarse que no obtuvo mayores logros en su lucha, pero sería ahondar en una visión un tanto utilitaria y resultadista de la vida; digamos que se consagró a su utopía con un fervor casi integrista y que esa fe le brindó un inflexible argumento a su existencia, exuberante de aventuras y matices. El segundo, su nieto, el estridente pintor que se erigió en uno de los artistas más geniales de aquel movimiento que se dio en llamar Impresionismo. En su caso, por el contrario, podría decirse que triunfó, en tanto su lucha no tuvo más propósito que consagrarse a su pintura e impregnarla con sus propios rasgos vitales, ajenos a los convencionalismos y prejuicios de la plástica finisecular de entonces. Que además haya marcado un hito en la historia del arte puede considerarse incluso un hecho aleatorio, ulterior a sus propios fines.
He ahí el nudo argumental del libro: la dicotomía entre dos personajes hermanados por un mismo linaje, abocados a soñar con paraísos radicalmente contrapuestos. El de la abuela, un edén basado en el orden, en un conjunto de reglas sociales y morales cuyo fin es dotar a la espuria civilización, paradójicamente, de más civilización. El de su nieto, un vergel regido por todo aquello que Occidente denomina caos, pecado o barbarie, Ambos, cabe agregar, abocados a su quimera con idéntico temperamento indómito e intransigente: Flora, la luchadora de vida austera, espartana, casi monasterial, que pretende hacer del mundo un antro de virtud moral; Paul, el burgués arrepentido que abjura de todo convencionalismo para hacer del vicio y el desparpajo las coordenadas de su mundo interior.
No obstante, los supuestos fines altruistas encarnados por esa mujer que busca redimir a la humanidad de sus males o el egoísmo del pintor que sólo busca redimir los males de la humanidad en su propia existencia, se unen en otro dato curioso: ambos, al parecer, encontraron en su causa un convincente argumento para abandonar literalmente a sus hijos.
Hasta aquí, los hechos. El dicho es otro cantar. Y en este caso, un canto que desafina. Porque está narrado de modo tan elemental, tan llano, tan falto de sutileza, que si no fuera por la rúbrica uno pensaría que se trata de un profesional de los best sellers. Y quizás ni siquiera de novelas sino más bien de las crónicas de divulgación. Tiene todos los tics del género. Sobre todo ese afán de ponderar los datos históricos (el aporte más valioso del texto) por sobre el carácter dramático de los hechos. Por ejemplo (para seguir con la progenie) en página 54: "Y después de seguirte copulando y embarazándote, y haciéndote parir un segundo hijo (Ernest-Camille, en junio de 1824), te embarazó todavía una tercera vez." Es decir, el nacimiento de un hijo entendido como informe catastral o como eventual epígrafe de un pie de página. Luego, frases indignas del fuste de su autor (e incluso de los correctores editoriales) como esta de página 201: "Sentías una sensación extraña...". Y conste que en ambos casos no se trata del diálogo entre dos personajes sino de la segunda persona narrativa que, junto al narrador omnisciente, es uno de los dos recursos verbales del relato. Segunda persona francamente fastidiosa; tanto si se tratara de la voz del narrador que dialoga con sus personajes o del soliloquio interior de cada protagonista hacia sí mismo.
En un caso, por el abuso del tono comprensivo y magnánimo que todo lo justifica, como si los personajes fueran unos incomprendidos a quienes sólo el cronista logra comprender. En el segundo, porque estaríamos entonces ante personajes caracte- rizados por una autocomplacencia exacerbada. Aunque a decir verdad, en el primer caso sería aún peor, porque se potenciaría con ese narrador omnisciente de características pedagógicas que pretende conducirnos a lo largo de la historia. Baste decir que ponderan menos las escenas que la explicación y el comentario de las mismas y que, por lo tanto, los personajes se abren paso menos a través de su escasa acción que de la profusa opinión que la ornamenta. Incluso incurre en una asimetría didáctica rayana con el prejuicio marketinero. Por ejemplo, en el caso de Flora, presupone que su contexto social no preexiste en el imaginario del lector medio, por lo que decide explayarse en personajes y doctrinas; pero en el caso de Gauguin, da por sentada la popularidad de su entorno y elude ahondar en tales avatares. Es entonces cuando Alfred Jarry, Strindberg, Degas, Pisarro y el impresionismo u otros tópicos pierden su potencial fisonomía literaria para acabar en eventuales datos de un índice onomástico.
El mismo simplismo didáctico exasperante puede aplicársele incluso a la estructura del volumen, sustentada en dos relatos paralelos de 22 capítulos, repartidos equitativa y sucesivamente en una suerte de zigzag: los impares para la abuela, los pares para el nieto. División que aporta el beneficio, si el lector lo quisiera, de ahorrarse un conjunto sin afectar al otro, por cuanto funcionan con total autonomía, carentes de cruzamientos o ambigüedades capaces de alterar la más elemental legibilidad.
Quizás, el automatismo de captar lectores cual si fueran electores haya llevado al autor a esa sobredosis de legibilidad rayana con un manual de obviedades. Inútil proseguir enumerándolas. Abogo, en todo caso, porque su pluma, que tantas páginas aportó a la literatura, no devenga sólo una rúbrica de indudable valor llave para el mercado editorial. (c) LA GACETA
Podría agregarse que no obtuvo mayores logros en su lucha, pero sería ahondar en una visión un tanto utilitaria y resultadista de la vida; digamos que se consagró a su utopía con un fervor casi integrista y que esa fe le brindó un inflexible argumento a su existencia, exuberante de aventuras y matices. El segundo, su nieto, el estridente pintor que se erigió en uno de los artistas más geniales de aquel movimiento que se dio en llamar Impresionismo. En su caso, por el contrario, podría decirse que triunfó, en tanto su lucha no tuvo más propósito que consagrarse a su pintura e impregnarla con sus propios rasgos vitales, ajenos a los convencionalismos y prejuicios de la plástica finisecular de entonces. Que además haya marcado un hito en la historia del arte puede considerarse incluso un hecho aleatorio, ulterior a sus propios fines.
He ahí el nudo argumental del libro: la dicotomía entre dos personajes hermanados por un mismo linaje, abocados a soñar con paraísos radicalmente contrapuestos. El de la abuela, un edén basado en el orden, en un conjunto de reglas sociales y morales cuyo fin es dotar a la espuria civilización, paradójicamente, de más civilización. El de su nieto, un vergel regido por todo aquello que Occidente denomina caos, pecado o barbarie, Ambos, cabe agregar, abocados a su quimera con idéntico temperamento indómito e intransigente: Flora, la luchadora de vida austera, espartana, casi monasterial, que pretende hacer del mundo un antro de virtud moral; Paul, el burgués arrepentido que abjura de todo convencionalismo para hacer del vicio y el desparpajo las coordenadas de su mundo interior.
No obstante, los supuestos fines altruistas encarnados por esa mujer que busca redimir a la humanidad de sus males o el egoísmo del pintor que sólo busca redimir los males de la humanidad en su propia existencia, se unen en otro dato curioso: ambos, al parecer, encontraron en su causa un convincente argumento para abandonar literalmente a sus hijos.
Hasta aquí, los hechos. El dicho es otro cantar. Y en este caso, un canto que desafina. Porque está narrado de modo tan elemental, tan llano, tan falto de sutileza, que si no fuera por la rúbrica uno pensaría que se trata de un profesional de los best sellers. Y quizás ni siquiera de novelas sino más bien de las crónicas de divulgación. Tiene todos los tics del género. Sobre todo ese afán de ponderar los datos históricos (el aporte más valioso del texto) por sobre el carácter dramático de los hechos. Por ejemplo (para seguir con la progenie) en página 54: "Y después de seguirte copulando y embarazándote, y haciéndote parir un segundo hijo (Ernest-Camille, en junio de 1824), te embarazó todavía una tercera vez." Es decir, el nacimiento de un hijo entendido como informe catastral o como eventual epígrafe de un pie de página. Luego, frases indignas del fuste de su autor (e incluso de los correctores editoriales) como esta de página 201: "Sentías una sensación extraña...". Y conste que en ambos casos no se trata del diálogo entre dos personajes sino de la segunda persona narrativa que, junto al narrador omnisciente, es uno de los dos recursos verbales del relato. Segunda persona francamente fastidiosa; tanto si se tratara de la voz del narrador que dialoga con sus personajes o del soliloquio interior de cada protagonista hacia sí mismo.
En un caso, por el abuso del tono comprensivo y magnánimo que todo lo justifica, como si los personajes fueran unos incomprendidos a quienes sólo el cronista logra comprender. En el segundo, porque estaríamos entonces ante personajes caracte- rizados por una autocomplacencia exacerbada. Aunque a decir verdad, en el primer caso sería aún peor, porque se potenciaría con ese narrador omnisciente de características pedagógicas que pretende conducirnos a lo largo de la historia. Baste decir que ponderan menos las escenas que la explicación y el comentario de las mismas y que, por lo tanto, los personajes se abren paso menos a través de su escasa acción que de la profusa opinión que la ornamenta. Incluso incurre en una asimetría didáctica rayana con el prejuicio marketinero. Por ejemplo, en el caso de Flora, presupone que su contexto social no preexiste en el imaginario del lector medio, por lo que decide explayarse en personajes y doctrinas; pero en el caso de Gauguin, da por sentada la popularidad de su entorno y elude ahondar en tales avatares. Es entonces cuando Alfred Jarry, Strindberg, Degas, Pisarro y el impresionismo u otros tópicos pierden su potencial fisonomía literaria para acabar en eventuales datos de un índice onomástico.
El mismo simplismo didáctico exasperante puede aplicársele incluso a la estructura del volumen, sustentada en dos relatos paralelos de 22 capítulos, repartidos equitativa y sucesivamente en una suerte de zigzag: los impares para la abuela, los pares para el nieto. División que aporta el beneficio, si el lector lo quisiera, de ahorrarse un conjunto sin afectar al otro, por cuanto funcionan con total autonomía, carentes de cruzamientos o ambigüedades capaces de alterar la más elemental legibilidad.
Quizás, el automatismo de captar lectores cual si fueran electores haya llevado al autor a esa sobredosis de legibilidad rayana con un manual de obviedades. Inútil proseguir enumerándolas. Abogo, en todo caso, porque su pluma, que tantas páginas aportó a la literatura, no devenga sólo una rúbrica de indudable valor llave para el mercado editorial. (c) LA GACETA







