Un Gardel imaginado, pero de carne y hueso

Por Walter Vargas

11 Mayo 2003
Genuino baqueano de la argentinidad, Pedro Orgambide no quiso irse sin dejar testimonio de un Gardel posible; vale decir, de un Gardel imaginado, inferido, fabulado, pero antes que nada de un Gardel de carne y hueso. Ahora bien: ¿qué se requería para consumar una costura más o menos feliz? Pues justamente lo que abunda en Orgambide: celo de investigador, de fisgón de huellas, de constancias y voces capaces de reponer pulsos, gestos, palabras, sucesos; y vuelo, desde luego, para gestar un relato con adecuados niveles de tensión, de ciframiento y, tratándose del Morocho, nada menos, una saludable dosis de ambigüedad.
En este sentido, la habilidad del escritor consiste en pendular entre génesis y réquiem de la leyenda. ¿Gardel, era francés, uruguayo o qué? Luego, ¿presintió su final? ¿Qué dijo, qué hizo, qué sintió en los instantes previos a la penumbra eterna? La respuesta al primer interrogante se inclina hacia la versión Toulouse, pero hasta por ahí nomás, porque la aparición de esa sombra, o de ese hombre que el Zorzal ve, o cree ver desde el avión a punto de despegar, aquel 24 de junio, en el aeródromo El Techo, en Medellín, reinstala un cierto halo de misterio, de perplejidad.
En realidad, Orgambide se vale de un par de testigos calificados (el guitarrista José María Aguilar, sobreviviente del accidente, y Alfredo Le Pera, a través de un diario inédito) para ir componiendo un perfil que se dé por satisfecho con merodear las explicaciones, puesto que, en última instancia, a Gardel no le faltó nada para ser lo que fue. Y lo que fue es susceptible de ser visto y entrevisto, por ejemplo, en los entresijos de sus profundos o casuales lazos con las celebridades de su época: García Lorca, Caruso, Elías Alippi, Perón, Pirandello, Chaplin, Pascual Contursi, Jacinto Benavente, Maurice Chevalier, Josephines Baker, Alfredo Palacios, el bandido Juan Bautista Vairoletto y hasta un Piazzolla niño, lustrabotas y aspirante a boxeador en Nueva York.
Es, qué duda cabe, una novela hecha y derecha que, sin pisar el palito de la docilidad, no deja de rendirle tributo a la sagrada tautología: Gardel es Gardel. De allí que sea un tipo agudo, agradecido altruista, simpático, canchero, burrero, nochero, guapo y, cómo no, tan diestro con el cuchillo como con las mujeres, pero sumamente discreto. Como todo caballero de ley, el Gardel que pinta Orgambide sabe gozar y sabe callar. (c) LA GACETA

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